sábado, 9 de enero de 2016

Volviendo al cuento de nunca acabar...


Cada mañana, un trayecto casi diagonal en tren de cercanías, cuando el sol aún no ha salido, pero miles de personas ya marchan, cual ejército, camino de sus obligaciones. Es un viaje largo, de más de una hora, con un transbordo y numerosas estaciones de paso, unas en el subterráneo de la ciudad, otras al aire, marcando la dirección a la sierra. Me pregunto siempre cómo se pueden pasar tantas horas en un vagón sin terminar desquiciado con tanto empujón mañanero, tanta mezcla de olores, sonidos, voces, sintiéndose en medio de un cruce de miradas perdidas. Hay veces que cierro los ojos segura de poder llegar a escuchar los pensamientos de la chica que se sienta en frente de mí e intenta aislarse con sus enormes y noventeros auriculares.

Somos animales de costumbres. Después de practicar la misma rutina a diario, durante meses, uno terminaba por subir al mismo vagón del mismo tren en el exacto minuto en que lo hizo el día anterior, comprobando que esta maniática precisión es también buscada por los compañeros de viaje. Las caras se repiten cada jornada, tanto en el trayecto de ida como en el de vuelta.

Pasan 15 minutos de las 7 de la mañana; he salido del portal de mi casa para dirigirme a la estación más cercana. Tres manzanas después, ya he empezado a buscar en el bolso el dichoso billete, siempre escondido más allá de la funda de gafas, los pañuelos y el paquete de cigarrillos. Primera prueba: encontrarlo antes de llegar al torno de control de viajeros. Superada. Ahora empieza de verdad el periplo. Un rosario de personas bordeando el andén, con la cabeza girada a la izquierda para ver aproximarse en el horizonte la luz del tren procedente de Alcalá de Henares o de Guadalajara -cualquiera de los dos para en mi estación y lleva a quien monte en ellos al centro de la ciudad o a otros puntos del norte de Madrid-.

La gente aquí aún se dedica alguna mirada, sabedora de que, a lo mejor, el que tienes al lado es el mismo que te encuentras cuando vas a comprar el pan o quién sabe si tu vecino de arriba; es lo que tiene vivir en el mismo barrio, no eres el anónimo ciudadano presa de la despersonalizada ciudad, menos aún tratándose de un barrio como éste, sencillo, más humano, probablemente. En aquel andén, decía, los viajeros nos miramos a los ojos con cierta complicidad matutina, como diciendo, “vecino, compañero, ánimo, que el día no ha hecho más que empezar; quizá nos veamos dentro de doce horas, de regreso a casa”. Se dice pronto.

Una adormilada expresión maquilla mi rostro a las 7,30 de este primer día de regreso a la realidad, cuando por fin llega el convoy de Alcalá. Apuro el cigarro, respiro hondo y subo al vagón. Apenas treinta segundos después, un pitido fuerte e intermitente anuncia el cierre de puertas. No hay peligro, aún no somos los suficientes viajeros, cabemos holgadamente, sin necesidad de apretarnos unos contra otros al oír la señal. Siete u ocho minutos después, el tren entra en la estación de Atocha, el gran hormiguero de más de 7 vías donde se cruzan caminos, direcciones, destinos, vidas; en definitiva, personas.

Tengo que bajar de mi primer tren y esperar en el andén 1 a que llegue el que a las 7, 45 arranca rumbo a mi destino. Ahora somos muchos más en el trasiego viajero de las mañanas de Atocha. Cuidado, el bolso. Mira, hay grupos de personas que parecen conocerse después de tanto subir y bajar. Quién sabe si además de compañeros de tren lo son también de trabajo. Un hombre joven, maletín en mano, mira impaciente su reloj de pulsera. Aquella chica de auriculares lleva bajo el brazo un enorme libro de anatomía, quien sabe si, al final del viaje, será de anatomía forense.

¡Vamos por fin!, que arranque ya este tren, que casi se me olvidó haber desayunado. Hay empleados de la estación encargados de “remeter” bien a los viajeros en los distintos vagones; como si condujeran al rebaño, nos apremian para que vayamos subiendo, apretándonos un poco contra el señor de en frente, para que detrás de nosotros quepan otros tantos. Aprovechamiento del espacio y del tiempo; hay que cargar bien el tren para amortizar el viaje y hacer hueco en el andén, que pronto bajarán otros varios centenares procedentes de Aranjuez, para enlazar con el de Alcobendas. Venga, venga, suban, hagan hueco… Delirante, diría un amigo mío. Ni que fuéramos al campo de concentración, oiga… Bueno, bien visto, a lo mejor somos eso, esclavos condenados a otro campo de concentración, disfrazado de modernidad y democracia. Un mismo y engañoso lema: “El trabajo os hará libres”. Escalofriante, diría ahora yo. Pues eso, vamos camino del trabajo, de la mentirosa libertad.


