miércoles, 23 de mayo de 2018

Mis musas, las maestras




No sé qué me pasa últimamente, pero no me siento muy motivada, así en líneas generales y, más particularmente, a la hora de escribir. No me quiero dejar arrastrar, aunque siempre se ha dicho que la creatividad es una cuestión de inspiración, ¿dónde estáis musas, que me tenéis abandonada? Nada me mueve y la sensación me deja con el corazón estancado. Quizá, si pusiera más interés por la actualidad informativa y viese el telediario de vez en cuando, podría llegar a sentir indignación ante la desvergüenza de muchos de los personajes del panorama social y político, alentándose desde mis entrañas un fogonazo contestatario que termine por despertarme ya de este sopor existencial mío.

Veo que mi compañera de trabajo, muy querida y admirada por otra parte, luce en su mochila de profesora un pin con la bandera de la República española. Raquel celebra su cumpleaños  este sábado, día 14 de abril, orgullosa de soplar velas el mismo día en que se conmemora la proclamación de la II República Española. Mi amiga se considera una firme defensora de que nuestro país se transforme radicalmente e instaure la tercera y definitiva república que, según ella, nos proporcione un sistema verdaderamente democrático, en el que prevalezca la justicia, la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley que debe ampararnos, más allá de nuestras diferencias culturales, religiosas, ideológicas o económicas.

La escucho con mucha admiración, porque veo que sabe mucho y muestra conciencia política y social. Yo, que pertenezco a la generación postfranquista y nací un año antes de que se firmase la Constitución Española, crecí escuchando en casa lo bueno que había sido nuestro anterior rey, Juan Carlos I; todo eran elogios a la hora de valorar su papel institucional en la denominada Transición, pues, según nos han contado, supo conciliar posturas, dar cabida en el  nuevo escenario democrático a todas las posiciones políticas, incluso a las que durante décadas tuvieron que vivir en el exilio y fueron perseguidas en razón al color de su bandera.

Me declaro muy ignorante en muchos aspectos relacionados con la historia reciente de España. Quizá lo sea porque en los años que tuve que estudiarla había muchos temas que seguían tratándose de manera muy edulcorada, y a veces sectaria, pero también por cierta dejadez . Creo que mi actitud habría sido bien distinta si la vida me hubiera puesto en el aprieto de tener que sufrir en mis propias carnes las consecuencias de las injusticias, del reparto desigual de las riquezas, que encumbra a una minoría y arrincona a tantos, esposándolos a una realidad socioeconómica en muchos casos insostenible. La tibieza de pensamiento se tornaría indignación, furia interna incontrolable, si hubiera sentido que mis derechos y libertades han sido quebrantados por algún grupo de poder, ya sea el Estado o por parte de los llamados poderes fácticos…



He leído algunos textos sobre la II República. Creo que entiendo, en líneas generales, cuál fue el propósito republicano después del reinado de Alfonso XIII y la dictadura de Primo de Rivera. Reconozco, sin embargo, que me he perdido en la maraña de acontecimientos políticos que se sucedieron en los dos bienios que abarcó la segunda República “en paz”, entre republicanos-socialistas, el partido republicano radical, la Confederación Española de Derechas Autónomas, la Revolución de 1934, que representó la insurrección anarquista y socialista y el posterior Frente Popular, que, tras las elecciones generales de 1936, solo pudo gobernar cinco meses, hasta que el 18 de julio de ese mismo año tuvo lugar el golpe de Estado por una parte del ejército que desembocó en la guerra civil española. Por no hablar de la llamada segunda República en guerra, de 1936 a 1939.

Llegados a este punto me doy cuenta de que no es nada fácil bucear en el pasado y comprender las razones y sinrazones que conducen a un país a una guerra. Creo, de hecho, que fue entonces, en aquellos tres años terribles, donde terminaron de forjarse, a fuego lento y ensañado, las etiquetas, los colores, los prejuicios que han mantenido enfrentados a los ciudadanos de este país: rojo, morado, azul, fascista, comunista, franquista, derechas, izquierdas, y otras heredadas, marxistas, leninistas, anarquistas… No quiero ni entrar a descrifrar qué significa ser una cosa o la otra. Yo he terminado convirtiéndome en una mujer adulta, con cierta instrucción, del siglo XXI, sin el resguardo de ninguno de esos paraguas, aunque quizá sí a la sombra del que eligió mi familia para significarse políticamente. Mis padres, que vivieron la represión franquista y estudiaron Geografía e Historia en los últimos años de la dictadura, se declararon siempre firmes defensores de la democracia y de la Monarquía constitucional que se instauró con Juan Carlos I y continua, de momento, con Felipe VI…

Pero quiero pensar que el concepto de República tiene mucho más calado y trasciende las banderas y la cuestión política e institucional (tendré que seguir madurando en este sentido mis posiciones como ciudadana comprometida que aspiro a ser). Porque yo miro a Raquel, observo su trato con los alumnos, escucho sus opiniones sobre lo que debe ser la escuela y su análisis de la realidad educativa y veo en ella a una mujer comprometida con su trabajo, que está convencida de que la educación debe ser pública, de todos para todos, porque todos tenemos los mismos derechos, porque la educación es un derecho, y veo que ella, como otros tantos compañeros a los que me honra haber conocido, ofrece lo mejor de sí misma al alumno pobre, al rico, al que tiene dificultades en el aprendizaje y al que se le desborda el intelecto, a la chica peleona que despotrica contra todo, a la muchacha del pañuelo, al chaval de trato amable y al que osa, desde la más supina ignorancia, cuestionar la calidad de un texto de García Lorca. Me gusta su espíritu crítico y me encanta escucharla hablar de cuestiones muy candentes y actuales, como el feminismo. No sé si comparto todo cuanto ella defiende, pero sí sé que contar con ella, con su visión del mundo, de la vida, de la educación, de la literatura, resulta del todo estimulante y enriquecedor.

Y como ando en este momento vital tan confuso y no daba con el aire que quería darle a este texto, pensé que sería buena idea comentarle a Raquel que tenía que preparar para mi próxima reunión de Empiñadas algo relacionado con la República. Le estuve hablando de que tenía en la cabeza hablaros de las Sinsombrero, nombre con el que se conoce a la generación de mujeres pintoras, poetas, novelistas, ilustradoras, escultoras y pensadoras, que a través de su arte y activismo desafiaron y cambiaron las normas sociales y culturales de la España de los años 20 y 30: Teresa León, Ernestina de Champourcín, María Zambrano, Rosa Chacel, Maruja Mallo, nombres silenciados de la historia oficial de la generación del 27, entre muchos otros… y pensé en ellas porque hacerlo significaba querer entender su contexto histórico, que abarca los años de la dictadura de Primo de Rivera, la República y la guerra civil.

Aunque a Raquel creo que le pareció interesante la idea, sobre todo porque los profesores de Lengua y Literatura llevamos años queriendo reivindicar los nombres de todas estas mujeres como legítimas representantes de la clase intelectual española de aquel momento, me sugirió un tema si cabe más oportuno. ¿Por qué no hablas de las maestras de la República? Así podrías mostrar qué representaron las ideas republicanas para la educación…

Aunque los entresijos políticos e históricos que sustentaron la República me hayan resultado difíciles de asimilar, así en una primera lectura, mi compañera me hizo ver que había una cuestión mucho más próxima a mí y que, sin lugar a dudas, constituye el punto de partida para cualquier propuesta ideológica que pretenda enarbolar la bandera de la libertad y la igualdad entre las personas. 


