martes, 1 de agosto de 2017

Vigilante "exprés" y de secano


Con solo poner un pie en mi tierra murcianica ya nos huele a mar, a salitre, aunque estemos aún a un par de kilómetros de la playa más cercana. De repente, se nos echa también el termómetro encima; quedamos aplastados por los grados Celsius, pero, sobre todo, por la altísima humedad. Esa es la clave, una vez arribados, todo es humedad, mojadico el cuerpo a cualquier hora del día, a pesar de las duchas varias y la hidratación constante...

"¿Y cómo es posible que a ti, hija mía, no te guste bañarte si has crecido al lado del mar? No entiendo por qué rehúyes del agua...".

Pues sí. Mira que me gusta el verano; anda que no reniego yo del frío, los vientos, las nieves y el cielo gris, pero en cuanto estrenamos temporada de calor y alguien sugiere un chapuzón playero o piscinero, yo empiezo a buscarme excusas. Que si la arena, que si el sol, que si el cloro, que si las algas, que si hay mucha gente... De hecho, mi armario no conoce la moda de baño. Creo que este año ya toca renovar mi bikini, más que nada porque le lycra casi si me deshace entre los dedos, pero, total, para el uso que le doy con lo poco que me baño en sol y agua, no tengo necesidad ninguna de crearme una complicación más pensando en el look chancletero.

Bien es cierto que cuando uno tiene hijos termina plegándose a los deseos de los vástagos y sería tremendo tenerlos recluidos en el secano salón de casa porque a su madre le gusta poco el baño en aguas abiertas. Bueno, vale, os llevo, pero cerquita de las orillas ¿eh?, que nadie se me vaya a ahogar. "Mamá, ¿tú no te pones bañador?". Hala, no os quejéis más, bañador, crema solar, chanclas y la ropa puesta, para que luego no digáis que no participo...

La regla infalible para una buena madre de secano es la denominada como 10/20, o lo que es lo mismo la recomendación de no perder de vista a los hijos mientras se están bañando más allá de los 10 segundos y permanecer siempre cerca, a una distancia que te permita llegar hasta ellos en no más de 20 segundos. Yo esto me lo tengo bien aprendido y aplico la regla escrupulosamente, aunque, eso sí, mi indumentaria no haga pensar a nadie que soy una vigilante de la playa ni de la piscina. Solo me falta acudir a mi puesto con la mosquitera a cuestas...

Y así con zapatos, vestido, gafas de lectura, gorro y móvil en mano merodeaba yo por la piscina la tarde en que mis dos hijos pequeños jugaban con unos coches cerca del bordillo. El mayor no me preocupa porque se ha soltado este verano y bucea y nada como el mismísimo Nemo, pero mi pequeño Gabriel, que tan buenas maneras apuntaba la temporada pasada con sus corchos a la espalda, se nos ha hecho un radical y se niega a meter ni el dedo gordo en el agua (no sé a quién le parecerá, ;) Andaba -decía- vigilando el juego de los pequeños mientras hablaba con el móvil, a pleno sol, para evitar sustos. Y, de repente, en un "dame mi coche, que no que ese es mío", el pequeño de la saga dio unos pasos hacia atrás y cayó de espaldas a la zona más profunda de la piscina. Se me licuó la sangre cuando vi que estaba como entre dos aguas, boca arriba, con los ojos abiertos, a verlas venir, porque el tío no hizo ni por mover un dedo... En menos de cinco segundos, su madre se tiró a lo loco a rescatarlo y allá fue con vestido, gafas, zapatos y sin conocimiento (eso sí, primero soltó el móvil y gritó). Una vez dentro, agarró a la criatura, lo alzó un poco hacia la superficie y lo terminó sacando a flote empujándole el culete. Alguien terminó por mí la maniobra en ese momento. Y, en ese preciso instante, comprendí por qué llevo una vida entera dando esquinazo al baño veraniego... Allá donde no hago pie, mi mente piensa "soy como un plomo, voy a ahogarme" y voy y me hundo... Así me sentí una vez que refloté al hijo, con los pies lejos del suelo, las manos lejos del bordillo, un pesado vestido y unas gafas, que sin ser de bucear, me dejaban ver bien clarito que la que necesitaba un rescate era yo. "¡Que se ahoga la vecina!", gritó asustado Juan Carlos. Me dio la risa porque eso es casi imposible en una piscina tan pequeña que ni necesita socorrista, así que con la carcajada casi vengo a quedarme hecha un atún de verdad. Menos mal que conseguí darme impulso en el suelo y, sacudiendo las súper sandalias que llevaba aún puestas, saqué la cabeza del agua, eso sí boqueando desesperadamente. 

"Mi mamá me ha rescatado", iba explicando Gabriel a todos. Una vez fuera y escurrida, lo primero que hice fue preguntar por mis gafas. "Las llevas puestas, mujer... Oye, muy bien por tu hazaña heroica, pero creo que, por tu propia seguridad, pero sobre todo por la de tus hijos, deberías ir a alguna clasecita para que te refresquen las técnicas de la natación, ¿no crees?". Con la pinta que debía llevar en ese momento y el "show sincronizado" que acababa de dar, no tenía autoridad moral alguna para defender que yo sí sé nadar, lo que pasa es que se me da mejor la brazada de espalda.

Mi sentido de la responsabilidad me llevó hace unas semanas a apuntarme a las sesiones de "Natación exprés" del polideportivo de mi pueblo. "¿Eso de "exprés" qué es, que van deprisa mientras te dan la clase?". ¡No, hombre, se llama así porque en poco tiempo consiguen actualizarte y desoxidar lo que aprendiste en tu primer cursillo de natación! Allá que me fui bien equipada con el bañador, la toalla y el gorro a mi nueva misión. Antes que nada, expliqué a la profesora mi extraordinaria gesta como salvadora de niños y mi ineptitud como nadadora. En cuanto digo de querer flotar siento que me crecen bloques de hormigón, dos donde estaban los brazos, dos donde las piernas. "No te preocupes, que aquí cada una va a su ritmo y da lo que puede". Respiré más tranquila tras la charla introductoria, aunque reconozco que sentí un poco de corte al verme rodeada de tantas mujeres adultas, todas amigas y muy resueltas, a las que no parecía asustar ni la longitud ni la profundidad de aquella "piscinaca". "Saludad a la nueva. No te preocupes, niña, tú, si no puedes, te das la vuelta...". Tragué saliva y me concentré en la idea de que, si ellas podían, yo también". 


Lo del "querer es poder" se me hundió en la primera de cambio. Superé el calentamiento; me vi dinámica y fuerte moviendo brazos y piernas en los ejercicios previos fuera del agua. Ilusa de mí, por un momento me sentí una Mireia Belmonte, una fiera de las aguas cloradas. ¿Quién dijo miedo? "¿Listas? ¡Venga, chicas, cuatro largos estilo libre!". ¿Estilo qué? Ay, madre, que aquí hay que meter la cabeza debajo del agua y sacarla y respirar y volver a meterla, y un brazo "paquí" y el otro "pacá" y mueve las piernas, que te vas al fondo...

Lo dicho, tres brazadas de mantequilla y dos sacudidas de piernas y se me olvidan las técnicas de flotación, de natación, de respiración y casi de supervivencia. Me convierto en plomo y para abajo que me voy a contar piedrecitas de gres azul. En esta ocasión, algo cambia, claro, y es que hay más gente nadando y el orgullo hace de las suyas, "¡venga, ese trasero para arriba, dale a estas cuatro cosas que te salen del cuerpo, que la gente dice que sirven para remar!", pero por más que me grita mi Pepito Grillo entrenador, siento una rampa en el gemelo, me he hecho un lío con el abrir y cerrar de boca y ya no sé dónde toca mantenerla sellada para evitar inundaciones. "¡La nueva se ahoga!". Lo que me faltaba, serán... La desesperación me obliga a lanzarme ahora con el estilo perro para terminar el primer largo, cuando las demás han culminado ya el objetivo. Visto el fracaso de la primera inmersión, opto por dirigirme al bordillo. 

