viernes, 24 de noviembre de 2017

La lágrima en el beso

Dibujo de Gloria Gallego

Se me ha caído un beso
delante de tu boca;
me tembló el pulso y la sonrisa
y, justo cuando tendría que haber
fruncido los labios
para silenciarte y envolverte,
me interrumpió una palabra
que me vino de dentro,
para nombrarte y pedirte un pañuelo.
La muy inoportuna se me adelantó
para secar la náufraga lágrima
de mi pobre y espachurrado beso.

jueves, 2 de noviembre de 2017

La redondez del mundo


En la cóncava caricia de tu mano en mi pecho cabe la redondez del mundo,
toda su luz,
la inmensa noche
y el trémulo gesto
que mágicamente nos une,
como la gravedad que me clava al suelo.

Se expande el universo
en este breve espacio
para acercar los cuerpos,
diluir las almas
y lanzarnos así al cielo.

miércoles, 25 de octubre de 2017

Sueño en ocre

Dibujo realizado con la técnica Sumi-e por Elena Margarita

Caes en suave balanceo, trémula, insegura, como quien no quiere llegar ni posarse.
La rama es ya solo una evocación; queda lejos ahora su savia y cobijo; atrás, los cálidos días de reunión en torno al cielo.

Surcas la llovizna de esta tarde de octubre,
Te capitanea la brisa racheada, empeñada en evitar tu descenso. Te me escapas airosa, huidiza, pues tampoco tú quieres tocar el suelo.

Ven al lecho y descansa, que ya volverán las primaveras. Sueña en verde, que despierta tu alma de hoja; duérmete en mi ocre, que calienta los cuerpos y los reposa.

Dibujo realizado con la técnica Sumi-e por Rosa Espín

lunes, 23 de octubre de 2017

A la sombra de tu nariz

Ilustración de Gloria Gallego

A la sombra de tu nariz

Podría dormir recostada en tu sonrisa,
Acurrucada sobre el lado del corazón y, así, desde allí, ver el mundo a la sombra de tu nariz.

Sería amplio mi lecho, de comisura a comisura, en días alegres, podría estirarme hasta tocar tu mejilla. Me gusta la curvatura de mi cuerpo arqueado sobre tus labios.

Solo siento que, mientras sueño en tu boca, no puedas verme, tan altos y lejos tus ojos.
Una pena, así de cerca tus pestañas y no poder siquiera tocarlas.

Gloria Gallego

viernes, 20 de octubre de 2017

Ventanal con vistas


Mañana me reuniré con mis amigas y vecinas, las "empiñadas" en escribir. El tema que nos convoca en esta ocasión resulta muy sugerente, amplio y bello. "Desde mi ventana" debe ser el título del texto que cada una haya creado y que leerá al respetable auditorio...

Ahí va mi ventanal con vistas:

Queridas amigas:

Hoy es viernes. Hace apenas un minuto eran las 10,30. Aún se oye un murmullo en los pasillos del instituto, algún alumno díscolo empeñado en andar zascandileando en vez de en su aula, su pupitre, que siente como su prisión.

Estoy en el departamento de Lengua, en mi hora de atención a padres. Hoy no ha venido nadie, de manera que he podido sentarme a pensar, a disfrutar de mi primera mandarina otoñal y, así, sin quererlo, en el gesto recostado sobre el sillón en el que me hallo, mis ojos se han sentido atraídos por la luz exterior que me llega a través de la ventana.

Después de los amagos tormentosos de principios de semana, terminamos, a dios gracias, con una mañana clara y templada. Sólo se aprecian algunas nubes de recovecos grisáceos en el horizonte, encaramadas en lo alto de las montañas que desde aquí se divisan.

El primer edificio que sobresale sobre los demás es la iglesia de Valdemorillo, que debe ser bastante antigua, y que se localiza en el centro del pueblo. Alrededor de la torre se condensa el rojizo de los demás tejados. Más allá, ya se extiende el verde, ininterrumpidamente, hasta El Escorial. Veo desde mi ventana nuestro pueblo y sé que, al fondo, aunque no pueda apreciarlo con nitidez, se levanta el regio Monasterio.

Nunca pensé que pudiera llegar a acostumbrarme a estos paisajes serranos y a sus cambios de escenario estacionales, del marrón de noviembre al blanco y gris invernales y el verde intenso y frondoso de mayo. Lejos quedan mi mar, las palmeras, limoneros y llanuras semidesérticas de plástico. El tiempo todo lo ajusta. Ahora sé que estoy donde debo y necesito. Aquí están mi hogar, mi trabajo y mi remanso de paz.

Todo esto pienso mientras miro y contemplo el mundo desde mi ventana, pero, si en vez de posar la mirada en los confines que hay detrás del cristal, me asomo por mi ventanuco interior, el que conecta con el laberinto de mi alma, sé que podré quedarme igualmente absorta y reflexiva. Os diré que, desde aquí, en este momento vital que quiero pensar que se encuentra en la mitad del camino de mi vida, puedo divisar con perspectiva, y desde la madurez de mis cuarenta recién cumplidos, los acontecimientos del pasado; soy crítica conmigo misma y con mi historia, pero me siento satisfecha con todo lo cosechado hasta el momento, a golpe de esfuerzo, a golpe de suerte.

Ahora, al mirar mi horizonte interior, lo que más valoro, sin duda, es la sensación de libertad que me embarga; me siento dueña de mis designios, segura de mis principios. Por primera vez en mucho tiempo, no siento angustia ante el devenir de la vida. Doy la bienvenida a cada día como una oportunidad para crecer, para aprender, para ofrecer lo mejor de mí misma y enmendar mis desatinos. No me hace zozobrar la inquietud de no saber qué será de mí mañana. Nadie lo sabe. No es bueno sufrir por lo que aún no ha pasado.

Si tuviera que elegir colores para decorar este mundo mío, el de dentro, creo que elegiría tres, azul, verde y amarillo, en su versión más tenue. Retratan mi calma y buena energía. Quizá haya algún día borrascoso, pero habré de difuminarlo a pinceladas.

La paz de este instante parece que será en breve interrumpida. Realmente no me importa, pues este bullicio estudiantil que ameniza mi día a día es realmente otra de las grandes fuerzas por las que me siento movida en este momento. Con mis alumnos descubro nuevos paisajes a diario. Intento mostrarles el mundo desde mi ventana, la de profesora, de fondo verde y marco de pizarra. Lo que allí escribo, el mensaje que retrato, confío en que pueda llegar a convertirse en un complemento más para la decoración de su futuro escenario vital. Quizá, cuando un día se sienten a mirarse por dentro, recuerden a quien les abrió la ventana por primera vez.