Estamos todos montados. Todavía no he conseguido asiento; para eso me quedan aún más de cinco estaciones, atravesar la ciudad por la oscuridad de los túneles del cercanías y leer, por lo menos, los titulares del día en el periódico del señor con el que comparto frontera textil (que casi vamos del brazo, vaya). Bajo un poco los ojos para intentar leer sin gafas las noticias, mientras la señora de atrás me clava el aliento en la nuca. Puedo sentir su cálida respiración detrás de mí; también, el intenso pachulí que eligió esta mañana para ir a trabajar. ¿Qué opinará ella de que le esté clavando mi enorme bolso en el costado? Todo depende del cristal desde el que se mira, está claro.

En Nuevos Ministerios, el centro económico y financiero de Madrid, se baja el impaciente hombre del maletín y el reloj de pulsera. El grupo de amigos-trabajadores lo ha hecho en la estación de Ramón y Cajal (quizá sean empleados del hospital). En Las Rozas se apeará la joven de auriculares y el libro de anatomía. Ahora sí que sí, ya puedo sentarme y abrir mi libro, mirar el paisaje hasta que lleguemos al final de trayecto y deleitarme con algún ciervo del Monte del Pardo.

“Próxima parada, El Escorial, final de trayecto”. Se acabó el dulce sueño apoyada en la ventanilla del tren que durante un buen rato me ha acunado; adiós a las fantasías con el paisaje campestre como telón de fondo. Sean bienvenidos a la realidad, una larga jornada por delante, y otras dos horas de viaje de regreso al final del día. Al llegar a casa habrán transcurrido ya doce horas desde que saliera al rayar el alba. No se muestra muy sugerente la rutina, pero teniendo en cuenta el privilegiado lugar en el que me encuentro, mientras cientos de miles de seres humanos pululan en la ciudad como las abejas en torno a sus colmenas, puedo darme por contenta.


Del cuento de Misha al verso de Lorca



Murcia, en torno a 1980, año de las Olimpiadas de Moscú, que tuvieron por mascota al osito Misha


"Emilia, érase que se era, en un pueblecico de las montañas, un osito muy regordete y simpático llamado Misha". Así comenzaba mi abuelo su cuento de "buenas noches" siempre que me quedaba a dormir en su casa. Yo era muy pequeña, tanto que me perdía en las cuatro esquinitas de su cama. También la noche me parecía enorme e inquietante, hasta que mi "eyo" daba comienzo a la fábula infantil. Su voz grave y profunda contrastaba con el tono entrañable de las aventuras de aquel osito.

Misha y Natasha, los protagonistas, me parecían graciosos, al menos en los argumentos que mi abuelo les preparaba improvisadamente en aquellas veladas en las que se sentía tan afortunado y dichoso por poder librarse de su soledad, la inseparable desde que se fuese para siempre su Emilia, mi abuela.

Otra Emilia escuchaba, con oídos atentos y ojos curiosos, fijos en el infinito verde de los de mi abuelo, convencida de poder ver, si permanecía inmóvil, siguiendo la cadencia del cuento, al oso Misha y sus muchos amigos, saltando y cantando conforme aquel narrador de lujo dictaba. Creía que mi abuelo era especial; me sorprendía que él, que tan serio y triste se me antojaba siempre, imaginara esas historias tan simpáticas para mí. No sabía que, en realidad, se inspiraba en la serie de dibujos animados que en aquellos años 80 se emitía en la televisión. Qué pequeña e ingenua no sería yo que no alcanzaba a conectar lo que veía en la pantalla con lo que mi abuelo recreaba para mí en sus cuentos. El cerebro del niño construye el mundo a su manera, tendiendo puentes entre aquello que nunca ha existido y cerrando los ojos, sin embargo, ante lo que para los adultos en tan obvio y simple.