Yo no vuelvo, pensé, qué necesidad de sufrir habiendo flotadores y socorristas, si a mí el agua no me gusta, que debieron hacerme una ahogadilla de pequeña o vete a saber, pero mi pesadilla más recurrente y espantosa termina con mi hundimiento final en las aguas del mar Menor, donde hay que andar media laguna para que el agua llegue por el ombligo. Hasta en un vaso de agua, oiga. "¿Qué tal, te ha gustado, a que sí? Mañana te esperamos a las 9?". Vais listas, mascullé mientras me arrancaba el gorro que me iba a convertir en el torpedo del charco olímpico.


Pues volví y sigo volviendo, aunque al final de cada clase termine maldiciendo y con las manos llenas de rasguños (de querer estar tan cerca del bordillo lo acabo repasando bien, brazo a brazo, pasito a pasito, suave, suavecito me voy a mi casa como si viniera de pelearme con unas pirañas... Y un día nos ponen corchos atados a los tobillos con velcro (en esas clases más de una termina panza arriba pidiendo rescate); otros hay que nadar con unas tablas entre las piernas o debajo del cuello... "Ahora crol; después, la braza, que es menos comprometida con el rollo rana; al final, nadar de espaldas, que en este me vengo arriba (nunca mejor dicho) porque llevo la nariz y la boca mirando al cielo.

Yo no apostaría a que, cuando acabe el verano, haya conseguido convertirme en medallista, como la admirada Mireia; ni tan siquiera creo que haya conseguido dar más de siete brazadas, sumergiendo la cabeza y sincronizando la respiración con el leve giro de la boca buscando el aire... "Estás tan rígida que haces el doble de esfuerzo para realizar los movimientos", me dice Isabel, mi profesora. Así que yo solo aspiro a llegar a sentir lo que dicen todos aquellos que dominan y surcan el agua, da igual si salada o clorada, "pero si flotar y nadar es lo más fácil del mundo. Yo es meterme y sentirme ligera, cual corcho".

Algún día conseguiré no entrar en pánico sumergida en el agua. Lo importante, como en todo, es practicar y olvidarse de la negación constante. Y, si mi misión con la natación se trunca, tendré que ir con los hijos a la piscina o a la playa (que castigados no los voy a tener con "la calor") mejor equipada que hasta ahora, con unas calabazas vacías atadas a la cintura, como los bañistas de principios del XX, un pato hinchable de aliado y, si me apuráis, un buen traje de neopreno, que siempre dará mejor resultado que la lycra de los bikinis de temporada... Todo sea por ser una verdadera vigilante, exprés, aunque de secano.


jueves, 27 de julio de 2017

El pianista y la escritora, un enero en Valldemossa...

Cartuja de Valldemossa (Mallorca)


"Todo lo que el poeta y el pintor pueden soñar, la naturaleza lo ha creado en este lugar". 
Aurora Dupin (George Sand)

Había escuchado muchas veces a mi madre el relato de su luna de miel a Mallorca. De ella recordaba con especial cariño la visita a la Catedral de Palma, el Palacio de la Almudaina, las Cuevas del Drach, en Portocristo, Pollensa... Pero, sobre todo, un lugar volvía a su memoria con un aire especialmente evocador y romántico. En Valldemossa, al noroeste de la isla, la pareja descubrió que todas las calles empedradas y empinadas conducen al corazón de la villa, el monasterio de la Cartuja. 

En aquel enclave abundan las fuentes; el pueblo está rodeado de una abundante y frondosa vegetación (olivos milenarios, encinas, almendros...), por eso te envuelve al llegar una sensación de calma y quietud seculares. Se conserva allí la casa natal de la santa más venerada de Mallorca, Catalina Thomàs. Destaca también por su ubicación la iglesia parroquial, originaria del s. XIII. Pero, el emblema de Valldemossa ha sido y es, sin duda, el monasterio de la Cartuja. Desde 1835, cuando se produjo la exclaustración definitiva de los monjes cartujos, el monasterio pasó a manos privadas. Esto explica la decoración actual, típica de un casal mallorquín, resultado del cambio y la adecuación al nuevo uso residencial. Huéspedes ilustres han contribuido desde entonces a enriquecer la historia del lugar: Rubén Darío, Azorín, Unamuno, Santiago Russinyol, Eugenio D'Ors... 

Rubén Darío

Se trata sin duda de un viaje al pasado, en el que lo más sugerente termina siendo siempre la visita a la celda donde se alojaron dos ilustres representantes del Romanticismo francés, el famoso compositor polaco Frédéric Chopin y su compañera, la escritora Aurore Dupin, más conocida por su alias de George Sand. Las huellas de su breve aunque intensa estancia (diciembre de 1838-febrero de 1839) ha originado desde entonces un incesante peregrinaje. 

Retratos e imágenes de Chopin

Mucho se ha escrito sobre las circunstancias que condujeron a la pareja a Mallorca; el espíritu romántico les imaginó siempre en el papel de enamorados, de amantes, aunque, al parecer, sus caminos no estuvieron nunca en la misma línea. Solo en estos meses de invierno de retirada en la Cartuja pudieron conocerse, profundamente, al compartir los silencios, las luces y las sombras del genio creador que ambos poseían.


George Sand (Aurore Dupin)
Rincón de la celda de los artistas


La estancia de Chopin y Sand significó, según nos cuentan, muchas más cosas. Para la escritora, la vida en la Cartuja le procuró la inspiración para escribir su novela Spiridión, mientras que Chopin, desde su celda, "resguardado de la intensa lluvia, frágil, casi sin fuerzas por su enfermedad", compuso la mayoría de sus Preludios, la Polonesa en Do menor, op. de 40, o la Mazurca en Mi menor, op. 41 n°2.
Tras la visita a las dependencias del pianista y la escritora, a mí solo me queda, imaginativa y apasionada como me siento, fantasear acerca de los pensamientos que ella, Aurore Dupin (su nombre literario, ya saben, George Sand), debía albergar sintiéndose cerca del artista, del virtuoso acariciador de teclas; queriendo poseer a quien ya andaba poseído por las acaparadoras musas...
Al regresar a París, Chopin vendió su piano a la familia mallorquina Canut





Valldemossa, enero de 1839


Lo veo pasear entre las sombras del jardín, guareciéndose del sol y de sí mismo, de los demonios que le rondan por dentro, esa maldita enfermedad que terminará llevándose, cruzando las aguas frías, a un genio.

La busca en el perfume de la rosa, en el anaranjado reflejo del pez que nada en el estanque; puede que ande escondida donde se cruzan las nubes al rozar la montaña, seductora con su paso taciturno quizá se deslice sobre estas piedras de la Cartuja.

 Persigue a la musa para que le susurre entre sueños las notas de sus nocturnos. Sueña imposibles. Imposible más belleza. Imposible más vida, le dijeron sus doctores. Esta isla puede que le esté regalando dos o tres inviernos más. Parece llegar hasta aquí la brisa del mar, un aroma a sal que viene a rescatar al músico náufrago. ¿A quién buscas, querido? ¿Adónde va tu alma errante? ¿Y tus dedos elegantes? Envidio la caricia que reservas siempre al marfil de esas teclas, la dulzura, el desdén, la tristeza o la pasión con que las abrazas, las ruborizas, las acunas.

Secuestrado en esa partitura, quizá la penúltima, apenas si reparas en que yo también ando buscando la belleza que inspire mis letras. Quizá ni me hayas visto, observándote tras el cristal, llamándote en silencio, mientras tú tratas de arrebatar la música al incauto pajarillo que ha llegado hasta estos muros.Ya veo la tinta de esta pluma que escribe recostada sobre el pentagrama. Mi trazo juega con las líneas y sus notas; abraza mis contornos y escribe tu música. No busques más entre las sombras, que yo soy tu luz, yo tu Aurora. 