Suena el timbre. Cierro el cristal, por si mañana llueve y ya no estoy.

jueves, 12 de octubre de 2017

Esperando a Samuel

StreetArt, publicado por @QuéGraffiti en Twitter


Avanza el calendario sin sentir; día sobre día terminó yéndose definitivamente el verano y este octubre, cálido y extraño como nunca, nos ha colocado ya en medio del primer trimestre.

Las caras de los chavales comienzan a resultarme familiares; sus nombres, poco a poco, están grabándose en el disco duro de la memoria. Adrianes, Alexandrus y Alejandros, Paulas, Marías varias, Aminas, Sofías y Fátimas o Pablos... Muchos sustantivos propios para interiorizar y volver a olvidar, algunos repetidos a lo largo de los años, pero con distintos rostros. 

Unos pocos, a veces, se quedan para siempre, como registro de una experiencia profesional o humana que debe trascender y ser recordada. Va conmigo por ello el recuerdo de mi primera Alejandra (¡Suerte con tu oposición, campeona!); de José Ángel, el primero de mis alumnos que estudió Filología Hispánica y es hoy un graduado con menciones honoríficas; María, mi artista, la alumna que cumple ya su sueño estudiando el Bachillerato de Artes; o Rubén, a quien todo el mundo daba por perdido y que ya ha culminado la primera fase en su formación profesional (¡Que no me entere que decae el tema, chaval!); Marius, de coco resuelto y prometedor profesional del arte de la persuasión; Rocío, aspirante a alcanzar metas y que pronto dará el campanazo, o Marcos, "el filósofo", que aún debe darse la oportunidad de lanzarse por el camino de las letras sin complejos, para demostrar que el mundo no está solo hecho de cifras y códigos binarios.

Pero sigo buscando, sin éxito, a Samuel, mi Samuel. Llevo tres años sin verlo. Regresa constantemente a mí su imagen y el recuerdo de aquel año en el que me tocó en suerte trabajar como profesora y tutora de un grupo específico de educación compensatoria. Yo no era la indicada; no estaba ni estoy cualificada para ello, pero así son las cosas, hay que trabajar al dictado de quienes organizan y disponen, muchas veces de manera arbitraria, quién enseña, qué enseña, dónde lo hace y a quién dirige sus esfuerzos.

Ya referí en una entrada del blog, a propósito de otro alumno que conocí aquel año, en qué consistía este tipo de agrupamiento escolar. Para formar parte de un grupo como este, los alumnos deben reunir dos requisitos, por un lado haber repetido al menos dos cursos, con el consiguiente desfase académico, y, por otro, estar en riesgo de exclusión social. 

Para algunos de los alumnos que fueron propuestos ese año ya era la segunda vez en compensatoria. Sin embargo, para Samuel y para mí supuso una experiencia totalmente nueva, un reto que, al principio, a mí, en calidad de docente y tutora, me pareció inasumible. 

Mi predecesor como responsable del grupo era profesor de Plástica, especialista en Bellas Artes; mi especialidad como docente es Lengua y Literatura. Ninguno de los dos contábamos con los recursos didácticos y pedagógicos apropiados para enseñar a chicos que, aunque oficialmente estuvieran matriculados en 1º de ESO, presentaban un nivel académico de 3º, 4º o 5º de Primaria, según los casos. 

El equipo docente seleccionó para mi clase once alumnos (diez españoles y un rumano, todos de etnia gitana). La mayoría de ellos había estado durante largos periodos de su educación Primaria sin escolarizar. Hay que puntualizar que no estamos ante niños con deficiencias intelectuales; en muchos casos tienen un gran potencial. Son víctimas de la dejadez familiar, de la falta de perspectivas de futuro que su propia comunidad les plantea en el horizonte, víctimas de un entorno económicamente desfavorecido, del prejuicio social…

Lo más desolador de la situación no es descubrir que un chaval de instituto no sepa leer o dividir, o que ignore casi todo del mundo que le rodea. Lo que más me impactó desde el principio fue su absoluta indiferencia hacia todo lo relacionado con la escuela. “Profe, yo no necesito estudiar. Me voy “a la chatarra o a la fruta” o “a mí no me hables de multiplicaciones, que yo ya estoy pedida, me voy a casar y sólo vengo para que no nos quiten la ayuda y no venga la policía a buscarnos…”. 

Así que, con ese espíritu, suena el timbre, entran al aula, se acuestan sobre la mesa, sumidos en la modorra, la desidia y el enfado, en un gesto de rebeldía ante lo que consideran un encierro, un tremendo castigo, tantas horas allí con alguien (la "paya" de la profe) que no sabe ni cómo enfrentarse al panorama. 


Y, precisamente, en ese poco halagüeño contexto me encontraba aquel otro otoño, cuando conocí a Samuel, "el gitano rubio de ojos azules, que quién diría por su aire infantil y candidez respecto a los demás compañeros que iba a ser también carne de cañón para la implacable presión de grupo, la de su comunidad, la del prejuicio y la cruel etiqueta.


Transcurrieron los primeros días de curso, y Samuel, junto a Nano, otro chavalín del barrio, aún a medio hacer, afortunadamente, y por ello rescatable, eran los únicos que asistieron a mi clase más de tres días seguidos. Ambos se concedían, con el visto bueno de sus padres, un día más de descanso que añadían al fin de semana, así que el viernes era para mí un día de soledad y frustración profesional.

Cuando venían, Samu y Nano terminaban mostrándose accesibles a las actividades que yo les iba proponiendo. No podía ser muy ambiciosa; si hubiera llegado a clase con los libros de texto al uso o con altas expectativas respecto a los contenidos, directamente me habrían mandado a paseo (bueno, ellos no lo habrían dicho así), de manera que tuve que adaptarme y muchas veces improvisar para "atacar" su materia gris sin que ellos descubrieran mis armas e intenciones. Aprendimos a jugar al ajedrez, nos atrevimos con decenas de "cruciletras"; hicimos manualidades a pesar de lo mal que se me dan  a mí las cuestiones plásticas y también leíamos...