Decía que mi abuelo, Bartolomé Jesús, debía hilar sus relatos con retazos de las sesiones que pasaba sentado en su mecedora de mimbre, aliado con la apreciada televisión, que acompañaba sus interminables tardes en soledad. Sé que siempre estaba encendida, con el volumen muy alto, no tanto porque aquello que la pequeña pantalla mostraba le resultase verdaderamente interesante, como por llenar el vacío salón de sonidos e imágenes. Y, en ese baile incesante de personajes tras el cristal, aparecía cada día Misha. No creo que mi abuelo estuviera pendiente del argumento de la serie; seguramente reconstruía historias para la nieta rescatando un par de nombres, tres escenarios y mucha imaginación de su parte.

Si tuviera que recrear el recuerdo de mi abuelo tendría que hacerlo yo también a base de retales e imágenes; la memoria es discontinua y no nos permite elaborar un relato del pasado completamente fiel a la realidad y ajustado a una exacta cronología, de manera que llenamos los vacíos como si fuera un mosaico, con escenas que quizá, incluso, ni sucedieron. A él podría ahora evocarle, devolverle a mi mente, sentado frente al mar, con el recuerdo perenne de su esposa dibujado en la arena, mientras tararea alguna canción de la admirada Concha Piquer, "la del famoso baúl". O bien, con gesto excesivo y teatral, declamando versos de García Lorca; comiendo un crujiente pastel de carne murciano de la pastelería Bonache o un "Pío Nono" del otro santuario del "abuelo goloso", la confitería Máiquez, al tiempo que me explica lo excelso de la obra del escultor Francisco Salzillo: "Nena, esa Dolorosa parece que está hablando". Apasionado del arte y artista; sus dibujos de juventud eran verdaderas joyas de buen gusto.

Ensimismado otras veces en sus oraciones y melancólico pensamiento, dejaba en mí una amarga tristeza cuando tocaba despedirse hasta la próxima y dejarle en su salón, sentado en la austera mecedora, aunque, eso sí, rodeado de hermosos óleos con los que, con tiempo y acertada elección, consiguió vestir aquellas paredes.
Dedicó su vida a la enseñanza y la abogacía, profesiones que imagino que ejerció con el apasionado fervor que ponía en todo aquello que le gustaba. Le encantaban los superlativos: "extraordinario, bellísimo, espantoso, maravilloso...", adjetivos que podía utilizar para hablar de un cuadro, una joya, una canción o un hervido de alcaciles y cebollas. Él fue siempre un poco hiperbólico y superlativo, para mí no fue "un abuelo", fue "el abuelísimo".

¡Qué extraña relación ésta entre el tiempo y la vida! Yo, que hasta hace poco sentía que "el abuelísimo" era un personaje principal en el fotograma global de mi vida, por lo mucho que había representado en mi infancia y por su huella en la primera juventud, y que no parecía destinado a desaparecer, tomo conciencia de que el tiempo avanza sin mirar atrás y de que dentro de poco serán ya nueve los años que hace que se fue y muchos más los que quedan de su ausencia, y de ausencias de otros tantos que se irán.

Y todo lo que pudimos decir y no dijimos; lo que se esperaba de nosotros y nunca llegó a realizarse. Sólo nos queda entonces enmendarnos con los que aún están y "hacer" y "ser" conforme habríamos querido que "hiciesen" y "fuesen" con nosotros.


Dibujo de Jesús Martínez Balibrea, en sus años de Magisterio, antes de la guerra civil

A una sirena




De su baile en el mediterráneo oleaje 
se pueblan las heroicas leyendas
de la Grecia de antaño, 
las de la epopeya y el verso de Homero.

Y dicen que no eran ni su escamado contorno ni la exultante belleza
los que arrastraban al desastre
y la locura a cuantos los mares surcaban.

Era su melódico canto el que enajenaba y condenaba al naufragio 
a los necios hombres, fuesen marineros o aguerridos héroes.

Temidas, porque con ellas se hundían las más exitosas naves.
Deseadas, pues en ellas se encarnaban lo prohibido y la vida soñada.

Mas ella, Parténope, cantaba sin pretender el desastre.
Sólo entonaba la envolvente armonía
para poder sentirse, entre el viento y la furiosa marea,
libre como el alado pájaro.

Las velas conducían a Ulises hacia las tierras de Ítaca,
donde la paciente Penélope tejía ya canas. 
El amor de siempre le espera;
el viaje sin fin aplazó un reencuentro que se antoja ya absurdo y lejano.
Les separan años de ausencia, besos no dados,
y la extrañeza silenciosa del amargo olvido.