Uno de los grandes compromisos sociales de la democracia de la Segunda República fue la educación, pues solo acercando el saber y la cultura a todos los ciudadanos sería posible asegurar una sociedad libre e igualitaria, con criterio para elegir su destino desde el mismísimo conocimiento de causa. El objetivo era configurar el estado docente, que llevaría la enseñanza a los rincones más remotos del país para construir una sociedad más justa, equitativa y solidaria.

Las maestras de la República, o sencillamente republicanas, tuvieron un papel principal en este propósito, pues participaron de forma comprometida y valiente en su desarrollo material. En aquellos años 30, estas profesionales representaban el modelo de mujeres modernas e independientes. Ellas serían las responsables, en buena medida, de la construcción y difusión de la nueva identidad ciudadana, al educar a su alumnado en los valores de igualdad, libertad y solidaridad, tanto a través de la transmisión en los contenidos en las aulas como, sobre todo, con su ejemplo personal. Algo que nos suena ahora a rabiosa actualidad, al colmo de la reivindicación de la educación en valores, fue ya una realidad hace más de setenta años. Estuvimos en el camino de convertirnos ya, a comienzos del siglo XX, en la sociedad moderna en la que aún hoy aspiramos a convertirnos.

Estas maestras trabajaron con denuedo en las aulas de todo el país desde el más absoluto compromiso con la igualdad social y de género. Como nos cuentan en el documental que se les ha dedicado y que os recomiendo, fueron conscientes de que cada paso que daban representaba el dibujo del camino por el cual otras transitarían". Se embarcaron en los viajes de estudios, participaron en las Misiones pedagógicas, ocuparon puestos de dirección en los colegios y formaron parte de organizaciones sindicales, políticas y asociaciones feministas y ciudadanas. Fueron pioneras en diversos procesos de innovación y prácticas pedagógicas que abrían las aulas a una metodología activa y participativa. Sentaron las bases de una propuesta educativa que actualmente consideraríamos del todo revolucionaria y que, en caso de que nuestro sistema de enseñanza la incorporase, nos conduciría, casi con toda seguridad, a un éxito rotundo en materia de educación. Ríase usted de Finlandia.

Porque creían en la igualdad derribaron los muros que separaban a los alumnos y alumnas, apostando por la enseñanza mixta y laica, pues creyeron que así era posible compartir intereses y conocimientos desde la igualdad, dejando de lado los condicionamientos sociales, culturales o religiosos. 

Este ambicioso proyecto pedagógico quedó interrumpido tras la guerra civil, con la represión ejercida por el bando vencedor sobre el ejercicio del magisterio por parte de estas maestras. Se intentó acabar con ellas tanto física como simbólicamente, persiguiendo los valores de igualdad y autonomía que representaban.  Además, con el franquismo, se produjo una intolerable injerencia del Estado y la Iglesia en lo referente a la enseñanza, con el consiguiente menoscabo en el ejercicio de la función pública docente. Durante la dictadura, no ejercieron el magisterio los mejores profesionales, sino aquellos, a veces de dudosa preparación, elegidos por su afección al nacionalcatolicismo.

Afortunadamente, en los últimos cuarenta años mucho han cambiado las cosas en materia de educación. Hay, sin embargo, diversos aspectos que precisan de una profunda transformación, sobre todo en lo referido a la metodología y la cuestión pedagógica, pues todavía en nuestro siglo se sigue pretendiendo que todos los estudiantes respondan a un único perfil académico, a un canon a veces inalcanzable. La atención a la diversidad conforma un capítulo cada vez más importante para quienes legislan; lo mismo ocurre con el apartado referido a la educación en valores. No podría ser de otra manera, pues una sociedad moderna y plural como la nuestra debe velar por que cada uno de quienes la conforman tenga acceso a una educación que le permita convertirse, en condiciones de igualdad y libertad, en ciudadanos activos y participativos en la vida social, económica y política de nuestro país.

Somos muchos los profesores comprometidos con este objetivo, doy fe de ello, pero hay unos pocos que parecen traer el testigo de quienes, en otro tiempo, defendieron ya los mismos ideales. Mi compañera y amiga Raquel es una de estas maestras de hoy que trabajan para reivindicar el derecho a una educación pública que garantice los principios de igualdad y libertad, pues solo de esta manera podremos decir que vivimos en una verdadera democracia. Ella y las maestras de la República han terminado por convertirse en mis musas; han venido a despertarme de mi sopor, a darme un nuevo contenido y ganas renovadas para ilusionarme con lo que de verdad me mueve e ilusiona, ser maestra, y por lo que parece, republicana.

martes, 1 de mayo de 2018

Tristeza de otras vidas

Orfeo y Eurídice

Me traen tus ojos tristeza de otras vidas,
Huelen a hierba cansada de ocre y lluvia.
Dibujas con el lápiz de la negrura
la leve sonrisa que apenas sonríe.

Me sabe a ceniza tu piel enjugada,
a fruta demasiado madura la lágrima
que te atraviesa e ignora el camino de vuelta a la herida.

Me inunda de hastío recibir tu mirada,
Me llega tu amor secuestrado
que a un tiempo me seduce y me mata.

Yo no sé qué secreto encierran tus cejas, arco y sombra
de un sueño antaño irisado,
convertido hoy en párpado crepuscular
donde duerme y te acuna
quien sin sueño
llora contigo la negra amargura.

Vuelva a ti la luz,
Sal ya de ese extraño mundo;
sigue las notas de mi voz y mis pasos;
dormirán a tus furias
y te salvarán de la bestia
y de la insondable oscuridad.





domingo, 1 de abril de 2018

El abrazo eterno


Hay órbitas destinadas a esquivar el repetido camino, el previsible horizonte elíptico que nos acerca y aleja del sol, que nos obliga a consumir inviernos soñando con otras estrellas.

Se cansó de girar con los ojos cerrados. Venus detuvo sus pasos y esperó al guerrero, el del corazón de fuego y la mirada encendida. Un mundo los separaba, cielos inmensos, aguas hechas de tiempo ya ido, selvas inexploradas de silencio convertido en desierto.

A Marte no le importó. Dio tres pasos al frente y se olvidó del camino. Desde allí, la miró traspasando un planeta entero, con los brazos llenos de amor. Aprendió a respirar, a caminar, a nadar, para recorrer la oscuridad y encontrarse con la tintineante luz que impaciente lo espera.

Dicen que se alinean cada mil años la diosa y el guerrero, que se funden más allá de la Tierra que los separa, hasta dejarse sin aire. Palpita el corazón bajo la curvatura de su pecho y siente el de él arderle por dentro. 

Retumba desde entonces el eterno abrazo
que hizo tambalearse al universo entero.

lunes, 29 de enero de 2018

Cuando el Homo dejó de ser sapiens. #DíaDeLaPaz


30 de enero de 2018

La violencia es a veces silenciosa y consigue enraizarse allá donde nadie la espera ni desea jamás. Se impregna maliciosamente en el lenguaje, en los gestos y miradas de nuestros jóvenes, los mismos que un día tomarán el testigo y tendrán que velar por  nuestro futuro, por nuestra evolución...