Al final del primer trimestre, Samuel se me acercó inquieto; quería preguntarme cómo podía hacer él para sacar un sobresaliente (decía que nunca había tenido uno). Le contesté que, si esa era su intención, no tenía más que acompañarme a la biblioteca del instituto y comprometerse a leer al menos un par de libros y demostrarme, eso sí, que la lectura había sido provechosa (se me olvidó comentar que mi alumno tenía un nivel de lectura espectacular teniendo en cuenta su edad y nivel académico. No sabría apenas nada de sustantivos y verbos, pero leía con una velocidad, entonación e intención admirables). 

Aquel mes de enero comenzó su procesión, cargado de libro, del instituto a su casa y de su casa al instituto. Era su único material escolar; no llevaba ni mochilas ni libros de texto ni estuches; todo se quedaba en el aula para asegurarme de que, llegado el caso de que quisieran  trabajar, disponíamos de todo lo necesario. Así fue cómo Samuel decidió llevarse el libro de la biblioteca envuelto en una bolsa verde de mercadillo, bajo el brazo, jurándome y perjurándome que no se le caería en ningún charco ni circunstancia callejera.

Fue tanto el interés que vi en él en aquella época que me lancé a querer explicarle contenidos, de aquí y de allá, unos de gramática, otros de sociales, otros de ética o geografía. Había muchas lagunas por cubrir y era preciso aprovechar su repunte de entusiasmo. Yo le hablaba y él, a ratos, parecía aburrirse como una ostra, pero, a veces, se le iluminaban los ojos y parecía estar viendo el mundo desde otro prisma, extraño y apasionante (por desconocido) para él. Y, en una de esas, un día en que quise explicarle cuestiones relacionadas con los verbos, sus tiempos, aspectos y modos, Samuel me interrumpió de repente para decirme: "Ay, profe, no sé qué me pasa... Cuando tú me explicas, hay veces en que siento... No sé cómo decir... Siento como que me crece el cerebro... Siento hasta que me duele y todo...". Y entonces se me paralizaron a mí los sustantivos, adjetivos y endemoniados verbos. ¿Qué podría contestar? "Bueno, Samu, no te apures, que esto del cerebro debe ser como cuando uno hace deporte la primera vez después de mucho tiempo, que siente agujetas porque los músculos han hecho un sobreesfuerzo...".


¡¿Qué más podía decir la profesora?! Este chico era un diamante en bruto, una semilla esperando el riego oportuno... Seguimos leyendo, "Manolito Gafotas", "Los Futbolísimos", fragmentos adaptados del "Quijote" con los que terminaba rulado de risa porque aseguraba pode imaginarse a Sancho y Don Quijote en el pasaje de los batanes o luchando con molinos confundidos con gigantes. Aquellas sesiones se convirtieron en mi bálsamo contra la frustración que me provocaba ser profesora en aquel contexto tan adverso.

Poco antes de la primavera, Samuel decidió leer un libro de los propuestos en los listados de lecturas de 1° de ESO, uno de un autor de literatura juvenil, "El asesinato de la profesora de Lengua", de Jordi Sierra i Fabra. Tanto le gustó que lo primero que hacía cada día era hacerme la sinopsis de lo que iba ocurriendo en aquella historia de alumnos curiosos y profesores provocadores. "¡Cómo mola, profe!". ¿Sí? -le contesté-. ¿Y te gustaría entonces que escribiésemos una carta al autor, contándole tu historia y cómo has llegado a emocionarte y disfrutar de su libro? 

-¿Y crees que nos contestará?

Silencio... "Bueno, no perdemos nada, ¿No crees? Y, si lo hacemos, aprenderás cómo escribir una carta y te ayudará en tu sobresaliente... ¿Cómo lo ves?

Los dos nos vinimos arriba y nos dispusimos en nuestros ratos de soledad, que eran muchos dado el absentismo del grupo, a escribir aquel correo, aprendiendo a manejarnos con el ordenador e internet. Yo busqué en Google una dirección a la que poder mandar aquella misiva a Jordi Sierra i Fabra, poco confiada en que nuestro atrevimiento pudiera obtener respuesta.

¡Cuál no sería mi sorpresa el día en que encontré en mi bandeja de correo electrónico un mensaje del mismísimo Sierra i Fabra! En el primero que nos mandó nos expresó lo entrañable y extraordinaria que le había parecido la historia de Samuel y su afán por sacar sobresalientes, aun a pesar del "dolor de cerebro". Prometió que, tan pronto pudiera, escribiría una carta a mi alumno, para poder contarle con detalle su propia historia de niño. Y así lo hizo, a los pocos días, aplaudiendo los esfuerzos de Samuel por superarse, animándolo a seguir trabajando y transitando por el camino de los libros. Jordi le contó que cuando él era niño también tuvo que luchar y superarse (era "muy tartamudo", según refirió); se dedicaba a vender pan seco y periódicos viejos para ganarse dos reales y poder alquilar un libro ¡cada día! Los devoraba en apenas dos horas. Nos aseguró que todas las lecturas de su infancia y juventud le terminaron convirtiendo en lo que es hoy, a pesar de que la maestra que le cayó en gracia lo llamaba "inútil" y aseguraba que sería un fracasado. "¿Sabes que te envidio? Lo tienes todo por delante, un mundo entero. Pero depende de ti que sepas aprovecharlo", añadía Jordi. ¡Qué contentos nos pusimos Samuel y yo con aquella carta! ¡Qué importantes nos sentimos en aquel momento! 

Una de las frases que más gracia le hizo al chaval fue aquella con la que el escritor le decía que le había impresionado saber que sentía como que le crecía el cerebro cuando leía, "pero no me río -proseguía Jordi-, que así son las cosas y la vida misma a veces duele. No te detengas porque sientas que se te gasta el cerebro y, si hace falta, alquílate otra cabeza! Saber te da felicidad, porque entiendes de qué va esta película en la que estamos. Ignorar es morir en silencio".

Aquel episodio representó para la profesora y el alumno un soplo renovado que nos animaba a seguir con nuestro propósito lector. Una ilusión quedó en el horizonte, la invitación personal que Sierra i Fabra hizo a Samuel para acudir a la Feria del Libro de Madrid y poder así conocerse en persona. Samuel ignoraba qué era aquello de la Feria o dónde estaba el parque de Retiro del que le hablé para explicarle dónde se celebraba el evento. Aún quedaban unos meses para el encuentro; creí que todavía tenía tiempo para ilustrarlo y mantener viva la llama que había quedado prendida en su interior.