Sí queréis conocer más sobre la historia del pianista y la escritora, visitad y leed:

http://fotosantiguasdemallorca.blogspot.com.es/2011/11/frederic-chopin-y-george-sand-su.html?m=1

viernes, 21 de julio de 2017

¿Idos? o ¿iros? Hablantes, despierten sus conciencias o, si no, ¡"irse ya"!


Ahí queda mi modesta aportación a la polémica del "idos/iros" que nos ha servido esta semana la Real Academia Española de la Lengua, de la mano del académico Arturo Pérez Reverte. Espero que de algo sirva... Al menos, para despertar las conciencias lingüísticas dormidas. 

Yo me quedo con la necesidad de preservar la adecuación al contexto, o lo que es lo mismo utilizar "iros" o "idos" según la situación que rodee al evento comunicativo: con quién estás hablando; en qué ambiente (formal o familiar); el tema del que se está tratando, en definitiva, el registro de la Lengua que se está utilizando. 

Si yo, como profesora, estoy en un entorno académico, es esperable y deseable que me ajuste a la forma culta y le diga a mis alumnos "marchaos o idos". Sin embargo, es probable que "se me relajen los formatos" si estoy en casa o tomando algo con los amigos o, si los hijos me crispan y me sacan de mis casillas, en cuyo caso simplemente diré "si me queréis, irse" , jejejeje, ;)

Total, que no hay nada como conocer la norma y aplicarla teniendo en cuenta el contexto, como ocurre en casi todo en la vida...

viernes, 14 de julio de 2017

La "técnica Arenita", lo que aprendí en Fondo de Bikini


¡Qué gozada ver a media humanidad disfrutando del merecido descanso vacacional! Meses de trabajo destemplado a la espera del verano, a tramos tórrido, en ocasiones aguado, pero siempre bien recibido, con los brazos abiertos, las chancletas puestas y el flotador de pato colgado del brazo.

¡Cómo nos gustaría poder disfrutar de nuestro Fondo de Bikini particular durante todo el año, ¿verdad? Puede que a quienes no tienen hijos, o los tienen mayores, esto les suene extraño. Sí, hombre, me refiero al hábitat paradisíaco donde viven algunos de los personajes de animación infantiles más conocidos. ¿Aún no caéis? Pues ¿quién vive en una piña debajo del mar...? Mmmm, ¿no? Que sí, el de los pantalones cuadrados y mil orificios alrededor de sí... ¡Claro, Bob Esponja! Da igual donde uno quiera ir a desconectar, a evadirse de las rutinas machaconas del trabajo y las domésticas, en algún momento del día, si uno va con niños, una carcajada nerviosa, la de Bob, retumbará en algún rincón de la casa: "El mejor amigo que puedas tener... Su cuerpo amarillo absorbe sin más... ¡¡Bob Esponja ya llegó!!!

Bueno, venga, no pasa nada, hay que aceptar con serenidad que las vacaciones yendo con críos son esto. Vamos a ver: no es mal tipo este Bob; se le ve satisfecho con su vida y comprometido con sus obligaciones: siempre va al trabajo con una sonrisa, se pone su sombrerito y blande su espumadera y, hale, a servir cangreburguers a destajo, el producto estrella de Fondo de Bikini, que todos buscan ansiosos y por el que son capaces de pagar lo que haga falta (a mí me suena a lo que veo en muchos chiringuitos y restaurantes, tanto si tienen uno, dos o tres tenedores de distinción. Todos locos por gastarnos los euros). 




Trabajar en la cocina todas las horas del día, sin perder la compostura y sin que se caiga el delantal, a pesar del punto amargado del compañero que pasa la comanda, Calamardo, desabrido y puñetero con la clientela, consigo mismo y, por supuesto, con Bob Esponja, porque en el fondo le enerva que haya alguien allí dentro que pueda mostrarse complacido con lo que la vida le ha dado, entre fogones, mesas grasientas y un jefe codicioso y desalmado que solo piensa en convertir el Crustáceo crujiente en una multinacional, eso sí, tirando solamente con dos empleados y sin invertir ni un doblón en las mejoras logísticas. ¿Quién no conoce o tiene noticia de algún Calamardo, que odia profundamente a casi todos, o un señor Cangrejo, que solo anhela poseer lo propio y lo de todos? Aunque su personalidad despierte tanto rechazo, puede que consiga hacerse con el imperio del mundo cangreburguer (suelen triunfar a veces los antihéroes) a no ser que Plancton, el minúsculo rival que se pasa los días tramando su venganza, consiga finalmente robar del Crustáceo Crujiente la fórmula de las dichosas hamburguesas de molusco aplastado. ¡Ay, cuánto se parece la ficción a la realidad y qué didáctico va a resultar al final pasear por Fondo de Bikini!



¡Mirad, chicos, allí va una cuadrilla de atunes, todos bien equipados para ir a surfear, que se ha puesto de moda y toda familia de bien debe acudir al embarcadero con la tabla más guapa y el neopreno más fashion, aunque lo paguemos a plazos... Se ve que allí bajo el mar tienen también su propio Decathlon. Ay, pobre, cómo pelea esa madre con sus tiranos atuncicos, que por no querer ponerse la crema factor 50 van a terminar como gambitas. Y ¡venga a gritar! Oye, esto de vociferar debe ser también deporte subacuático, ¡qué horror! Por lo menos han conseguido llegar los primeros y coger hamaca; por allí llegan cientos de lanchas motoras con ruedas, cargadas de peces ávidos de playa y arena y burguers cangreburguers. ¡Vaya tráfico, parece la Gran Vía en hora punta, quién lo iba a decir! Habrá habido atasco en la M-40 por concentración de medusas.

¡Pero, bueno, ahí viene Patricio Estrella! ¿En serio no lo conocen? Vive debajo de una piedra enorme y es la fiel sombra amiga de Bob Esponja. Sus comportamientos parecen a veces un poco tontos, hay que reconocerlo, pero, al final uno se queda, más que con su temperamento bobalicón (que siempre le termina metiendo en disparatadas situaciones con las que pone en apuros a Bob), con su aire auténtico, libre de prejuicios, con su discurso alocado y sin filtros, con la incondicional amistad que brinda a su colega, el de los orificios.


Y justo antes de abandonar Fondo de Bikini vengo a encontrarme con el personaje más fascinante de todos los que pululan por aquí. Ella viene de lejos, nada menos que de Texas. No debió de ser fácil aprender a vivir aquí debajo siendo, como es ella, una ardilla. Sí, como lo oyen, Arenita Mejilla (en inglés la llaman Sandy) es el único animal terrestre que vive en estas profundidades. Aprovecho para saludarla y expresarle mi admiración. Le he comentado que su nombre es uno de los más referidos en mis clases. "¿Pero cómo es eso?"- me ha preguntado-. "Que sí, como te lo digo. Qué pregunten si no a mis alumnos cuántas veces a la semana les digo eso de "tú, no te preocupes, pon en práctica la "técnica Arenita". 


-¿Y qué es eso, profe?
-Anda, no me digáis que no conocéis a Arenita, "la de Bob Esponja".
-Claro, profe, qué cosas dices, pero ¿qué tiene que ver ella con nosotros?
-Pues mirad... Yo creo que todos deberíamos aprender de esta ardilla texana, científica de profesión y apasionada de los más variados deportes, que no dudó en luchar contra los condicionamientos que le imponía el hecho de pertenecer a una especie terrestre para intentar aprender a vivir en un medio en principio hostil para ella. Arenita pensó que en Fondo de Bikini podría encontrar grandes oportunidades, un interesante rincón del océano donde desarrollar sus experimentos y, cómo no, también un lugar de descanso y esparcimiento playero y, lejos de amedrentarse o dejarse arrastrar por el "yo no puedo", no dudó en enfundarse su traje especial, al estilo astronauta o escafandra, y su casco de cristal que le permiten caminar y respirar en un hábitat distinto al suyo. Ya sabéis lo que dijo Darwin, solo las especies que son capaces de adaptarse consiguen sobrevivir y evolucionar...