“¿Os acordáis de mi primera clase? En ella os explicaba cómo y por qué aparece el lenguaje humano; la capacidad lingüística surge como consecuencia de la inteligencia. Hasta que los primeros homínidos no contaron con un cerebro lo suficientemente desarrollado no apareció el lenguaje, la posibilidad de comunicarse con otros miembros de la especie a través de la palabra. La comunicación humana ha ido perfeccionándose desde entonces a medida que los individuos y las sociedades que estos han constituido han evolucionado. Así que nuestra lengua, la que estudiamos en esta clase, es espejo de nuestra inteligencia, de manera que es preciso y necesario cuidarla y formarnos en su correcto uso, pues ella nos permitirá dar forma lingüística a nuestro pensamiento y será el vehículo de entendimiento con otros. Esa debería siempre ser el arma para resolver cualquier desencuentro”.

“Por otra parte, pensad que en esas primeras etapas de la vida del hombre, cuando ya se le puede llamar “Homo sapiens”, y en las que no existían las naciones ni las banderas ni las religiones ni las lenguas, si me apuráis igual ni los nombres, no había etiquetas. La vida giraba en torno a un objetivo común, subsistir como especie, no sucumbir a los avatares del ciclo natural del planeta, no desaparecer. Habría disputas, no lo dudo, pero por cuestiones relacionadas con el mantenimiento del “ciclo sin fin”, la cadena trófica.

El hombre descubrió el fuego, inventó la rueda y comprendió las inmensas posibilidades que para él había en el mundo. Durante miles de años nos hemos diversificado, hemos evolucionado y afortunadamente hemos alcanzado cotas insospechadas de desarrollo que nos alejan de las cavernas. O no.

Se nos ha olvidado que seguimos formando parte de la misma especie, que deberíamos estar velando por asegurar nuestra pervivencia en el planeta. En la era de las comunicaciones globales, la palabra, el lenguaje humano, no parece ser muy útil para asegurar la convivencia entre los pueblos. Se ha abandonado el objetivo común; cada pueblo, el pequeño en el que vivo y la nación más lejana, busca su propio interés, sea del tipo que sea. Levantamos banderas; apelamos a la lengua, a la religión, al dinero (por tenerlo o por carecer de él). Las guerras del pasado parece que no han servido para aprender que hay caminos que es mejor no transitar. Tal es la soberbia humana que hemos terminado por olvidar que somos caducos, que nadie se va de este mundo con riquezas ni ideologías, pero que sí deberíamos preocuparnos por dejar un lugar habitable para las generaciones venideras.


Así que, chicos, yo no sé de política ni de Historia, pero repasando todo lo que os he contado, quizá deberíamos pensar en “involucionar” un poco, volver a los orígenes, a cuando no había banderas, países ni lenguas para recuperar la consciencia y ver cuál debe ser el objetivo de nuestra especie: sobrevivir. Yo estoy por hacerme “Homo sapiens”, mirad lo que os digo”. Cuando por fin he terminado de hablar (me han escuchado atentos y lo he agradecido), la más habladora del grupo ha puesto la guinda, justo antes de sonar el timbre, con un “pues yo también me hago Homo Sapiens de esos, profe”.

viernes, 24 de noviembre de 2017

La lágrima en el beso

Dibujo de Gloria Gallego

Se me ha caído un beso
delante de tu boca;
me tembló el pulso y la sonrisa
y, justo cuando tendría que haber
fruncido los labios
para silenciarte y envolverte,
me interrumpió una palabra
que me vino de dentro,
para nombrarte y pedirte un pañuelo.
La muy inoportuna se me adelantó
para secar la náufraga lágrima
de mi pobre y espachurrado beso.

jueves, 2 de noviembre de 2017

La redondez del mundo


En la cóncava caricia de tu mano en mi pecho cabe la redondez del mundo,
toda su luz,
la inmensa noche
y el trémulo gesto
que mágicamente nos une,
como la gravedad que me clava al suelo.

Se expande el universo
en este breve espacio
para acercar los cuerpos,
diluir las almas
y lanzarnos así al cielo.

miércoles, 25 de octubre de 2017

Sueño en ocre

Dibujo realizado con la técnica Sumi-e por Elena Margarita

Caes en suave balanceo, trémula, insegura, como quien no quiere llegar ni posarse.
La rama es ya solo una evocación; queda lejos ahora su savia y cobijo; atrás, los cálidos días de reunión en torno al cielo.

Surcas la llovizna de esta tarde de octubre,
Te capitanea la brisa racheada, empeñada en evitar tu descenso. Te me escapas airosa, huidiza, pues tampoco tú quieres tocar el suelo.

Ven al lecho y descansa, que ya volverán las primaveras. Sueña en verde, que despierta tu alma de hoja; duérmete en mi ocre, que calienta los cuerpos y los reposa.

Dibujo realizado con la técnica Sumi-e por Rosa Espín

lunes, 23 de octubre de 2017

A la sombra de tu nariz

Ilustración de Gloria Gallego

A la sombra de tu nariz

Podría dormir recostada en tu sonrisa,
Acurrucada sobre el lado del corazón y, así, desde allí, ver el mundo a la sombra de tu nariz.

Sería amplio mi lecho, de comisura a comisura, en días alegres, podría estirarme hasta tocar tu mejilla. Me gusta la curvatura de mi cuerpo arqueado sobre tus labios.

Solo siento que, mientras sueño en tu boca, no puedas verme, tan altos y lejos tus ojos.
Una pena, así de cerca tus pestañas y no poder siquiera tocarlas.

Gloria Gallego

viernes, 20 de octubre de 2017

Ventanal con vistas


Mañana me reuniré con mis amigas y vecinas, las "empiñadas" en escribir. El tema que nos convoca en esta ocasión resulta muy sugerente, amplio y bello. "Desde mi ventana" debe ser el título del texto que cada una haya creado y que leerá al respetable auditorio...

Ahí va mi ventanal con vistas:

Queridas amigas:

Hoy es viernes. Hace apenas un minuto eran las 10,30. Aún se oye un murmullo en los pasillos del instituto, algún alumno díscolo empeñado en andar zascandileando en vez de en su aula, su pupitre, que siente como su prisión.

Estoy en el departamento de Lengua, en mi hora de atención a padres. Hoy no ha venido nadie, de manera que he podido sentarme a pensar, a disfrutar de mi primera mandarina otoñal y, así, sin quererlo, en el gesto recostado sobre el sillón en el que me hallo, mis ojos se han sentido atraídos por la luz exterior que me llega a través de la ventana.

Después de los amagos tormentosos de principios de semana, terminamos, a dios gracias, con una mañana clara y templada. Sólo se aprecian algunas nubes de recovecos grisáceos en el horizonte, encaramadas en lo alto de las montañas que desde aquí se divisan.

El primer edificio que sobresale sobre los demás es la iglesia de Valdemorillo, que debe ser bastante antigua, y que se localiza en el centro del pueblo. Alrededor de la torre se condensa el rojizo de los demás tejados. Más allá, ya se extiende el verde, ininterrumpidamente, hasta El Escorial. Veo desde mi ventana nuestro pueblo y sé que, al fondo, aunque no pueda apreciarlo con nitidez, se levanta el regio Monasterio.