No nos duró mucho la alegría. Los primeros días después de la anécdota, Samuel no paraba de hablar del tema con algunos compañeros y, según me contó, en su casa trataba de explicar a los padres lo que le había pasado y lo importante que era ese señor que le había escrito. "Pero, profe, mi madre es una ignorante y dice que no me quiere verme tratar con señores mayores desconocidos, que vete a saber qué quieren de mí...". "No seas duro, hombre, tu madre, como todas las madres, solo intenta protegerte de lo desconocido, porque teme que pueda sucederte algo. Yo intentaré convencerla".

No pudo ser. No hubo forma humana de hacer ver a aquella familia que en la vida de su hijo se había abierto una ventana nueva al mundo, que ahora se sentía motivado para seguir descubriendo cosas en los libros e intentar ser algo más que vendedor de naranjas en un mercadillo.

No pudo ser tampoco con los demás compañeros de clase, que ejercieron una brutal presión de grupo sobre Samuel, haciendo chanza sobre su gusto por la lectura, por andar siempre con la profe en la biblioteca, como si aquello le restase puntos en su condición de proyecto de hombre gitano. Se ve que lo gitano andaba reñido con la cultura, el saber y la idea de un futuro prometedor. Y así fue cómo, poco a poco, terminaron entre todos minando los ánimos de mi pupilo, que en unas semanas ya había terminado por alejarse de mí; me rehuía; agachaba los ojos cuando le preguntaba por los libros; comenzó a ausentarse de las clases y a hacer piña con los más díscolos de su grupo.

Me costó aceptarlo y, hasta el último día, no cejé en mi intento de conseguir que Samuel viniera conmigo a conocer a Jordi a la Feria del Libro. Les dije a sus padres que, aunque fuera sábado, pasaría a recogerles al barrio y les acompañaría hasta el Retiro. El día de antes les llamé para confirmar nuestra cita; con una improvisada excusa de la familia terminó muriendo mi ilusión. Tuve que acudir sola a la caseta en la que Sierra i Fabra firmaba libros; habría sido poco educado faltar a su invitación. Bueno, sería injusto decir que fui sola, porque mi familia al completo quiso acompañarme a mí "encuentro literario". Así llegué hasta el lugar convenido; con gesto desolado, me presenté como la profesora de Samuel y le expliqué como pude las razones por las que el muchacho no me había acompañado. "Mujer, no te culpes -comentó el escritor-, no has podido hacer más. Debemos confiar en que, ahora que ya ha entrado un nuevo rayo de luz en su cabeza, él mismo será capaz, cuando llegue el momento y cuente con más madurez, de rebelarse contra quienes quieren poner barreras a su futuro. Lo importante es que Samuel ya sabe que al otro lado hay un mundo entero por descubrir...".

Me habría gustado otro final para esta historia. Creo que no es sólo una anécdota profesional, sino la punta del iceberg de un problema con raíces profundas, de índole cultural y social. Mi intención no es hacer un análisis de la situación escolar de una gran parte de los alumnos de etnia gitana; ni buscar responsables. Yo solo soy la que durante nueve meses tuvo que enfrentarse a una realidad inquietante: niños, casi adolescentes, abocados a un futuro incierto, a los que parece imposible convencer de que hay otro camino transitable, distinto al de la venta ambulante y el mercadeo de chatarra, que si estudian y se preparan pueden romper con el estereotipo social, con la etiqueta prejuiciosa que el sistema les endosa por defecto. Para ellos, todo eso es “apayarse”, o lo que es lo mismo, convertirse en payos al intentar imitar su estilo de vida, faltando por tanto a su condición gitana y defraudando a los de “su raza”, como declaran ellos con orgullo.

Hace apenas dos días, mientras daba forma a este texto, pregunté al compañero de Matemáticas que sigue trabajando en aquel centro si sabía algo de Samuel. Me alegró enormemente saber que sigue allí matriculado, en 3° de ESO, aunque sea repitiendo curso. Según me dijo el profesor, se le ve bastante centrado y tranquilo... Lo mejor es que, a pesar de los potenciales peligros que podrían haber forzado su salida del sistema educativo, Samuel ha conseguido mantenerse, quizá motivado por su pasión por el fútbol (en el equipo en el que entrenaba era un requisito ir al instituto y rendir todo lo posible), y no caer en las trampas que otros antes que él ya encontraron en las calles.

Quizá dentro de no mucho se acuerde de un escritor que quiso conocerlo y preguntarle por sus agujetas neuronales o de la profesora que se empeñó en llevarle a un lugar de la Mancha. Yo seguiré esperándolo, entre molinos y batanes, por si algún día quisiese lanzarse de nuevo a la aventura del saber. Confío en que mi espera no sea en vano...

viernes, 29 de septiembre de 2017

InZpace: la aventura de alcanzar el cielo...

Instantánea tomada desde la cápsula lanzada el pasado día 3 de septiembre, en Toledo, por el equipo de "InZpace"

"Lejos de mis huellas, de mi casa, de la gente, de mi mundo. Siguen ahí abajo, pero ahora se confunden con otras huellas, casas, gentes y mundos. Me separa de ellos un velo de nubes que apenas me deja distinguir la tierra de los mares. 

No pensé que fuera posible tanta belleza, tanto silencio. Se pararon de repente las agujas de mi reloj; creo que también, por instantes, se me ha parado hasta el corazón. Gracias por el oxígeno, compañeros, pero, contemplándoos desde aquí, frente a esta imponente curvatura azul, no necesito respirar porque apenas siento mi cuerpo, ni que parpadeen ya mis ojos. Indeleble, eterna, queda sublimada esta irrepetible imagen...". Operación InZpace (03/09/17)


Tres colegas y amigos, ingenieros aeroespaciales, han terminado haciendo realidad un sueño, tomar fotografías de la Tierra desde el espacio. Este ha sido su décimo lanzamiento; la cápsula, que está provista de los dispositivos necesarios para tomar fotografías e ir informando de su ubicación, consigue ascender y alcanzar la estratosfera gracias a un gran globo de helio.

Esta experiencia requiere muchísima preparación logística, así como varios permisos oficiales para poder realizar el lanzamiento de la cápsula a la atmósfera. Una vez alcanzada la estratosfera, el globo explota y da comienzo el descenso y la segunda gran aventura para este equipo de apasionados ingenieros, el seguimiento y localización de la cápsula en tierra.