(Caras de desconcierto)
- ¿Y qué me decís -continúo divertida- de su casa? Pues lo mismo, es el claro ejemplo de que debemos adecuar nuestras vidas a los distintos entornos y circunstancias. ¿Que quiero vivir bajo el mar aunque no tenga branquias, sin olvidarme del todo de mi mundo terrestre? ¡Pues me construyo un iglú de cristal, que me aísla y proporciona aire para respirar, con el suelo cubierto de césped y donde planto un hermoso árbol que me recuerda lo que soy y de dónde vengo! Y allí, cuando toque descansar, podré quitarme el casco y el traje, para andar a mi aire, con zapatillas de estar por casa.


-¡Ay, qué ilusión! -comenta ahora la propia Arenita. Y no te olvides de decirles que aquí me dedico además a la ciencia, un campo nada fácil para una hembra de ardilla aspirante a habitante subacuático... No ha sido fácil, pero he hecho incluso grandes amigos. Jamás creí que podría llevarme bien con una esponja y una estrella de mar...

- Pues eso mismo les digo yo a mis chavales, Arenita, que hay que dejarse los complejos, la inseguridades y los prejuicios en casa, porque para salir al mundo y hacerse un huequito en él es necesario ser valiente, enfrentarse a los miedos y las adversidades y pensar que, hasta en lo más profundo del océano, uno puede encontrar amigos que te querrán aunque tengas pulmones y cuatro extremidades.

-Ja, ja, ja, ja...

-Y, para terminar, siempre les digo, "chicos, además, no os olvidéis de lo más importante, lo que yo llamo "la técnica Arenita", que os permitirá, cuando os encontréis con algún personaje indeseable que os venga con necias palabras, coger vuestro casco de cristal, enroscarlo con firmeza hasta alcanzar el aislamiento total, procurándoos así oxígeno y protección para vuestra zona de seguridad. Vosotros, como la ardilla, haced pantalla y girad los pasos hacia "el iglú del árbol".



-¡Ay, profe, qué cosas tienes...!

Para que luego digan que los dibujos infantiles de ahora no son edificantes y provechosos... ;)


lunes, 10 de julio de 2017

De pantallas y pulgares: la metamorfosis de mi escritura


No tendría apenas los diez años el verano en que a mis padres se les ocurrió apuntarme a mecanografía, la actividad extraescolar estrella de aquellos años ochenta en los que todo hacía pensar que el futuro estaba a la vuelta de la esquina y venía a nuestro encuentro encriptado en letra de imprenta, en cursiva, y cifrada en inglés... Porque esa empezaba a ser la otra obsesión, que los niños se fueran hermanado con el "Yes, I do"... Para mandar a aquellos hijos en la cápsula de la modernidad haría falta que supieran relacionarse con los nuevos artefactos tecnológicos, los computadores que entonces nos parecían ingenios de la ciencia ficción, y decodificar con solvencia la lengua de Shakespeare o Steve Jobs, no importaba si la del uno o la del otro, porque por entonces ignorábamos quién había sido el uno y en quién se iba a convertir el otro.

Pero, claro, antes de lanzarnos al océano tecnológico, parecía más que prudente tomar contacto con la mecanografía más convencional, porque, en caso de que la vida no nos separase ser programadores informáticos, al menos siempre nos quedaría el virtuosismo dactilar sobre las teclas y su copia indeleble sobre el papel. Alguien que supiera mecanografiar con cierta soltura podría ser secretario o administrativo, transcriptor de la vida y sus avatares.

Y allí veía yo a mis amigas a través del cristal del club social donde se impartían aquellas clases, reconcentradas sobre las teclas, pendientes de que ningún dedillo desobediente se fuera a su aire, escabulléndose de la pauta, el ritmo y la velocidad esperados. Me produjo tanto desasosiego la estampa que ya el primer día me mostré firme y decidida ante mis bien intencionados padres, "no me apuntaré a una clase para que me enseñen a mover los dedos a la velocidad del rayo para escribir...".

Aquella obstinada negativa hacia todo lo que no considerase útil permaneció en la adolescencia, en la que me mantuve igualmente reacia a otras actividades que mis padres creyeron apropiadas para mí. Los deportes no tenían sentido si uno no iba a ir a las Olimpiadas; la optativa de Informática, una chorrada por aquel entonces, cuando no teníamos ordenador e ignorábamos su potencial en aras del desarrollo y la comunicación. Con el inglés siempre me mantuve ambivalente, pues es verdad que lo estudiaba con cierto interés y rutina, aunque no terminaba de entregarme a la causa anglófila, vista la escasa aplicación práctica de la lengua shakespereana en mi mundo construido con letras hispánicas.

Y hasta ahí quería llegar, precisamente a los años en los que fui estudiante de Filología Hispánica, entre 1997 y 2001, durante el cambio de siglo en lo que a cronología se refiere y cambio de era, de la análógica a la digital, de la peseta al euro, del sello de Correos al mail ultrasónico que daba la vuelta al mundo en 80 nanosegundos. Y a mí me pilló empeñada aún en hacer de la caligrafía y la versión en papel mis únicos instrumentos académicos, con la fortuna a mi favor, pues la gran mayoría de los profesores de la Facultad de Letras aceptaban y casi agradecían que los trabajos exigidos para superar sus asignaturas fueran manuscritos, uff, qué alivio. Yo, con mi falsilla de rayas negras debajo del papel para no torcerme ni un tanto y luciendo letras redondas y estilosas en mis monográficos sobre Poesía o Lingüística... Hasta que ya en el último año, oh, desastre, uno de los profesores insistió en la necesidad de que las entregas se hicieran a ordenador, a doble espacio y márgenes justificados. "¿Justiqué?". ¿Cómo haría ahora para no "manchar" mi expediente académico, si no sabía mecanografiar ni tenía ordenador? Solventé el asunto: primero hice el trabajo a mano y después pagué a alguien para que me lo transcribiera haciendo uso de algún editor de textos (-He utilizado el Word y letra Times... (Me explicó el moderno escribano) -¿Ya estamos? ¿Se nos ha "colao" también "el english" hasta en los trabajos sobre la Literatura española del Siglo de Oro? Bonico se iba a poner Quevedo con tu "Word" y tu "Times"; te iba a soltar un buen "palabro" a "tiempo"... ;)


Sí, así fue cómo conseguí licenciarme sin haber puesto ni un dedo sobre ningún teclado de máquina de escribir ni ordenador, aunque, paradójicamente, quise reconducir mis pasos académicos hacia el mundo del Periodismo, por eso de la afición a escribir, ya sabéis; y ya sabéis también que ni los periódicos en papel ni los digitales se escriben precisamente a mano... En el Máster de Periodismo que realicé en Madrid, a los otros diecinueve alumnos y a mí, nos pusieron a cada uno un ordenador delante para el desarrollo de nuestras clases de la mañana y nos lanzaron sin asideros al oficio periodístico por las tardes, en la redacción del periódico, una sala enorme, con los espacios distribuidos por secciones, donde una plantilla de unos cien periodistas preparaban las páginas del diario del día siguiente, siempre con el visto bueno de "la mesa", el tribunal implacable que juzgaba la adecuación de la edición, con su corrector de estilo a la cabeza, un elegante señor, de nombre Juan Espejo, que leía todas y cada una de las páginas del periódico y que, sirviéndose de un rotulador rojo, se encargaba de rodear todos y cada uno de los errores ortográficos que iba encontrando, que, a su parecer, eran siempre muchos...

Lloré disimuladamente los veinte primeros días de mi clase de informática del Máster, en la que nos explicaban los programas de edición digital del periódico. ¡Sí yo no sabía ni qué era "Windows" ni cómo poner las manos en el teclado! Ya el día veintiuno, como dicen que ocurre si se quieren afianzar nuevas costumbres, tragué saliva y dije "se acabó el llorar "pá dentro", si hay que escribir con un teclado y delante de una pantalla, se hace y, si se necesita ayuda, se pide", o sea, adaptarse o morir, porque estaba claro que, cuando el señor redactor jefe de la sección de Cultura y Espectáculos de ABC decía "escribe tres columnas para esta página, con entradilla y foto" no se refería a que sacase la pluma y el tintero...