Nunca pensé que pudiera llegar a acostumbrarme a estos paisajes serranos y a sus cambios de escenario estacionales, del marrón de noviembre al blanco y gris invernales y el verde intenso y frondoso de mayo. Lejos quedan mi mar, las palmeras, limoneros y llanuras semidesérticas de plástico. El tiempo todo lo ajusta. Ahora sé que estoy donde debo y necesito. Aquí están mi hogar, mi trabajo y mi remanso de paz.

Todo esto pienso mientras miro y contemplo el mundo desde mi ventana, pero, si en vez de posar la mirada en los confines que hay detrás del cristal, me asomo por mi ventanuco interior, el que conecta con el laberinto de mi alma, sé que podré quedarme igualmente absorta y reflexiva. Os diré que, desde aquí, en este momento vital que quiero pensar que se encuentra en la mitad del camino de mi vida, puedo divisar con perspectiva, y desde la madurez de mis cuarenta recién cumplidos, los acontecimientos del pasado; soy crítica conmigo misma y con mi historia, pero me siento satisfecha con todo lo cosechado hasta el momento, a golpe de esfuerzo, a golpe de suerte.

Ahora, al mirar mi horizonte interior, lo que más valoro, sin duda, es la sensación de libertad que me embarga; me siento dueña de mis designios, segura de mis principios. Por primera vez en mucho tiempo, no siento angustia ante el devenir de la vida. Doy la bienvenida a cada día como una oportunidad para crecer, para aprender, para ofrecer lo mejor de mí misma y enmendar mis desatinos. No me hace zozobrar la inquietud de no saber qué será de mí mañana. Nadie lo sabe. No es bueno sufrir por lo que aún no ha pasado.

Si tuviera que elegir colores para decorar este mundo mío, el de dentro, creo que elegiría tres, azul, verde y amarillo, en su versión más tenue. Retratan mi calma y buena energía. Quizá haya algún día borrascoso, pero habré de difuminarlo a pinceladas.

La paz de este instante parece que será en breve interrumpida. Realmente no me importa, pues este bullicio estudiantil que ameniza mi día a día es realmente otra de las grandes fuerzas por las que me siento movida en este momento. Con mis alumnos descubro nuevos paisajes a diario. Intento mostrarles el mundo desde mi ventana, la de profesora, de fondo verde y marco de pizarra. Lo que allí escribo, el mensaje que retrato, confío en que pueda llegar a convertirse en un complemento más para la decoración de su futuro escenario vital. Quizá, cuando un día se sienten a mirarse por dentro, recuerden a quien les abrió la ventana por primera vez.

Suena el timbre. Cierro el cristal, por si mañana llueve y ya no estoy.

jueves, 12 de octubre de 2017

Esperando a Samuel

StreetArt, publicado por @QuéGraffiti en Twitter


Avanza el calendario sin sentir; día sobre día terminó yéndose definitivamente el verano y este octubre, cálido y extraño como nunca, nos ha colocado ya en medio del primer trimestre.

Las caras de los chavales comienzan a resultarme familiares; sus nombres, poco a poco, están grabándose en el disco duro de la memoria. Adrianes, Alexandrus y Alejandros, Paulas, Marías varias, Aminas, Sofías y Fátimas o Pablos... Muchos sustantivos propios para interiorizar y volver a olvidar, algunos repetidos a lo largo de los años, pero con distintos rostros. 

Unos pocos, a veces, se quedan para siempre, como registro de una experiencia profesional o humana que debe trascender y ser recordada. Va conmigo por ello el recuerdo de mi primera Alejandra (¡Suerte con tu oposición, campeona!); de José Ángel, el primero de mis alumnos que estudió Filología Hispánica y es hoy un graduado con menciones honoríficas; María, mi artista, la alumna que cumple ya su sueño estudiando el Bachillerato de Artes; o Rubén, a quien todo el mundo daba por perdido y que ya ha culminado la primera fase en su formación profesional (¡Que no me entere que decae el tema, chaval!); Marius, de coco resuelto y prometedor profesional del arte de la persuasión; Rocío, aspirante a alcanzar metas y que pronto dará el campanazo, o Marcos, "el filósofo", que aún debe darse la oportunidad de lanzarse por el camino de las letras sin complejos, para demostrar que el mundo no está solo hecho de cifras y códigos binarios.

Pero sigo buscando, sin éxito, a Samuel, mi Samuel. Llevo tres años sin verlo. Regresa constantemente a mí su imagen y el recuerdo de aquel año en el que me tocó en suerte trabajar como profesora y tutora de un grupo específico de educación compensatoria. Yo no era la indicada; no estaba ni estoy cualificada para ello, pero así son las cosas, hay que trabajar al dictado de quienes organizan y disponen, muchas veces de manera arbitraria, quién enseña, qué enseña, dónde lo hace y a quién dirige sus esfuerzos.

Ya referí en una entrada del blog, a propósito de otro alumno que conocí aquel año, en qué consistía este tipo de agrupamiento escolar. Para formar parte de un grupo como este, los alumnos deben reunir dos requisitos, por un lado haber repetido al menos dos cursos, con el consiguiente desfase académico, y, por otro, estar en riesgo de exclusión social. 

Para algunos de los alumnos que fueron propuestos ese año ya era la segunda vez en compensatoria. Sin embargo, para Samuel y para mí supuso una experiencia totalmente nueva, un reto que, al principio, a mí, en calidad de docente y tutora, me pareció inasumible. 

Mi predecesor como responsable del grupo era profesor de Plástica, especialista en Bellas Artes; mi especialidad como docente es Lengua y Literatura. Ninguno de los dos contábamos con los recursos didácticos y pedagógicos apropiados para enseñar a chicos que, aunque oficialmente estuvieran matriculados en 1º de ESO, presentaban un nivel académico de 3º, 4º o 5º de Primaria, según los casos. 

El equipo docente seleccionó para mi clase once alumnos (diez españoles y un rumano, todos de etnia gitana). La mayoría de ellos había estado durante largos periodos de su educación Primaria sin escolarizar. Hay que puntualizar que no estamos ante niños con deficiencias intelectuales; en muchos casos tienen un gran potencial. Son víctimas de la dejadez familiar, de la falta de perspectivas de futuro que su propia comunidad les plantea en el horizonte, víctimas de un entorno económicamente desfavorecido, del prejuicio social…

Lo más desolador de la situación no es descubrir que un chaval de instituto no sepa leer o dividir, o que ignore casi todo del mundo que le rodea. Lo que más me impactó desde el principio fue su absoluta indiferencia hacia todo lo relacionado con la escuela. “Profe, yo no necesito estudiar. Me voy “a la chatarra o a la fruta” o “a mí no me hables de multiplicaciones, que yo ya estoy pedida, me voy a casar y sólo vengo para que no nos quiten la ayuda y no venga la policía a buscarnos…”. 

Así que, con ese espíritu, suena el timbre, entran al aula, se acuestan sobre la mesa, sumidos en la modorra, la desidia y el enfado, en un gesto de rebeldía ante lo que consideran un encierro, un tremendo castigo, tantas horas allí con alguien (la "paya" de la profe) que no sabe ni cómo enfrentarse al panorama. 