Un fascinante reto técnico con el que aprender ciencia y tecnología y también tomar conciencia de lo pequeños que somos y de la belleza de nuestro mundo. Conocemos con más detalle la expedición estratosférica de la mano de Lorenzo Tarabini, ingeniero aeroespacial y promotor de esta aventura.



¿Cómo surgieron la idea y el equipo humano de InZpace?

Hace un tiempo, un amigo me habló de un chico que había lanzado a la estratosfera un Iphone atado a un globo. Por supuesto, era de Estados Unidos. La noticia me pareció muy curiosa y empecé a buscar más datos sobre el tema. Al cabo de una semana, estaba completamente enganchado a la idea y empecé a diseñar una misión. 

Hablé con un compañero de trabajo, Guille, al que, de repente, se le iluminaron los ojos. Apenas dos días después, se había enterado toda la oficina y se nos acercó otro interesado, Rafa. Sin darnos cuenta, ¡acababa de nacer InZpace! Hay que decir que nosotros nos dedicamos profesionalmente al diseño de sistemas software para satélites, de manera que ya no debe resultar extraño el éxito de mi iniciativa. Lo que que ocurre es que, en nuestro trabajo, en contadas ocasiones vemos el satélite de verdad; para nosotros, muchas veces los proyectos de satélites se limitan al papel y a un código, de ahí el afán por montar nuestra propria misión.

La parte técnica fue lo más simple. Encontrar un smartphone e instalarle un programa de tracking y otro para sacar fotos. La parte legal fue un poco más complicada. En EE.UU. no hay normativa y cualquiera puede lanzar objetos ligeros (de menos de 1 Kg.) sin pedir permiso alguno. En España, sin embargo, resulta más complicado; hay que avisar y pedir permiso con un mes de antelación y compilar unos cuantos formularios. Con un poco de paciencia, esta cuestión quedó pronto resuelta.

Por último, encontramos un vendedor de globos meteorológicos en Inglaterra y un suministrador de helio en Guadalajara. Y, de esta manera, ya teníamos preparada nuestra primera misión, el InZpace1Milagrosamente, llegamos a la estratosfera en un día de tormenta y recuperamos el móvil con fotos maravillosas. Al día siguiente, ya estábamos planeando la segunda misión.



Cuéntanos en qué consisten la mecánica de la cápsula y la logística del lanzamiento...

Lo que hacemos es llenar un globo meteorológico con helio (el mismo helio de los globos de feria). Como el helio es más ligero que el aire, cada litro consigue "levantar" 1 gramo. Estos globos están hechos de látex. Son ligeros y muy elásticos. Nos hacen falta unos 5.000 litros de helio para poder levantar la cápsula (2 Kg); el globo(1 Kg) y tener suficiente empuje para subir rápidamente a la estratosfera (2 Kg). Los vientos aumentan con la cota y alcanzan entre los 13 y 15 km de altura, con una velocidad que puede llegar a los 300 km/h. Es lo que se llama jetstream, la autopista de la estratosfera. Durante la segunda guerra mundial, los japoneses quisieron usar el jet stream sobre el Pacífico para bombardear a los americanos con ¡¡bombas atadas a globos!! En nuestro caso, lo que necesitamos es pasar por allí lo más rápidamente posible para evitar que el globo se vaya demasiado lejos.

Como la presión del aire va bajando, el helio empuja las paredes del globo y hace que este aumente su tamaño. Mientras que en tierra el globo tiene el diámetro de un metro, a 30.000 metros, alcanza los nueve metros. Vamos, ¡una ballena! Al final, lo que sucede es que el látex no aguanta más y el globo revienta. Atado a la cuerda va el paracaídas, pero a 30 km de altura no hay casi aire, así que la primera parte de la caída es a toda velocidad; la cápsula rebasa, incluso, los 250 km/h. Por fin, se abre el paracaídas que irá frenando la bajada.



En la cápsula siempre lanzamos, junto con el móvil, un sistema de tracking por radio. El móvil, de hecho, deja de mandar sms a los 5 km de altura, por falta de cobertura. Incorporamos por eso dos radios, por si falla una. Además, instalamos cámaras, sensores y muchos otros objetos, simplemente porque nos hacen gracia, como muñequitos de goma eva (que llamamos "globonautas" y regalamos a los amigos para que escriban en ellos los mensajes que quieren lanzar al espacio), semillas de albajas para hacer "espaguettis estratosféricos", lúpulo para hacer "cervezas al aroma del espacio", dados y piezas de juegos de mesa, figuras de Lego y ¡hasta una flecha para un amigo arquero! 



¿Qué objetivos habéis conseguido hasta ahora y cuál dirías que es el fin último del proyecto?

Lanzamiento tras lanzamiento, hemos aumentado la complejidad y la fiabilidad de la aviónica. Hemos pasado de lanzar un móvil a una electrónica customizada hecha por nosotros mismos, montada en una estructura impresa en 3D. Los materiales han cambiado y los sistemas en tierra, también.
Nuestro objetivo técnico es llegar a construir un pequeño satélite con el deseo de lanzarlo un día al espacio. Nuestro objetivo social es involucrar a los amigos y apasionados como nosotros en nuestra carrera espacial y hacer que vivan en primera persona la experiencia de alcanzar el espacio. 

Conmigo ya lo habéis conseguido. He podido tocar el cielo con vosotros. Gracias, equipo de InZpace: 

Guillermo Rodríguez
Ingeniero Aeronáutico

Rafael Rebolo
Ingeniero Aeronáutico y Profesor de Fluidodinámica

Jordi Xucla
Ingeniero técnico de Telecomunicaciones

Manuel Carmona
Graduado en Ingeniería Aeroespacial

Lorenzo Tarabini Castellani
Ingeniero Aeroespacial

En la imagen, de izquierda a derecha, Guillermo, Lorenzo y Rafael, integrantes de InZpace


¡Mirad qué maravilla!




sábado, 19 de agosto de 2017

Los versos de Eva

Réplica restaurada de la Poetisa de Pompeya (siglo I a.C.).

Fue durante el festival navideño del instituto. Yo estaba sentada en la mitad del salón de actos, rodeada de alumnos bulliciosos a los que parecía imposible hacer callar para que los compañeros que iban subiendo al escenario pudieran actuar.

¡Qué heroico enfrentarse a un público como aquel, tan alienado e inclemente, que espera la más mínima disonancia de la actuación para romper en nerviosas e infundadas carcajadas!