Observando al personal, comprobé que cada uno escribía con su propio estilo, no en los textos, sino a la hora de mecanografiar; había quien reñía en velocidad y gracia con el mismísimo Chopin sobre el teclado; alguna redactora, muy sofisticada, cuya manicura daba a la redacción una musiquita particular; también el que escribía con un cigarro en una mano (aún se permitía fumar en muchos lugares de trabajo) y el teléfono en la otra y nadie cuestionaba si aquellos dedos se estaban moviendo con la cadencia adecuada, cumpliendo con la exigente partitura dactilográfica, que reserva un dedo para cada letra del teclado.

El que más me convenció, sin duda, fue un redactor, ya veterano, que tan pronto hacía una crónica del partido Madrid-Barça a velocidad del rayo, emulando al locutor radiofónico, como se marcaba una extensa entrevista, haciendo uso, únicamente, de sus dos dedos índices. ¡Maravilloso! -pensé-. Aquella técnica me parecía asequible para alguien lego en la mecanografía y, además, me recordaba a mi abuelo, quien desarrolló con cumplida solvencia su carrera como abogado, registrado todos los casos que defendió con una "Olivetti" y sus dos dedos índices.

De esta manera fue cómo, sin complejos por mi torpeza en lo informático y lo mecanográfico, aprendí a cumplir con mi trabajo como periodista. ¡Qué pedazo de satisfacción ver publicado un texto propio sobre papel de periódico y pensar que está en todos los kioscos del país! "Mira, abuelo, mi reportaje, hecho con dedos, como tú" (mi abuelo se tomó la molestia de ir recortando todos mis artículos de aquella época, tanto si era una doble página como una media columnita, y los iba guardando en una carpeta que hoy conservo yo como testimonio de aquellos maravillosos años de escritura de estilo dactilar libre...).


E introduciendo alguna variante a lo largo de los años, fui consiguiendo incorporar otros dedillos, como el anular y el meñique, muy útiles a la hora de escribir con un teclado de ordenador. Fui completando también mi aprendizaje sobre cuestiones informáticas para utilizar el dichoso "Word", en sus casi infinitas versiones, algún editor de imagen, exploración de archivos, navegación por Internet... Los básicos imprescindibles para todo lo que llegó ya en mi faceta docente, en la que cambié las entrevistas y reportajes por programaciones, memorias, adaptaciones curriculares... Pero ¡cuántas veces me acordé de aquellas amigas mías que, aplicadas y conscientes de que el futuro sería tecnológico, acudían a sus clases de mecanografía en el Casino de mi pueblo! Bueno, al final, conseguí salvar el tipo y ganarme incluso la vida tecleando.

Después del teclear para ganarme la vida, llegó el teclear para disfrutarla, para escribir por deleite y no por necesidad primaria. La revolución tecnológica de los últimos diez años nos ha convertido a todos, casi sin excepción, en usuarios de dispositivos electrónicos, "smartphones", ordenadores portátiles o tabletas, que dedicamos con fruición a la comunicación en redes sociales, en "blogs" y "web" (nótese que la invasión del inglés, más de Steve Jobs que don William, diría yo, es imparable y convivimos con su léxico con naturalidad e incluso desparpajo). Y, gracias a esta revolución global, me encuentro convertida hoy en aficionada a la escritura y las redes sociales, aun sin saber mecanografiar ni programar, con una pantalla de cinco pulgadas entre las manos, inventando o recreando historias para un blog de creación personal, aprovechando ratitos de aquí y de allá, sin necesidad de un gran despliegue de medios materiales, ¡y utilizando solo mis dedos pulgares! Tanto tiempo preocupada por una limitación que se ha convertido al final en habilidad, ja, ja, ja, así de paradójica es siempre la vida y no siempre tan compleja como solemos imaginarla, porque los avances tecnológicos han llegado para simplificar y acercarnos el futuro, para convertirnos a todos en usuarios digitales y comunicadores y consumidores de información. En cierto modo, hoy somos todos periodistas, miren ustedes por dónde, y todo gracias a Jobs y a lo que yo llamo desde hoy la "pulgrafía", o lo que es lo mismo la escritura con los pulgares, que, por si fuera poco, además de ser muy funcional en nuestra era táctil, resulta que ya hay estudios que demuestran que también aumenta nuestra actividad cerebral. Nada, que a este paso, en cien años, todos escritores y superdotados. :)



lunes, 26 de junio de 2017

Rubén Darío y el entierro de la sardina


No vamos a negar que el final de este curso ha resultado especialmente exigente, por el nivel de cansancio que se ha respirado entre alumnos y profesores, pero sobre todo por las altas temperaturas a las que nos hemos visto sometidos dentro de las aulas. ¡Qué asfixiante y angustioso estar a primera hora con la tiza derretida y las neuronas líquidas!

Menos mal que siempre nos queda la cafetería de Susana, para charlar y refrescar la amígdala (la de la garganta y la cerebral) y coger fuerzas para el remate final del día. Entre trago y trago de refresco helado, cuenta Nerea, nuestra profesora de Biología, lo mucho que le está gustando la experiencia docente. "Ah, qué cosas -apunto yo- si supieras que yo también empecé a estudiar ciencias biológicas... La asignatura más sugerente la botánica, sin duda".

-¿Cómo? ¿Nuestra profesora de Lengua hizo Biología? Algo no me cuadra... Cuéntame, que me intrigas...

De repente, se agolpan recuerdos difusos de otro final de curso, el de 1997, cuando empecé por segunda vez Ciencias Biológicas en la Universidad de Murcia. Hasta allí llegué guiada por la inmadurez, la inseguridad y la osadía de quien, a pesar de resistirse a los contenidos científico-matemáticos, decidió matricularse en un BUP y COU de ciencias, con el convencimiento de estar asegurándose un pasaporte directo al futuro y al éxito. En aquellos años 90 recuerdo que ya se nos vendía que las ciencias, el inglés y la informática eran los nombres del triunfo del nuevo siglo. Sin duda, aquello terminó convirtiéndose en verdad, aunque no en mi verdad.

Peleada con el galimatías de matrices, derivadas, integrales, fórmulas, enzimas y aminoácidos, llegué medio enloquecida y desbaratada a mi primer año de universidad. Conseguí el 5,9 en la selectividad que me permitía matricularme en Biología, aunque haga falta aclarar que este resultado, entre lo mediocre y pseudoaceptable, se debía a las calificaciones sobresalientes obtenidas en las materias troncales y obligatorias por aquel entonces, Lengua, Filosofía e Inglés. Sólo en aquella ocasión me sentí hermanada y favorecida por la aritmética, que permitió compensar mis deplorables resultados en las materias específicas, o sea en Matemáticas, Geología y Biología, en las que me estrellé con todas las letras.

"¿Qué hace una chica como yo en un sitio como este?", debí pensar el día en que me vi sentada en un hemiciclo junto a otros quinientos más, delante de la pizarra infinita de la clase de Estadística de 1° de Biología. Salía a tomar aire, o a boquear como un pez, a la puerta de aquella aula, con cara de haber asistido a una clase de arameo de nivel experto, con el alma abofeteada de numérica realidad, con una angustia indescriptible, como si me sintiese en medio de una pesadilla sin salida...

Anduve perdida en aquel escenario, engañándome a mí misma, engañando a mis padres, ocupando un pupitre y una plaza de laboratorio que no merecía ni deseaba; cada día tomaba más consciencia de aquella farsa y de mi ineptitud académica.