Y, precisamente, en ese poco halagüeño contexto me encontraba aquel otro otoño, cuando conocí a Samuel, "el gitano rubio de ojos azules, que quién diría por su aire infantil y candidez respecto a los demás compañeros que iba a ser también carne de cañón para la implacable presión de grupo, la de su comunidad, la del prejuicio y la cruel etiqueta.


Transcurrieron los primeros días de curso, y Samuel, junto a Nano, otro chavalín del barrio, aún a medio hacer, afortunadamente, y por ello rescatable, eran los únicos que asistieron a mi clase más de tres días seguidos. Ambos se concedían, con el visto bueno de sus padres, un día más de descanso que añadían al fin de semana, así que el viernes era para mí un día de soledad y frustración profesional.

Cuando venían, Samu y Nano terminaban mostrándose accesibles a las actividades que yo les iba proponiendo. No podía ser muy ambiciosa; si hubiera llegado a clase con los libros de texto al uso o con altas expectativas respecto a los contenidos, directamente me habrían mandado a paseo (bueno, ellos no lo habrían dicho así), de manera que tuve que adaptarme y muchas veces improvisar para "atacar" su materia gris sin que ellos descubrieran mis armas e intenciones. Aprendimos a jugar al ajedrez, nos atrevimos con decenas de "cruciletras"; hicimos manualidades a pesar de lo mal que se me dan  a mí las cuestiones plásticas y también leíamos...



Al final del primer trimestre, Samuel se me acercó inquieto; quería preguntarme cómo podía hacer él para sacar un sobresaliente (decía que nunca había tenido uno). Le contesté que, si esa era su intención, no tenía más que acompañarme a la biblioteca del instituto y comprometerse a leer al menos un par de libros y demostrarme, eso sí, que la lectura había sido provechosa (se me olvidó comentar que mi alumno tenía un nivel de lectura espectacular teniendo en cuenta su edad y nivel académico. No sabría apenas nada de sustantivos y verbos, pero leía con una velocidad, entonación e intención admirables). 

Aquel mes de enero comenzó su procesión, cargado de libro, del instituto a su casa y de su casa al instituto. Era su único material escolar; no llevaba ni mochilas ni libros de texto ni estuches; todo se quedaba en el aula para asegurarme de que, llegado el caso de que quisieran  trabajar, disponíamos de todo lo necesario. Así fue cómo Samuel decidió llevarse el libro de la biblioteca envuelto en una bolsa verde de mercadillo, bajo el brazo, jurándome y perjurándome que no se le caería en ningún charco ni circunstancia callejera.

Fue tanto el interés que vi en él en aquella época que me lancé a querer explicarle contenidos, de aquí y de allá, unos de gramática, otros de sociales, otros de ética o geografía. Había muchas lagunas por cubrir y era preciso aprovechar su repunte de entusiasmo. Yo le hablaba y él, a ratos, parecía aburrirse como una ostra, pero, a veces, se le iluminaban los ojos y parecía estar viendo el mundo desde otro prisma, extraño y apasionante (por desconocido) para él. Y, en una de esas, un día en que quise explicarle cuestiones relacionadas con los verbos, sus tiempos, aspectos y modos, Samuel me interrumpió de repente para decirme: "Ay, profe, no sé qué me pasa... Cuando tú me explicas, hay veces en que siento... No sé cómo decir... Siento como que me crece el cerebro... Siento hasta que me duele y todo...". Y entonces se me paralizaron a mí los sustantivos, adjetivos y endemoniados verbos. ¿Qué podría contestar? "Bueno, Samu, no te apures, que esto del cerebro debe ser como cuando uno hace deporte la primera vez después de mucho tiempo, que siente agujetas porque los músculos han hecho un sobreesfuerzo...".


¡¿Qué más podía decir la profesora?! Este chico era un diamante en bruto, una semilla esperando el riego oportuno... Seguimos leyendo, "Manolito Gafotas", "Los Futbolísimos", fragmentos adaptados del "Quijote" con los que terminaba rulado de risa porque aseguraba pode imaginarse a Sancho y Don Quijote en el pasaje de los batanes o luchando con molinos confundidos con gigantes. Aquellas sesiones se convirtieron en mi bálsamo contra la frustración que me provocaba ser profesora en aquel contexto tan adverso.

Poco antes de la primavera, Samuel decidió leer un libro de los propuestos en los listados de lecturas de 1° de ESO, uno de un autor de literatura juvenil, "El asesinato de la profesora de Lengua", de Jordi Sierra i Fabra. Tanto le gustó que lo primero que hacía cada día era hacerme la sinopsis de lo que iba ocurriendo en aquella historia de alumnos curiosos y profesores provocadores. "¡Cómo mola, profe!". ¿Sí? -le contesté-. ¿Y te gustaría entonces que escribiésemos una carta al autor, contándole tu historia y cómo has llegado a emocionarte y disfrutar de su libro? 

-¿Y crees que nos contestará?

Silencio... "Bueno, no perdemos nada, ¿No crees? Y, si lo hacemos, aprenderás cómo escribir una carta y te ayudará en tu sobresaliente... ¿Cómo lo ves?


Los dos nos vinimos arriba y nos dispusimos en nuestros ratos de soledad, que eran muchos dado el absentismo del grupo, a escribir aquel correo, aprendiendo a manejarnos con el ordenador e internet. Yo busqué en Google una dirección a la que poder mandar aquella misiva a Jordi Sierra i Fabra, poco confiada en que nuestro atrevimiento pudiera obtener respuesta.

¡Cuál no sería mi sorpresa el día en que encontré en mi bandeja de correo electrónico un mensaje del mismísimo Sierra i Fabra! En el primero que nos mandó nos expresó lo entrañable y extraordinaria que le había parecido la historia de Samuel y su afán por sacar sobresalientes, aun a pesar del "dolor de cerebro". Prometió que, tan pronto pudiera, escribiría una carta a mi alumno, para poder contarle con detalle su propia historia de niño. Y así lo hizo, a los pocos días, aplaudiendo los esfuerzos de Samuel por superarse, animándolo a seguir trabajando y transitando por el camino de los libros. Jordi le contó que cuando él era niño también tuvo que luchar y superarse (era "muy tartamudo", según refirió); se dedicaba a vender pan seco y periódicos viejos para ganarse dos reales y poder alquilar un libro ¡cada día! Los devoraba en apenas dos horas. Nos aseguró que todas las lecturas de su infancia y juventud le terminaron convirtiendo en lo que es hoy, a pesar de que la maestra que le cayó en gracia lo llamaba "inútil" y aseguraba que sería un fracasado. "¿Sabes que te envidio? Lo tienes todo por delante, un mundo entero. Pero depende de ti que sepas aprovecharlo", añadía Jordi. ¡Qué contentos nos pusimos Samuel y yo con aquella carta! ¡Qué importantes nos sentimos en aquel momento! 

Una de las frases que más gracia le hizo al chaval fue aquella con la que el escritor le decía que le había impresionado saber que sentía como que le crecía el cerebro cuando leía, "pero no me río -proseguía Jordi-, que así son las cosas y la vida misma a veces duele. No te detengas porque sientas que se te gasta el cerebro y, si hace falta, alquílate otra cabeza! Saber te da felicidad, porque entiendes de qué va esta película en la que estamos. Ignorar es morir en silencio".