Ya apenas quedaban unos minutos para que terminase el espectáculo. Se apagaron las luces en el escenario. Dos siluetas aparecieron en la penumbra de las tablas, buscando su lugar y la adecuada posición de sus cuerpos para la siguiente interpretación. Se hizo de nuevo la luz, un solo foco, tenue, iluminó la esbelta figura de una chica, en el centro. No alcanzaba a verle la cara ni a reconocerla. No era alumna mía, eso sí lo supe. La recuerdo con el pelo suelto, melena por los hombros. El claroscuro del escenario no me dejaba adivinar su expresión. Comenzó a sonar un piano al fondo. La otra chica, quizá amiga, sería además su acompañante musical. Suaves acordes para los versos que allí iban a sonar.

Se hizo el silencio y Eva comenzó a recitar. Un micrófono en una mano, sus hojas escritas en la otra, sin más atrezo ni puesta en escena, arrancó su lectura. No recuerdo con claridad el mensaje de aquellos versos, pero conservo en mi mente su tono e intención poética. Con voz baja, como arrancada de lo más hondo, rescatada de algún recodo escondido de su alma, iban brotando con timidez las palabras. Interpelaban a alguien, o a todos, y hablaban de su necesidad de vivir en calma, sin miedo a sí misma y al mundo.

Yo no conocía aquella chica valiente que con apenas quince años salió a recitar toda su belleza y contradicción frente al apático y parlante patio de butacas de su instituto. Grabé su actuación, sorprendida y reconfortada de comprobar que aún existen espíritus sensibles capaces de hacer magia, alquimia poética, para transformar el mundo. Allí estaba, con su menudo cuerpo y su formidable alma la chica sin rostro.

Pregunté a mis compañeras profesoras de Lengua quién era aquella muchacha que acababa de ver entonando metáforas. Me revelaron su nombre, que cursaba tercero y que ya desde que entró al instituto había demostrado una sensibilidad y habilidad para las letras extraordinarias. Le hice llegar el vídeo de su actuación para que pudiera conservar aquel bello testimonio de su paso por nuestro centro.

Pasaron los meses y cayó en mi olvido la escena del festival navideño. Ya andábamos por marzo y transcurría sin novedad el segundo trimestre. Yo seguía ensimismada en mis proyectos y los textos del blog. En un par de ocasiones una alumna de mi tutoría me comentó que una amiga suya de tercero leía todos mis textos y que le gustaban mucho, que no se atrevía a decírmelo en persona por timidez. Pronto descubrí varios comentarios anónimos y certeros a algunas de mis últimas publicaciones, centradas en su mayoría en varios de los problemas que más afectan a los adolescentes. Las aportaciones de mi lectora me permitieron pronto deducir que se trataba en realidad de Eva, la joven y heroica poetisa. Aún no había cruzado con ella ni media palabra y ya parecíamos destinadas a una simbólica conexión.

La primera vez que pude verla de cerca y compartir impresiones fue en otro festival escolar, el de fin de curso. La busqué para felicitarla por partida triple, por haber conseguido, en el concurso literario del instituto, el primer premio de poesía, y también el segundo (la profundidad emocional de aquellos versos, su música interna y su delicadeza cautivaron al jurado, del que formé parte junto a las demás profesoras de Lengua y Literatura). La tercera salva se debía a su intervención en el festival, de nuevo con la lectura de un poema, que para esta ocasión acompañó de varios movimientos de danza, otra de sus grandes pasiones. Una actuación dulce y sincera, como lo es ella.

Hace apenas unos días ha compartido conmigo el enlace de su blog, en el que va publicando sus poemas y textos breves. Me advirtió que allí no encontraría nada del otro mundo, sin embargo descubrí mucho, muchísimo, un alma "sentimental, sensible, sensitiva" que con elegancia poética crea hermosas imágenes para nombrar a sus ángeles y a sus demonios.

Eva, sé que es difícil ser adolescente y encontrar un lugar entre los demás en el que sentirse como en casa; más complicado y doloroso a veces resulta tener quince años y sentirse perdida en un mundo como el nuestro, sumido casi siempre en el materialismo y la imagen vanidosa; estar dotada de cualidades que a tus amigos sorprenden y extrañan a partes iguales; tener el don de la palabra bella para nombrar lo inefable y la clarividencia para conocer verdades de cuya existencia los demás ni sospechan.

Un sabio escritor no hace mucho tiempo me dijo "la vida duele, pero hay que vivirla". Sigue danzando, leyendo, escribiendo, creciendo, madurando, porque llegará el día, Eva, en que hayas descubierto por fin cuál es el verso, tu verso, como decía Whitman, aquel con el que contribuyes a este gran poema que es la vida. Otros seguirán a tientas, sumidos en sus prosaicas y anodinas existencias.

Te saluda con cariño,
Una admiradora

"Love is always Love", por Eva G.
(Primer premio del Concurso de Poesía)

Hay flores que escapan
de un corazón que ya no es mío
y resbalan por mis dedos,
cayendo gota a gota,
letra a letra.

Un huracán devora las mariposas,
demostrando a mi estómago
que no es inmune a esto del amor.

Tengo su sonrisa en mi cabeza,
convirtiendo mis desastres,
y recordándome que la luna
también tiene un lado brillante.
Su manera de hablar,
con la calma y energía
de una ola,
rompiendo en una playa desnuda,
desvestida por miradas.

Me escribe,
escribe para mí,
escribe por mí,
como nadie me había escrito.

Y noche tras noche
crea en mi corazón
las cuatro estaciones.

Su pelo despeinado
por las mañanas,
con el olor a café
sonando de fondo, 
hace que pierda la cabeza
y se me caiga el alma.

Yo quiero a esa persona.
Yo soy mujer.
Ella es mujer.
Intentad pararnos.


"Si bailas cuando ya ha acabado la música pierde la gracia"

"Solo es cobarde quien no se busca.
Cuando sientes la música, bailar deja de ser una vergüenza.
Y yo me he encontrado en un nosotras."
Escandar Algeet

Siempre tengo tanto que decir 
a tanta gente,
que era una señal,
que me quedé sin palabras,
que aún no sé qué decir.

Y yo,
que no quiero querer,
que no quiero que me quieran.