Acudía puntualmente a mis prácticas de Botánica o Zoología, con el falso "postureo" de querer ser como los frikis de la bata blanca que se flipaban con cada "visu" de hojas de árbol o rajando el vientre a una incauta sardina. Mirando esa cubeta blanca sobre la que andaba recostado con la tripa boca arriba el pobre pececillo azul, mi compañera debió adivinar que "la cara anchoa" de su izquierda estaba al borde de la náusea y casi la depresión.

Yo también lo supe ese mismo día. Ignoraba qué me tendría preparado el futuro, pero yo ya habría apostado la vida a que no iba a ser ni destripadora de sardinas ni feliz recogedora de hojas campestres. Para mí, el bucolismo era otra cosa...

Llegué a casa desolada. Vivía en un pisito de alquiler en Espinardo, el pueblo más cercano al campus universitario. Compartía la casa con otras dos compañeras, una estudiante brillante de Veterinaria y otra de Químicas, que entre números de laboratorio parecía andar el juego. Con aquel contexto, andaba más retraída mi poética espiritual ;)

Mi único remanso en aquellas horas bajas lo hallaba en casa de mi vecina de arriba, una muchacha de mi edad que vivía junto a sus padres y hermanos. Siempre me abrían las puertas de su casa con admirable hospitalidad y cariño. Ya en su dormitorio y cuarto de estudio, Arancha me relataba sus avatares en la Facultad de Letras. Estaba en su segundo año de Filología Hispánica y siempre hablaba con apasionamiento y orgullo de su carrera. Solía mostrarme algunos trabajos de materias como Psicolingüística o Lingüística Aplicada, de las que hablaba con verdadero interés y efusión, o bien me hablaba de sus clases de Literatura Hispanoamericana con el catedrático Victorino Polo; que si Machado, que si Rubén Darío, que si Lugones... Yo la miraba embobada, con envidia y tristeza de saber que yo no tenía nada de lo que poder hablar con entusiasmo ni con ligera profundidad. No me dejaba corroer del todo por aquel insano sentimiento porque cada tarde volvía a la casa de mi amiga Arancha a que me deleitase con sus versos y explicaciones sobre morfología y léxico, palabras entonces extrañísimas para mí.

"Oye, ¿tú crees que yo podría acompañarte un día a una de esas clases tuyas de Literatura? Quizá si pido permiso para entrar al profesor ese del que me hablas... (Comenté ingenua, sin caer en la cuenta de que, en la universidad pública, la asistencia a las clases es optativa y la entrada, libre").


Facultad de Letras, Universidad de Murcia


"Claro, Emilia, vente conmigo, que te va a encantar". Y allá que me fui con ella hasta el campus de la Merced, en el centro de Murcia, donde se encuentran las facultades de Derecho y Letras. Ya arreciaba el pesado calor murciano al final del segundo cuatrimestre del 97. Para los estudiantes se antojaba más apetecible y productivo pasar las horas en la biblioteca para preparar los finales. Con todo, aún había un grupo de valientes que se empeña en exprimir al máximo las clases, quizá también con la intención de preservar la imagen que el profesor tuviera de ellos. Nadie, además de Arancha, sabía quién era aquella chica nueva que apareció en la puerta de la clase de Hispanoamericana. No tenía por qué haberme identificado como extranjera académica, pero a mí me pareció correcto y prudente pedir permiso a aquel señor profesor, al que muchos alumnos tenían por hombre sabio y otros tantos por hombre severo e inaccesible. "Mire usted, soy menganita y estudio "cosas de sardinas", pero no me siento feliz. Veo que mi compañera, que es alumna de esta Facultad, viene contenta a escuchar lo que aquí cuentan, y pensé que si probaba a entrar igual a mí también me seducía y emocionaba el asunto. Y venía a preguntarle si puedo entrar hoy de oyente, aunque no esté matriculada...". Con un libro estrechado contra el cuerpo por sus manos, como muchas otras veces lo vi, me devolvió una leve sonrisa y me invitó a entrar.

No recuerdo con nitidez el contenido de aquella clase, si fueron los versos de Machado que el profesor Polo recitó con ocasión de alguna de sus anécdotas edificantes; si la referencia a una poeta que luego conocí, de nombre Sor Juana Inés, o el tono aparentemente distendido de la sesión, en la que el maestro interpelaba a los pupilos sobre distintas ideas poéticas... Yo salí de allí cautivada por la atmósfera. Miré a Arancha y le dije: "ahora, solo falta convencer a mis padres de que este es mi camino y que, como dijo el poeta, no hay más opción que andarlo para que sea definitivamente el mío".

En los días siguientes pude dar forma, a fuego lento, a mi nuevo proyecto. Una vez que tuve el apoyo familiar, solo quedaba pasar del todo la página y proceder al "entierro de mi sardina", un ritual que me permitiría cerrar una etapa, decir NO a lo que me había estado lastrando académica y emocionalmente y dar la bienvenida a mi nueva vida.

En este inexplorado mundo, que orbitaba en torno al aulario de la Merced, tuve la suerte de descubrir la hoja de ruta que me encaminaría al futuro. Conté con magníficos profesores que me enseñaron a descifrar el significado de las palabras, a analizar su estructura, a sentir su mensaje, la sintaxis del discurso y la poética y el arte del decir. José Perona, Jiménez Cano, Pilar Díez de Revenga, Mercedes Abad, Victorino Polo, Sánchez Rosillo o Vicente Cervera, entre otros muchos, son los profesores que fueron salpicando y enriqueciendo mi nuevo camino. Al último de ellos, a mi querido Vicente, creo que le debo mucho de mi modesta formación, pues fue con él con quien descubrí a Rubén Darío, en todas sus facetas, la preciosista y la íntima y "fatal"; su mirada "sentimental, sensible y sensitiva" y unos versos para mí definitivos y que siempre refiero a los alumnos confundidos: "Ama tu ritmo y ritma tus acciones, así como tus versos/ Eres un universo de universos y tu corazón, una fuente de canciones".



Por fin había descubierto mi ritmo, mi universo interior, y con él, las respuestas que tanto tiempo había estado buscando. Arancha fue mi primera guía; los maestros en Letras, los siguientes. Aún tuve una etapa de búsqueda después de terminar la Licenciatura; cuando muchos compañeros tomaron ya la decisión de opositar para ser profesores de Secundaria, yo quise reformularme profesionalmente y probé a formarme y trabajar como periodista. Aunque recuerdo con cariño aquellos años de redactora y reportera, debo reconocer que ahora que ando entregada a la docencia es cuando puedo decir bien alto "amo mi ritmo y ritmo mis acciones", porque ya encontré la fuente de donde brotan todas las canciones, la que da razón a mi vida.

Soy profesora porque un día tuve la valentía de quemar mi sardina y zambullirme en el universo de un tal Rubén Darío, que me raptó para siempre entre los versos de una hermosa Sonatina. Animo a todos los estudiantes que se sientan desorientados o desmotivados a que no dejen de buscar su ritmo, su melodía interior, pues ella será la que les conduzca a la legendaria fuente de las canciones.

miércoles, 21 de junio de 2017

Queridos graduados, el futuro es vuestro...

 21 de junio de 2017
Queridos alumnos:
Muchas veces me habéis preguntado cómo era yo a vuestra edad. Pues, dejadme que os cuente… Un recuerdo regresa. Barcelona y Sevilla fueron las ciudades protagonistas de aquel año 1992, en que yo tenía vuestra misma edad; y lo fueron porque, como os habrán contado, España fue sede de los Juegos Olímpicos y de la Exposición Universal. Con quince años, yo pertenecía, sin ser consciente de ello, a una generación que representaba los anhelos de modernidad de nuestro país. A los ojos de nuestros padres y abuelos, nosotros, los que nacimos después de la dictadura, simbolizábamos el cambio en todos los sentidos. En esos “dorados años 90”, los quinceañeros apenas nos diferenciábamos de vosotros, creedme. Bueno, salvo por unas cuestiones de estética y técnica, porque nuestro “look” era más convencional y porque, hace veinticinco años, ni soñábamos con teléfonos móviles ni con la posibilidad de “navegar” por el ciberespacio (si pudiera viajar en el tiempo y contarme a mí misma algo sobre Internet, me tacharía de majadera, seguro).