Aquel episodio representó para la profesora y el alumno un soplo renovado que nos animaba a seguir con nuestro propósito lector. Una ilusión quedó en el horizonte, la invitación personal que Sierra i Fabra hizo a Samuel para acudir a la Feria del Libro de Madrid y poder así conocerse en persona. Samuel ignoraba qué era aquello de la Feria o dónde estaba el parque de Retiro del que le hablé para explicarle dónde se celebraba el evento. Aún quedaban unos meses para el encuentro; creí que todavía tenía tiempo para ilustrarlo y mantener viva la llama que había quedado prendida en su interior.

No nos duró mucho la alegría. Los primeros días después de la anécdota, Samuel no paraba de hablar del tema con algunos compañeros y, según me contó, en su casa trataba de explicar a los padres lo que le había pasado y lo importante que era ese señor que le había escrito. "Pero, profe, mi madre es una ignorante y dice que no me quiere verme tratar con señores mayores desconocidos, que vete a saber qué quieren de mí...". "No seas duro, hombre, tu madre, como todas las madres, solo intenta protegerte de lo desconocido, porque teme que pueda sucederte algo. Yo intentaré convencerla".

No pudo ser. No hubo forma humana de hacer ver a aquella familia que en la vida de su hijo se había abierto una ventana nueva al mundo, que ahora se sentía motivado para seguir descubriendo cosas en los libros e intentar ser algo más que vendedor de naranjas en un mercadillo.

No pudo ser tampoco con los demás compañeros de clase, que ejercieron una brutal presión de grupo sobre Samuel, haciendo chanza sobre su gusto por la lectura, por andar siempre con la profe en la biblioteca, como si aquello le restase puntos en su condición de proyecto de hombre gitano. Se ve que lo gitano andaba reñido con la cultura, el saber y la idea de un futuro prometedor. Y así fue cómo, poco a poco, terminaron entre todos minando los ánimos de mi pupilo, que en unas semanas ya había terminado por alejarse de mí; me rehuía; agachaba los ojos cuando le preguntaba por los libros; comenzó a ausentarse de las clases y a hacer piña con los más díscolos de su grupo.

Me costó aceptarlo y, hasta el último día, no cejé en mi intento de conseguir que Samuel viniera conmigo a conocer a Jordi a la Feria del Libro. Les dije a sus padres que, aunque fuera sábado, pasaría a recogerles al barrio y les acompañaría hasta el Retiro. El día de antes les llamé para confirmar nuestra cita; con una improvisada excusa de la familia terminó muriendo mi ilusión. Tuve que acudir sola a la caseta en la que Sierra i Fabra firmaba libros; habría sido poco educado faltar a su invitación. Bueno, sería injusto decir que fui sola, porque mi familia al completo quiso acompañarme a mí "encuentro literario". Así llegué hasta el lugar convenido; con gesto desolado, me presenté como la profesora de Samuel y le expliqué como pude las razones por las que el muchacho no me había acompañado. "Mujer, no te culpes -comentó el escritor-, no has podido hacer más. Debemos confiar en que, ahora que ya ha entrado un nuevo rayo de luz en su cabeza, él mismo será capaz, cuando llegue el momento y cuente con más madurez, de rebelarse contra quienes quieren poner barreras a su futuro. Lo importante es que Samuel ya sabe que al otro lado hay un mundo entero por descubrir...".



Me habría gustado otro final para esta historia. Creo que no es sólo una anécdota profesional, sino la punta del iceberg de un problema con raíces profundas, de índole cultural y social. Mi intención no es hacer un análisis de la situación escolar de una gran parte de los alumnos de etnia gitana; ni buscar responsables. Yo solo soy la que durante nueve meses tuvo que enfrentarse a una realidad inquietante: niños, casi adolescentes, abocados a un futuro incierto, a los que parece imposible convencer de que hay otro camino transitable, distinto al de la venta ambulante y el mercadeo de chatarra, que si estudian y se preparan pueden romper con el estereotipo social, con la etiqueta prejuiciosa que el sistema les endosa por defecto. Para ellos, todo eso es “apayarse”, o lo que es lo mismo, convertirse en payos al intentar imitar su estilo de vida, faltando por tanto a su condición gitana y defraudando a los de “su raza”, como declaran ellos con orgullo.

Hace apenas dos días, mientras daba forma a este texto, pregunté al compañero de Matemáticas que sigue trabajando en aquel centro si sabía algo de Samuel. Me alegró enormemente saber que sigue allí matriculado, en 3° de ESO, aunque sea repitiendo curso. Según me dijo el profesor, se le ve bastante centrado y tranquilo... Lo mejor es que, a pesar de los potenciales peligros que podrían haber forzado su salida del sistema educativo, Samuel ha conseguido mantenerse, quizá motivado por su pasión por el fútbol (en el equipo en el que entrenaba era un requisito ir al instituto y rendir todo lo posible), y no caer en las trampas que otros antes que él ya encontraron en las calles.

Quizá dentro de no mucho se acuerde de un escritor que quiso conocerlo y preguntarle por sus agujetas neuronales o de la profesora que se empeñó en llevarle a un lugar de la Mancha. Yo seguiré esperándolo, entre molinos y batanes, por si algún día quisiese lanzarse de nuevo a la aventura del saber. Confío en que mi espera no sea en vano...

viernes, 29 de septiembre de 2017

InZpace: la aventura de alcanzar el cielo...

Instantánea tomada desde la cápsula lanzada el pasado día 3 de septiembre, en Toledo, por el equipo de "InZpace"

"Lejos de mis huellas, de mi casa, de la gente, de mi mundo. Siguen ahí abajo, pero ahora se confunden con otras huellas, casas, gentes y mundos. Me separa de ellos un velo de nubes que apenas me deja distinguir la tierra de los mares. 

No pensé que fuera posible tanta belleza, tanto silencio. Se pararon de repente las agujas de mi reloj; creo que también, por instantes, se me ha parado hasta el corazón. Gracias por el oxígeno, compañeros, pero, contemplándoos desde aquí, frente a esta imponente curvatura azul, no necesito respirar porque apenas siento mi cuerpo, ni que parpadeen ya mis ojos. Indeleble, eterna, queda sublimada esta irrepetible imagen...". Operación InZpace (03/09/17)


Tres colegas y amigos, ingenieros aeroespaciales, han terminado haciendo realidad un sueño, tomar fotografías de la Tierra desde el espacio. Este ha sido su décimo lanzamiento; la cápsula, que está provista de los dispositivos necesarios para tomar fotografías e ir informando de su ubicación, consigue ascender y alcanzar la estratosfera gracias a un gran globo de helio.

Esta experiencia requiere muchísima preparación logística, así como varios permisos oficiales para poder realizar el lanzamiento de la cápsula a la atmósfera. Una vez alcanzada la estratosfera, el globo explota y da comienzo el descenso y la segunda gran aventura para este equipo de apasionados ingenieros, el seguimiento y localización de la cápsula en tierra.

Un fascinante reto técnico con el que aprender ciencia y tecnología y también tomar conciencia de lo pequeños que somos y de la belleza de nuestro mundo. Conocemos con más detalle la expedición estratosférica de la mano de Lorenzo Tarabini, ingeniero aeroespacial y promotor de esta aventura.