Pero ahora...
Han salido del fango
mariposas vomitando flores.
El otoño ha hecho que se caigan del árbol
los sueños,
para que pueda cogerlos
y hacerlos realidad.
Un gato negro
ha abierto el paraguas
dentro de mi alma,
y me ha traído buena suerte.

Hacemos magia bailando,
no sólo estamos,
somos.
Y somos una
dividida en muchas,
y somos muchas
compartiendo una,
a través de un vestido
y una preciosa locura
llevando el tempo.
Saltamos,
volamos en un mundo
en el que la única regla
es bailar
como si nadie te estuviera mirando.

De jueves a martes,
mis semanas consisten
en esperar un miércoles
con sabor a una hora y media
de risas y magia,
y la caña de después


CAOS


Un túnel
en el que nunca ves la salida
Un salto,
en el que nunca llegas al suelo.
Y simplemente
caes,
caes,
caes.
Una piscina
en la que no logras
sacar la cabeza del agua
pero ves a todos
respirando.
Y
no
te
mueres.
Quemarte viva
sin que nunca
se te dé el placer de morir.
Y simplemente
caes,
caes,
caes.
La felicidad
pasa por delante de ti
una y otra vez.
Burlándose
porque tus cadenas
te impiden llegar a ella.

Te tiene atada el malestar,
ese malestar
que aparece en forma de vicio,
ese vicio,
que a parte de malo,
es tan apetecible y tentador,
que eres incapaz de resistirte.
Y te va consumiendo,
lentamente.

Te disparas.
Te ahogas
Te quemas.
Y por fin,
mueres.


ESE DÍA

Ese día
salió el sol
tras muchas tormentas
sin calma.

Los cuervos
se transformaban poco a poco
en mirlos,
que se posaban delicados
sobre tus clavículas.

Ese día
gusanos sin esperanza
se hacían mariposa.
Sauces sonreían,
magos revelaban la magia
que esconden tus pestañas.

Y es que,
ese día,
con tus ojos océano
alumbrabas Madrid,
que admiraba en silencio
la música de tus pasos,
como quien viene a recordarnos
que aún existe la magia.

Fue ese día,
el primer día
que mis ojos desastre
y mi corazón hielo
se encontraron con los tuyos
y fueron reviviendo
lentamente.



martes, 1 de agosto de 2017

Vigilante "exprés" y de secano


Con solo poner un pie en mi tierra murcianica ya nos huele a mar, a salitre, aunque estemos aún a un par de kilómetros de la playa más cercana. De repente, se nos echa también el termómetro encima; quedamos aplastados por los grados Celsius, pero, sobre todo, por la altísima humedad. Esa es la clave, una vez arribados, todo es humedad, mojadico el cuerpo a cualquier hora del día, a pesar de las duchas varias y la hidratación constante...

"¿Y cómo es posible que a ti, hija mía, no te guste bañarte si has crecido al lado del mar? No entiendo por qué rehúyes del agua...".

Pues sí. Mira que me gusta el verano; anda que no reniego yo del frío, los vientos, las nieves y el cielo gris, pero en cuanto estrenamos temporada de calor y alguien sugiere un chapuzón playero o piscinero, yo empiezo a buscarme excusas. Que si la arena, que si el sol, que si el cloro, que si las algas, que si hay mucha gente... De hecho, mi armario no conoce la moda de baño. Creo que este año ya toca renovar mi bikini, más que nada porque le lycra casi si me deshace entre los dedos, pero, total, para el uso que le doy con lo poco que me baño en sol y agua, no tengo necesidad ninguna de crearme una complicación más pensando en el look chancletero.

Bien es cierto que cuando uno tiene hijos termina plegándose a los deseos de los vástagos y sería tremendo tenerlos recluidos en el secano salón de casa porque a su madre le gusta poco el baño en aguas abiertas. Bueno, vale, os llevo, pero cerquita de las orillas ¿eh?, que nadie se me vaya a ahogar. "Mamá, ¿tú no te pones bañador?". Hala, no os quejéis más, bañador, crema solar, chanclas y la ropa puesta, para que luego no digáis que no participo...

La regla infalible para una buena madre de secano es la denominada como 10/20, o lo que es lo mismo la recomendación de no perder de vista a los hijos mientras se están bañando más allá de los 10 segundos y permanecer siempre cerca, a una distancia que te permita llegar hasta ellos en no más de 20 segundos. Yo esto me lo tengo bien aprendido y aplico la regla escrupulosamente, aunque, eso sí, mi indumentaria no haga pensar a nadie que soy una vigilante de la playa ni de la piscina. Solo me falta acudir a mi puesto con la mosquitera a cuestas...

Y así con zapatos, vestido, gafas de lectura, gorro y móvil en mano merodeaba yo por la piscina la tarde en que mis dos hijos pequeños jugaban con unos coches cerca del bordillo. El mayor no me preocupa porque se ha soltado este verano y bucea y nada como el mismísimo Nemo, pero mi pequeño Gabriel, que tan buenas maneras apuntaba la temporada pasada con sus corchos a la espalda, se nos ha hecho un radical y se niega a meter ni el dedo gordo en el agua (no sé a quién le parecerá, ;) Andaba -decía- vigilando el juego de los pequeños mientras hablaba con el móvil, a pleno sol, para evitar sustos. Y, de repente, en un "dame mi coche, que no que ese es mío", el pequeño de la saga dio unos pasos hacia atrás y cayó de espaldas a la zona más profunda de la piscina. Se me licuó la sangre cuando vi que estaba como entre dos aguas, boca arriba, con los ojos abiertos, a verlas venir, porque el tío no hizo ni por mover un dedo... En menos de cinco segundos, su madre se tiró a lo loco a rescatarlo y allá fue con vestido, gafas, zapatos y sin conocimiento (eso sí, primero soltó el móvil y gritó). Una vez dentro, agarró a la criatura, lo alzó un poco hacia la superficie y lo terminó sacando a flote empujándole el culete. Alguien terminó por mí la maniobra en ese momento. Y, en ese preciso instante, comprendí por qué llevo una vida entera dando esquinazo al baño veraniego... Allá donde no hago pie, mi mente piensa "soy como un plomo, voy a ahogarme" y voy y me hundo... Así me sentí una vez que refloté al hijo, con los pies lejos del suelo, las manos lejos del bordillo, un pesado vestido y unas gafas, que sin ser de bucear, me dejaban ver bien clarito que la que necesitaba un rescate era yo. "¡Que se ahoga la vecina!", gritó asustado Juan Carlos. Me dio la risa porque eso es casi imposible en una piscina tan pequeña que ni necesita socorrista, así que con la carcajada casi vengo a quedarme hecha un atún de verdad. Menos mal que conseguí darme impulso en el suelo y, sacudiendo las súper sandalias que llevaba aún puestas, saqué la cabeza del agua, eso sí boqueando desesperadamente. 