Éramos modernos por estudiar en centros públicos mixtos, por tener cada vez mayor acceso a la universidad, viajar (los más afortunados) a estudiar inglés al extranjero, ir a campamentos de verano… y ¡tener un reproductor de CD en casa! Todo un lujo para muchos, no creáis. Ahora, en pleno 2017, todo eso se da por sentado; cada día que pasa se moderniza el día anterior. Vivimos en “digital”, en una versión 2.0 que además de enredarnos en lo social nos lanza al vacío virtual. Yo crecí en analógico, cuando la game boy y loswalky-talkies profetizaban los tiempos modernos que estaban por llegar.
Lo que quería contaros sobre aquel año 92 era que yo estudiaba el equivalente a vuestro 4º de la ESO (equivalente sólo en edad, porque a mí me quedaba aún un año para completar la etapa de estudios de Bachiller). No era precisamente una alumna ejemplar y no sabía muy bien por qué caminos quería que transitara mi vida. Tampoco me preocupaba. Me sentía rebelde y adolescente, aun sin whatsapp ni Instagram ni Facebook. Las cosas se vivían más cara a cara; ¡madre mía, si hubiera tenido un móvil con conexión a internet por aquel entonces…! Todo habría sido, si cabe, más divertido. La perdición para muchos.
Ojalá hubiera tenido la suerte de ser entonces un poco como vosotros: ser jóvenes, con los cinco sentidos bien atentos, siempre dispuestos a escuchar, con las mentes puestas no sólo en el presente, sino también en el futuro, con toda la información en un click… Sí que es verdad que hay aspectos de los jóvenes de ahora que han hecho que algunos os etiqueten como la “generación malcriada y materialista”, acostumbrada a poseer y poseer, sin apenas esfuerzo o sin ninguno. Dicen algunos que sois los hijos de aquellos jóvenes “post-dictadura”, que quisieron educar al revés que fueron educados, sin restricciones, desde el “colegueo”, dando a sus hijos todo cuanto demandaran. Los estudiosos en esto de la educación creen que a ESTOS PADRES se les terminó metiendo en casa el enemigo y terminaron por crear pequeños “monstruos” caprichosos y sin valores; suele justificarse con este argumento la pérdida de respeto que se ha impuesto hoy frente a la autoridad paterna o al maestro.
A los de nuestra generación, la primera que vivía en democracia el despertar económico y social de España, se nos dijo que para triunfar y ser alguien de provecho debíamos saber mucho de ordenadores, hablar inglés e ir a la Universidad. En 2017 ya se ha alcanzado el hito: tenemos unos jóvenes adolescentes bilingües (y más), convertidos en la primera generación con la competencia digital de serie. ¿Qué “future challenge” se plantea para vosotros? Pues, mirad, creo que el gran reto que se os avecina, ahora que tenéis todos los canales de comunicación abiertos y a vuestra disposición, es llenaros de contenido, de ideas y palabras con las que expresaros e intentar hacerlo juiciosamente; es decir, el reto es que con el esfuerzo de vuestros padres, con el nuestro como profes y con vuestra inteligencia, consigamos que aflore en estas cabecitas un criterio propio, una manera de mirar y valorar el mundo, para que nadie pueda engañaros con los estereotipos publicitarios ni las tiranías consumistas, para que podáis elegir vuestra ideología, estética y ética, sin imposiciones ni intereses particulares. No es fácil; pero tampoco imposible. Si lo conseguimos, habremos reclutado para nuestra sociedad individuos auténticos, independientes, con valores, sin trampa ni cartón. Y creo que precisamente eso es lo que le hace falta a nuestro mundo. Personas sensibles y concienciadas que entiendan que el bienestar de uno depende del bienestar de todos; que antes del yo está el nosotros; que el egoísmo y el materialismo voraz no nos hará prosperar como especie.


A pesar de vuestras muchas cualidades, no sois perfectos (nadie lo es), pero dais sentido al trabajo que se hace en vuestro instituto, donde, no vamos a negarlo, a veces las cosas no son siempre fáciles de sobrellevar. Nos acecha el desaliento y el cansancio, sobre todo frente a quienes se empeñan en taparse los oídos e ignorarnos. No es muy gratificante sentir que se predica en el desierto. Y, sí es verdad, algún que otro chaval caprichoso y consentido encontramos al otro lado. No pasa nada; no nos rasguemos las vestiduras, sólo es consecuencia del contexto que le ha visto crecer.

Decía al principio que en 1992 yo no sabía qué quería ser de mayor ni imaginaba que cinco años después, en 1997, estaría matriculándome en Filología Hispánica. No me guiaba todavía el deseo de ser profesora, como les sucedía a otros compañeros de promoción, pero ya había descubierto qué era lo que me hacía sentir bien y me motivada: el estudio de nuestra lengua española.




Quién me iba a decir que sólo dos años después estarían viniendo al mundo ¡los bebés que se convertirían después en mis alumnos. ¡Qué vértigo da ver que lo que para mí es un breve intermedio en el transcurso del tiempo para vosotros es toda una vida!! Desde que inicié mis estudios universitarios hasta ahora, han transcurrido los momentos más importantes de mi vida, en el ámbito académico, profesional y personal. En este tiempo, vosotros os habéis convertido en lo que sois, unos jóvenes excepcionales con un hermoso libro en blanco por escribir. En algo habrán contribuido vuestros padres; estad seguros de ello. Dejad que os sigan indicando el camino correcto durante algunos años más; el vuelo en solitario os tocará levantarlo cuando ya hayáis descubierto vuestro rumbo y sepáis qué cielos y sueños queréis perseguir con vuestras alas…



El mensaje final es en realidad un principio: seguid siendo así, creed en vosotros mismos, y trabajad mucho, porque, de verdad, algo que sí he aprendido es que los triunfos en la vida no son gratuitos. Sólo quien se esfuerza llega a la meta. Y durante la carrera no olvidéis uno de los lemas que nos ha acompañado estos años en Literatura: Carpe diem; tempus fugit (“Aprovecha el momento; el tiempo se escapa”). Si os caéis, levantaos; pero no os quedéis por el camino.



Como profesora, he sido muy afortunada por haber podido compartir este año con muchos de vosotros; por haberos tenido como alumnos. Si tenía alguna duda acerca de esto de ser “maestra”, de momento, la habéis disipado. Después de haberos conocido, quiero seguir siendo lo que soy ahora, aprendiz de profesora. Gracias por haber desmentido las leyendas urbanas que circulan acerca de los adolescentes. Sé que “hay perversos adolescentes” sueltos por el mundo, pero ahora también sé que quiero seguir en este barco para intentar cambiar la dirección de su vuelo.
Por último, sólo me queda recordaros que siempre llevéis en vuestra “mochila del viaje de la vida” una buena dosis de buen humor, otra de tesón y energía y reservas suficientes de constancia para el largo camino. ¡Buen viaje!

miércoles, 7 de junio de 2017

Tiranas heridas


Aún me pesa en el alma el dolor de aquellas heridas. Con el verano, volvía el suplicio del calor en mi tierra, a orillas del mar o del infierno, según se vea, momento inexcusable para el bañador, que los bikinis no eran por entonces tendencia... Yo me lo ponía, no quedaba otra, aunque luego anduviera siempre con una camiseta amplia puesta o la toalla envuelta, tapando, siempre tapando. 

Detestaba mirarme en el espejo... ¿Cómo iba a dejar que las chicas con las que salía me vieran y supieran que no era como ellas, que juzgasen implacables mi talla, mi redondez, mi inseguridad bajo aquella tirana y escueta licra? ¿Y los chicos? ¡Qué más daba! Ellos no miraban ni escuchaban a la que se ocultaba tras la toalla y la sonrisa a medio dibujar.