¿Cómo surgieron la idea y el equipo humano de InZpace?

Hace un tiempo, un amigo me habló de un chico que había lanzado a la estratosfera un Iphone atado a un globo. Por supuesto, era de Estados Unidos. La noticia me pareció muy curiosa y empecé a buscar más datos sobre el tema. Al cabo de una semana, estaba completamente enganchado a la idea y empecé a diseñar una misión. 

Hablé con un compañero de trabajo, Guille, al que, de repente, se le iluminaron los ojos. Apenas dos días después, se había enterado toda la oficina y se nos acercó otro interesado, Rafa. Sin darnos cuenta, ¡acababa de nacer InZpace! Hay que decir que nosotros nos dedicamos profesionalmente al diseño de sistemas software para satélites, de manera que ya no debe resultar extraño el éxito de mi iniciativa. Lo que que ocurre es que, en nuestro trabajo, en contadas ocasiones vemos el satélite de verdad; para nosotros, muchas veces los proyectos de satélites se limitan al papel y a un código, de ahí el afán por montar nuestra propia misión.

La parte técnica fue lo más simple. Encontrar un smartphone e instalarle un programa de tracking y otro para sacar fotos. La parte legal fue un poco más complicada. En EE.UU. no hay normativa y cualquiera puede lanzar objetos ligeros (de menos de 1 Kg.) sin pedir permiso alguno. En España, sin embargo, resulta más complicado; hay que avisar y pedir permiso con un mes de antelación y compilar unos cuantos formularios. Con un poco de paciencia, esta cuestión quedó pronto resuelta.

Por último, encontramos un vendedor de globos meteorológicos en Inglaterra y un suministrador de helio en Guadalajara. Y, de esta manera, ya teníamos preparada nuestra primera misión, el InZpace1Milagrosamente, llegamos a la estratosfera en un día de tormenta y recuperamos el móvil con fotos maravillosas. Al día siguiente, ya estábamos planeando la segunda misión.



Cuéntanos en qué consisten la mecánica de la cápsula y la logística del lanzamiento...

Lo que hacemos es llenar un globo meteorológico con helio (el mismo helio de los globos de feria). Como el helio es más ligero que el aire, cada litro consigue "levantar" 1 gramo. Estos globos están hechos de látex. Son ligeros y muy elásticos. Nos hacen falta unos 5.000 litros de helio para poder levantar la cápsula (2 Kg); el globo(1 Kg) y tener suficiente empuje para subir rápidamente a la estratosfera (2 Kg). Los vientos aumentan con la cota y alcanzan entre los 13 y 15 km de altura, con una velocidad que puede llegar a los 300 km/h. Es lo que se llama jetstream, la autopista de la estratosfera. Durante la segunda guerra mundial, los japoneses quisieron usar el jet stream sobre el Pacífico para bombardear a los americanos con ¡¡bombas atadas a globos!! En nuestro caso, lo que necesitamos es pasar por allí lo más rápidamente posible para evitar que el globo se vaya demasiado lejos.

Como la presión del aire va bajando, el helio empuja las paredes del globo y hace que este aumente su tamaño. Mientras que en tierra el globo tiene el diámetro de un metro, a 30.000 metros, alcanza los nueve metros. Vamos, ¡una ballena! Al final, lo que sucede es que el látex no aguanta más y el globo revienta. Atado a la cuerda va el paracaídas, pero a 30 km de altura no hay casi aire, así que la primera parte de la caída es a toda velocidad; la cápsula rebasa, incluso, los 250 km/h. Por fin, se abre el paracaídas que irá frenando la bajada.



En la cápsula siempre lanzamos, junto con el móvil, un sistema de tracking por radio. El móvil, de hecho, deja de mandar sms a los 5 km de altura, por falta de cobertura. Incorporamos por eso dos radios, por si falla una. Además, instalamos cámaras, sensores y muchos otros objetos, simplemente porque nos hacen gracia, como muñequitos de goma eva (que llamamos "globonautas" y regalamos a los amigos para que escriban en ellos los mensajes que quieren lanzar al espacio), semillas de albajas para hacer "espaguettis estratosféricos", lúpulo para hacer "cervezas al aroma del espacio", dados y piezas de juegos de mesa, figuras de Lego y ¡hasta una flecha para un amigo arquero! 



¿Qué objetivos habéis conseguido hasta ahora y cuál dirías que es el fin último del proyecto?

Lanzamiento tras lanzamiento, hemos aumentado la complejidad y la fiabilidad de la aviónica. Hemos pasado de lanzar un móvil a una electrónica customizada hecha por nosotros mismos, montada en una estructura impresa en 3D. Los materiales han cambiado y los sistemas en tierra, también.
Nuestro objetivo técnico es llegar a construir un pequeño satélite con el deseo de lanzarlo un día al espacio. Nuestro objetivo social es involucrar a los amigos y apasionados como nosotros en nuestra carrera espacial y hacer que vivan en primera persona la experiencia de alcanzar el espacio. 

Conmigo ya lo habéis conseguido. He podido tocar el cielo con vosotros. Gracias, equipo de InZpace: 

Guillermo Rodríguez
Ingeniero Aeronáutico

Rafael Rebolo
Ingeniero Aeronáutico y Profesor de Fluidodinámica

Jordi Xucla
Ingeniero técnico de Telecomunicaciones

Manuel Carmona
Graduado en Ingeniería Aeroespacial

Lorenzo Tarabini Castellani
Ingeniero Aeroespacial

En la imagen, de izquierda a derecha, Guillermo, Lorenzo y Rafael, integrantes de InZpace


¡Mirad qué maravilla!




sábado, 19 de agosto de 2017

Los versos de Eva

Réplica restaurada de la Poetisa de Pompeya (siglo I a.C.).

Fue durante el festival navideño del instituto. Yo estaba sentada en la mitad del salón de actos, rodeada de alumnos bulliciosos a los que parecía imposible hacer callar para que los compañeros que iban subiendo al escenario pudieran actuar.

¡Qué heroico enfrentarse a un público como aquel, tan alienado e inclemente, que espera la más mínima disonancia de la actuación para romper en nerviosas e infundadas carcajadas!

Ya apenas quedaban unos minutos para que terminase el espectáculo. Se apagaron las luces en el escenario. Dos siluetas aparecieron en la penumbra de las tablas, buscando su lugar y la adecuada posición de sus cuerpos para la siguiente interpretación. Se hizo de nuevo la luz, un solo foco, tenue, iluminó la esbelta figura de una chica, en el centro. No alcanzaba a verle la cara ni a reconocerla. No era alumna mía, eso sí lo supe. La recuerdo con el pelo suelto, melena por los hombros. El claroscuro del escenario no me dejaba adivinar su expresión. Comenzó a sonar un piano al fondo. La otra chica, quizá amiga, sería además su acompañante musical. Suaves acordes para los versos que allí iban a sonar.

Se hizo el silencio y Eva comenzó a recitar. Un micrófono en una mano, sus hojas escritas en la otra, sin más atrezo ni puesta en escena, arrancó su lectura. No recuerdo con claridad el mensaje de aquellos versos, pero conservo en mi mente su tono e intención poética. Con voz baja, como arrancada de lo más hondo, rescatada de algún recodo escondido de su alma, iban brotando con timidez las palabras. Interpelaban a alguien, o a todos, y hablaban de su necesidad de vivir en calma, sin miedo a sí misma y al mundo.