"Mi mamá me ha rescatado", iba explicando Gabriel a todos. Una vez fuera y escurrida, lo primero que hice fue preguntar por mis gafas. "Las llevas puestas, mujer... Oye, muy bien por tu hazaña heroica, pero creo que, por tu propia seguridad, pero sobre todo por la de tus hijos, deberías ir a alguna clasecita para que te refresquen las técnicas de la natación, ¿no crees?". Con la pinta que debía llevar en ese momento y el "show sincronizado" que acababa de dar, no tenía autoridad moral alguna para defender que yo sí sé nadar, lo que pasa es que se me da mejor la brazada de espalda.

Mi sentido de la responsabilidad me llevó hace unas semanas a apuntarme a las sesiones de "Natación exprés" del polideportivo de mi pueblo. "¿Eso de "exprés" qué es, que van deprisa mientras te dan la clase?". ¡No, hombre, se llama así porque en poco tiempo consiguen actualizarte y desoxidar lo que aprendiste en tu primer cursillo de natación! Allá que me fui bien equipada con el bañador, la toalla y el gorro a mi nueva misión. Antes que nada, expliqué a la profesora mi extraordinaria gesta como salvadora de niños y mi ineptitud como nadadora. En cuanto digo de querer flotar siento que me crecen bloques de hormigón, dos donde estaban los brazos, dos donde las piernas. "No te preocupes, que aquí cada una va a su ritmo y da lo que puede". Respiré más tranquila tras la charla introductoria, aunque reconozco que sentí un poco de corte al verme rodeada de tantas mujeres adultas, todas amigas y muy resueltas, a las que no parecía asustar ni la longitud ni la profundidad de aquella "piscinaca". "Saludad a la nueva. No te preocupes, niña, tú, si no puedes, te das la vuelta...". Tragué saliva y me concentré en la idea de que, si ellas podían, yo también". 


Lo del "querer es poder" se me hundió en la primera de cambio. Superé el calentamiento; me vi dinámica y fuerte moviendo brazos y piernas en los ejercicios previos fuera del agua. Ilusa de mí, por un momento me sentí una Mireia Belmonte, una fiera de las aguas cloradas. ¿Quién dijo miedo? "¿Listas? ¡Venga, chicas, cuatro largos estilo libre!". ¿Estilo qué? Ay, madre, que aquí hay que meter la cabeza debajo del agua y sacarla y respirar y volver a meterla, y un brazo "paquí" y el otro "pacá" y mueve las piernas, que te vas al fondo...

Lo dicho, tres brazadas de mantequilla y dos sacudidas de piernas y se me olvidan las técnicas de flotación, de natación, de respiración y casi de supervivencia. Me convierto en plomo y para abajo que me voy a contar piedrecitas de gres azul. En esta ocasión, algo cambia, claro, y es que hay más gente nadando y el orgullo hace de las suyas, "¡venga, ese trasero para arriba, dale a estas cuatro cosas que te salen del cuerpo, que la gente dice que sirven para remar!", pero por más que me grita mi Pepito Grillo entrenador, siento una rampa en el gemelo, me he hecho un lío con el abrir y cerrar de boca y ya no sé dónde toca mantenerla sellada para evitar inundaciones. "¡La nueva se ahoga!". Lo que me faltaba, serán... La desesperación me obliga a lanzarme ahora con el estilo perro para terminar el primer largo, cuando las demás han culminado ya el objetivo. Visto el fracaso de la primera inmersión, opto por dirigirme al bordillo. 

Yo no vuelvo, pensé, qué necesidad de sufrir habiendo flotadores y socorristas, si a mí el agua no me gusta, que debieron hacerme una ahogadilla de pequeña o vete a saber, pero mi pesadilla más recurrente y espantosa termina con mi hundimiento final en las aguas del mar Menor, donde hay que andar media laguna para que el agua llegue por el ombligo. Hasta en un vaso de agua, oiga. "¿Qué tal, te ha gustado, a que sí? Mañana te esperamos a las 9?". Vais listas, mascullé mientras me arrancaba el gorro que me iba a convertir en el torpedo del charco olímpico.


Pues volví y sigo volviendo, aunque al final de cada clase termine maldiciendo y con las manos llenas de rasguños (de querer estar tan cerca del bordillo lo acabo repasando bien, brazo a brazo, pasito a pasito, suave, suavecito me voy a mi casa como si viniera de pelearme con unas pirañas... Y un día nos ponen corchos atados a los tobillos con velcro (en esas clases más de una termina panza arriba pidiendo rescate); otros hay que nadar con unas tablas entre las piernas o debajo del cuello... "Ahora crol; después, la braza, que es menos comprometida con el rollo rana; al final, nadar de espaldas, que en este me vengo arriba (nunca mejor dicho) porque llevo la nariz y la boca mirando al cielo.

Yo no apostaría a que, cuando acabe el verano, haya conseguido convertirme en medallista, como la admirada Mireia; ni tan siquiera creo que haya conseguido dar más de siete brazadas, sumergiendo la cabeza y sincronizando la respiración con el leve giro de la boca buscando el aire... "Estás tan rígida que haces el doble de esfuerzo para realizar los movimientos", me dice Isabel, mi profesora. Así que yo solo aspiro a llegar a sentir lo que dicen todos aquellos que dominan y surcan el agua, da igual si salada o clorada, "pero si flotar y nadar es lo más fácil del mundo. Yo es meterme y sentirme ligera, cual corcho".

Algún día conseguiré no entrar en pánico sumergida en el agua. Lo importante, como en todo, es practicar y olvidarse de la negación constante. Y, si mi misión con la natación se trunca, tendré que ir con los hijos a la piscina o a la playa (que castigados no los voy a tener con "la calor") mejor equipada que hasta ahora, con unas calabazas vacías atadas a la cintura, como los bañistas de principios del XX, un pato hinchable de aliado y, si me apuráis, un buen traje de neopreno, que siempre dará mejor resultado que la lycra de los bikinis de temporada... Todo sea por ser una verdadera vigilante, exprés, aunque de secano.