Fueron los años en los que empecé a salir por la noche. Ya podía sacudirme la arena de la playa, lanzar el bañador del demonio contra las cuerdas y volver a esconderme, ahora tras la ropa. "No puedes ir en verano con esos vaqueros. Te va a dar algo, niña. Mira a tus amigas...". Tengo que ser un poco como ellas, para sentir que me aceptan, y para conseguir que ellos también reparen en mí. Me pongo una falda, larga, estilo hippy, como las que estaban de moda. Son anchas, disimulan, ya no voy con mi pantalón de pata recta talla "casi 48". Camino casi feliz, bordeando el mar, de camino al encuentro con la pandilla. No me gusta del todo aquel disfraz casi hawaiano; no me siento cómoda bajo la tela, aunque me agrada la idea de ser chica de las que parecen chicas, que mi abuela ya me dice que hay que ponerse faldas y zapatos con un poquito de tacón para parecer una mujercita... 

Pero, en mi caso algo falla, a mí me rozan las piernas, al principio no es más que un incómodo encontronazo entre los muslos por su cara B; en un "anda que andarás", el roce se intensifica, aumenta la molestia, un leve escozor que termina por abrasarme por efecto del calor y del sudor. La piel termina levantándose, furia extrema, y comienza a hacer la herida. Una vez que he llegado al encuentro con mis amigos, se me ha terminado de torcer la sonrisa. Me duele y me seguirá doliendo el resto de la noche. Al regresar a casa, descubriré al desvestirme dos enormes heridas en la cara interna de mis piernas. Me arde la piel, grita mi amor propio. Regreso de mi guerra con la carne abierta y el corazón en guardia, rígido, también dolido... En dos días se irá formando una costra sobre aquella herida, que volverá a rozarme al contacto con mi pantalón vaquero...

No fui una niña gorda, aunque apuntaba maneras. Me gustaba comer, sobre todo dulces. No había tanta conciencia entonces sobre la salud alimentaria o la necesidad de practicar deportes. Hace veinticinco años, estar entraditos en kilos era síntoma de estar bien alimentado. Y debo decir que yo lo estaba, pero no había cosa que me gustara más que comprar bollos, que ahora llamamos industriales, siempre a escondidas, dejándolos a deber a la tendera del ultramarinos del pueblo; mi madre no debía enterarse de que las rosquillas con quesitos que ella me ponía para el recreo me sabían a poco y que antes de sus lentejas me recreaba con los croisánt rellenos de chocolate de la tienda de abajo...

Aunque en casa tomaban como una cuestión importante la buena alimentación, tampoco se me machacó en exceso con el tema de los kilos y las tallas. No se me reprendió más de lo razonable por comer chocolate ni se me impuso ningún tipo de dieta. Era una niña y estaba creciendo. Esas dos mismas razones son las que defendió mi madre para convencerme de que, con once o doce años, no debía ponerme determinadas prendas. Era impropio que una niña llevase faldas por encima de las rodillas, con medias y taconcito, para aparentar y jugar a ser mujer. Así que, aunque a mí me llamaba la atención que algunas amigas vistiesen con volantes, tuve que conformarme con los pantalones y jerseys o el chándal para ir al colegio. A regañadientes, pero en el fondo aliviada porque empezaba a darme cuenta de que, conforme iba aumentanando de peso y edad, me apetecía menos exponerme a los demás más de lo necesario. Por esto y porque mi abuela seguía insistiendo en que debía empezar a ponerme faldas y zapatos finos, yo terminé por reafirmarme en otro estilo a la hora de vestir. En un gesto de rebeldía, que en su trasfondo escondía también mucha frustración por no sentirme identificada con la tendencia dominante, quise tener mis primeros vaqueros elásticos, algunos rotos, camisas holgadas y originales, con un toque inevitablemente masculino, puesto que los estilos en la moda estaban por entonces muy estereotipados y las camisas de cuadros eran rectas y amplias, sin pinzas, y se compraban en la sección de chicos. 

Creía haber encontrado la ropa con la que me sentía a gusto, conforme, para, al final, terminar rindiéndome a la evidencia de que yo seguía sin ser el tipo de chica que "molaba" tener como amiga ni aquella en la que se fijaban los chicos. Y eso que la publicidad no era todavía tan voraz ni estábamos sometidos aún a la sobreexposición a la que nos abocan internet y las redes sociales.

Queriendo ser aceptada, terminaba siempre cayendo en la trampa, en el convencionalismo por el que, históricamente, la mujer se significa como tal a través de sus prendas de vestir (tacones, faldas, medias), su maquillaje y su peinado, aderezado todo con las poses 100% femeninas que terminan definiendo su condición. 

Casi siempre en verano, volvía a arrinconar mis tejanos de chicote para atreverme con la falda, con la que me sentía insegura y ridícula, no tanto por verme gorda, sino porque esa indumentaria no se correspondía con mi manera de ser adolescente. Con aquel cambio de look forzoso terminaba traicionando mi verdadera esencia y estilo. No importaba. Había que cumplir con el canon, a toda costa, aunque bajo aquella tela vaporosa terminara sintiendo la herida abierta y sangrante tras el roce de mis muslos carnosos. Alguien me aconsejó que antes de salir me pusiese polvos de talco para suavizar la piel e impedir que se irritase. La que al final acababa el día con el alma escamada era yo, entre el dolor y la pena.

Había enterrado en el olvido estas imágenes. Hace apenas unas semanas, cuando empezó a hacer calor, vinieron de nuevo a mi cabeza. Y es que, caminando por los pasillos del instituto, empezaron a dejarse ver todas las muchachas con sus pantaloncitos cortos, cortísimos, exiguos hasta decir basta... Y más allá de que yo piense que deberíamos darles un repaso sobre la importancia de la adecuación, tanto en el vestir como en el hablar, en razón al contexto (a una entrevista de trabajo no se debe ir en "shorts" ni a la piscina con traje y corbata), lo que verdaderamente me enfada es ver a bastantes chicas adolescentes que, como yo, tienen sobrepeso y que intuyo que andan bajas de autoestima, enfundadas en pantalones ridículamente reducidos que, según creen, las ponen en la primera fila del frente femenino. 

Piensan, ingenuas, que luciendo muslos consiguen igualarse a las demás y cumplir con la tendencia generalizada en las tiendas y promovida por las marcas de referencia y las influencers de turno. Aunque rocen las piernas y duela, aunque en el fondo muchas no se sientan realmente ellas mismas, aunque en el silencio de sus corazones sigan sintiéndose maltratadas por la implacable tiranía de las tallas y el culto a la imagen social...

No digo yo que una chica gordita no deba ponerse un pantaloncito porque le quede mal; digo que es tremendo que lo haga no por deseo y expresión de libertad y desenfado, sino por imposición del consumismo más salvaje. Si quiero ser y estar en este mundo, tendré que ser y aparentar como dicta este mundo de escaparate continuo, aunque yo no me reconozca en el espejo al verme a diario enseñando hasta las ingles y a pesar de las heridas que me pueda llevar para siempre en la piel o en el alma.

-Profe, de verdad, es horrible, se me pegan los muslos a la silla.

-¿No será que falta tela en tu pantalón que te proteja?

(Risas).

Se me acercan varias chicas. "De verdad, profe, los llevamos porque en las tiendas no hay muchas más opciones. No hay otra cosa".

¿Es la moda expresión de tu gusto estético y tu libertad? "No". Y encima ¿me dices que eres consciente de que no hay donde elegir, que os están obligando a consumir ese estilo? Hay que rebelarse contra los cánones que nos encasillan y cosifican. Si se empeñan las marcas en que todas debemos llevar "megashorts" y enseñar cachete desde tierna edad... Mala cosa, porque no es fruto de una libre elección, sino una imposición del consumismo y los mercados... Chicas, sois grandes e irrepetibles, independientemente de cuantos centímetros de piel enseñéis. No hay que esconderse ni ir con traje de neopreno, pero tampoco "ir como todas". Sois únicas. Elegid vuestro estilo. Sed vosotras mismas, siempre.