Yo no conocía aquella chica valiente que con apenas quince años salió a recitar toda su belleza y contradicción frente al apático y parlante patio de butacas de su instituto. Grabé su actuación, sorprendida y reconfortada de comprobar que aún existen espíritus sensibles capaces de hacer magia, alquimia poética, para transformar el mundo. Allí estaba, con su menudo cuerpo y su formidable alma la chica sin rostro.

Pregunté a mis compañeras profesoras de Lengua quién era aquella muchacha que acababa de ver entonando metáforas. Me revelaron su nombre, que cursaba tercero y que ya desde que entró al instituto había demostrado una sensibilidad y habilidad para las letras extraordinarias. Le hice llegar el vídeo de su actuación para que pudiera conservar aquel bello testimonio de su paso por nuestro centro.

Pasaron los meses y cayó en mi olvido la escena del festival navideño. Ya andábamos por marzo y transcurría sin novedad el segundo trimestre. Yo seguía ensimismada en mis proyectos y los textos del blog. En un par de ocasiones una alumna de mi tutoría me comentó que una amiga suya de tercero leía todos mis textos y que le gustaban mucho, que no se atrevía a decírmelo en persona por timidez. Pronto descubrí varios comentarios anónimos y certeros a algunas de mis últimas publicaciones, centradas en su mayoría en varios de los problemas que más afectan a los adolescentes. Las aportaciones de mi lectora me permitieron pronto deducir que se trataba en realidad de Eva, la joven y heroica poetisa. Aún no había cruzado con ella ni media palabra y ya parecíamos destinadas a una simbólica conexión.

La primera vez que pude verla de cerca y compartir impresiones fue en otro festival escolar, el de fin de curso. La busqué para felicitarla por partida triple, por haber conseguido, en el concurso literario del instituto, el primer premio de poesía, y también el segundo (la profundidad emocional de aquellos versos, su música interna y su delicadeza cautivaron al jurado, del que formé parte junto a las demás profesoras de Lengua y Literatura). La tercera salva se debía a su intervención en el festival, de nuevo con la lectura de un poema, que para esta ocasión acompañó de varios movimientos de danza, otra de sus grandes pasiones. Una actuación dulce y sincera, como lo es ella.

Hace apenas unos días ha compartido conmigo el enlace de su blog, en el que va publicando sus poemas y textos breves. Me advirtió que allí no encontraría nada del otro mundo, sin embargo descubrí mucho, muchísimo, un alma "sentimental, sensible, sensitiva" que con elegancia poética crea hermosas imágenes para nombrar a sus ángeles y a sus demonios.

Eva, sé que es difícil ser adolescente y encontrar un lugar entre los demás en el que sentirse como en casa; más complicado y doloroso a veces resulta tener quince años y sentirse perdida en un mundo como el nuestro, sumido casi siempre en el materialismo y la imagen vanidosa; estar dotada de cualidades que a tus amigos sorprenden y extrañan a partes iguales; tener el don de la palabra bella para nombrar lo inefable y la clarividencia para conocer verdades de cuya existencia los demás ni sospechan.

Un sabio escritor no hace mucho tiempo me dijo "la vida duele, pero hay que vivirla". Sigue danzando, leyendo, escribiendo, creciendo, madurando, porque llegará el día, Eva, en que hayas descubierto por fin cuál es el verso, tu verso, como decía Whitman, aquel con el que contribuyes a este gran poema que es la vida. Otros seguirán a tientas, sumidos en sus prosaicas y anodinas existencias.

Te saluda con cariño,
Una admiradora

"Love is always Love", por Eva G.
(Primer premio del Concurso de Poesía)

Hay flores que escapan
de un corazón que ya no es mío
y resbalan por mis dedos,
cayendo gota a gota,
letra a letra.

Un huracán devora las mariposas,
demostrando a mi estómago
que no es inmune a esto del amor.

Tengo su sonrisa en mi cabeza,
convirtiendo mis desastres,
y recordándome que la luna
también tiene un lado brillante.
Su manera de hablar,
con la calma y energía
de una ola,
rompiendo en una playa desnuda,
desvestida por miradas.

Me escribe,
escribe para mí,
escribe por mí,
como nadie me había escrito.

Y noche tras noche
crea en mi corazón
las cuatro estaciones.

Su pelo despeinado
por las mañanas,
con el olor a café
sonando de fondo, 
hace que pierda la cabeza
y se me caiga el alma.

Yo quiero a esa persona.
Yo soy mujer.
Ella es mujer.
Intentad pararnos.


"Si bailas cuando ya ha acabado la música pierde la gracia"

"Solo es cobarde quien no se busca.
Cuando sientes la música, bailar deja de ser una vergüenza.
Y yo me he encontrado en un nosotras."
Escandar Algeet

Siempre tengo tanto que decir 
a tanta gente,
que era una señal,
que me quedé sin palabras,
que aún no sé qué decir.

Y yo,
que no quiero querer,
que no quiero que me quieran.

Pero ahora...
Han salido del fango
mariposas vomitando flores.
El otoño ha hecho que se caigan del árbol
los sueños,
para que pueda cogerlos
y hacerlos realidad.
Un gato negro
ha abierto el paraguas
dentro de mi alma,
y me ha traído buena suerte.

Hacemos magia bailando,
no sólo estamos,
somos.
Y somos una
dividida en muchas,
y somos muchas
compartiendo una,
a través de un vestido
y una preciosa locura
llevando el tempo.
Saltamos,
volamos en un mundo
en el que la única regla
es bailar
como si nadie te estuviera mirando.

De jueves a martes,
mis semanas consisten
en esperar un miércoles
con sabor a una hora y media
de risas y magia,
y la caña de después


CAOS


Un túnel
en el que nunca ves la salida
Un salto,
en el que nunca llegas al suelo.
Y simplemente
caes,
caes,
caes.
Una piscina
en la que no logras
sacar la cabeza del agua
pero ves a todos
respirando.
Y
no
te
mueres.
Quemarte viva
sin que nunca
se te dé el placer de morir.
Y simplemente
caes,
caes,
caes.
La felicidad
pasa por delante de ti
una y otra vez.
Burlándose
porque tus cadenas
te impiden llegar a ella.

Te tiene atada el malestar,
ese malestar
que aparece en forma de vicio,
ese vicio,
que a parte de malo,
es tan apetecible y tentador,
que eres incapaz de resistirte.
Y te va consumiendo,
lentamente.

Te disparas.
Te ahogas
Te quemas.
Y por fin,
mueres.


ESE DÍA

Ese día
salió el sol
tras muchas tormentas
sin calma.

Los cuervos
se transformaban poco a poco
en mirlos,
que se posaban delicados
sobre tus clavículas.

Ese día
gusanos sin esperanza
se hacían mariposa.
Sauces sonreían,
magos revelaban la magia
que esconden tus pestañas.

Y es que,
ese día,
con tus ojos océano
alumbrabas Madrid,
que admiraba en silencio
la música de tus pasos,
como quien viene a recordarnos
que aún existe la magia.

Fue ese día,
el primer día
que mis ojos desastre
y mi corazón hielo
se encontraron con los tuyos
y fueron reviviendo
lentamente.