Él deshizo las ataduras que le mantenían protegido en el mástil.
Escuchó embrujado su canto. 
Sintió que Ítaca le esperaba en los brazos de la mujer del Mar,
pues allí hallaría todo cuanto había buscado, 
el verdadero viaje a la profundidad, 
al oscuro y excitante vértigo de no poder respirar.
En ella, en su regazo, encontrará una odisea y la libertad...




Modas y hábitos. Entre el canon estético y la salud...



En los centros escolares, en sus aulas y pasillos, se evidencian muchas realidades, académicas y sociales, algunas de ellas inquietantes.

¿Cuál creéis que es la pregunta más recurrente que he tenido que hacer a muchos alumnos estas últimas semanas? No, no acertaréis si apostáis a que ha sido una relacionada con deberes, con estudio o con ortografía. Suelo observar bastante a los chavales, su manera de estar y de relacionarse y si algo me parece raro o sospechoso, en un alarde detectivesco y de fiscalización, activo el dispositivo interrogativo, intentando que ellos no se sientan intimidados y huyan despavoridos.

-"Profe, ¿puedo salir al pasillo (o llamar a casa)? Estoy muy mareada; no me encuentro bien; me duele la cabeza...".
-¿Has desayunado hoy?
- Pues no.
- ¿Y has traído almuerzo?
"No, profe. Ya no como nada hasta la hora de comer", me responde la alumna con mirada triste. Confiesa a continuación que no ingiere ningún alimento desde la noche anterior hasta el mediodía, cuando llega a casa, pasadas las 15,00.

Afortunadamente, aunque su revelación es más que preocupante, la situación no se debe a la falta de recursos económicos de la familia, o de las familias, porque son muchos los adolescentes que andan en este absurdo y peligroso coqueteo con la "des-nutrición". Las niñas de catorce años, a pesar de estar aún en pleno proceso de crecimiento y transformación, quieren lucir contornos imposibles y enfundarse en esa endiablada lycra, marcando hueso, como los maniquíes del escaparate de la tienda y como esos irreales perfiles que vende ese otro gran escaparate, el de internet.

Hace apenas una semana se ha celebrado el día internacional de la lucha contra los trastornos alimenticios. Los datos sobrecogen: más de cuatrocientas mil mujeres padecen en nuestro país algún tipo de trastorno relacionado con un desorden de la alimentación. Si cualquiera de nosotros puede llegar a ser permeable ante las tendencias que marca la moda global, no parece descabellado que los adolescentes, que están atravesando por una etapa crucial en su desarrollo personal, en la que resultan más vulnerables que el común de los mortales y fácilmente impresionables, terminen convirtiéndose en las víctimas más rentables e inocentes de este gran "mercado de las vanidades", presas del consumo más atroz y desaprensivo.

La adolescencia ha sido siempre así de cruel; nos hace sentirnos extraños con nosotros mismos y ante el mundo. Nos miramos en el espejo con ojos inquisidores y nada indulgentes. Somos los peores críticos y, si nos analizamos por dentro, encontramos una imagen bastante pobre de nuestra persona.

Creemos que la verdad está fuera, la belleza está fuera, la razón la tienen los otros, hay que ser como los otros, como los de la televisión, la publicidad, como los que se venden como el colmo de la perfección en las redes sociales. Precisamente, en la era de la comunicación social, nuestros chavales están más sobre expuestos que nunca a la influencias estéticas externas, que les llegan en forma de canon, o "anticanon", que hay que imitar.

Otro dato escalofriante al tiempo que sintomático: esta semana se retransmitirá el desfile de ropa íntima de una conocida firma, que pondrá sobre la pasarela a sus escuálidas modelos "angelicales". Se prevé que sigan el pase quinientos millones de espectadores en todo el mundo. No hay comentarios.

Es natural que todos deseemos tener un buen aspecto. Es agradable poder sonreír y mostrarse satisfecho ante el que se asoma a saludarnos al espejo cuando nos miramos en él cada mañana. Y si somos adolescentes, con mayor motivo, porque en ese momento vital necesitamos más que nunca reafirmamos como entes individuales, llamar la atención de nuestros padres, de nuestros amigos, del primer amor y del primer enemigo, que a veces encontramos en nosotros mismos.

El problema es que lo que podría ser un proceso de construcción del yo, en el que se diera forma a nuestra autoestima, termina convirtiéndose en una trampa fatal. Miramos fuera para querer ser como el de fuera, la exultante modelo o la famosa actriz, como mi amiga esbelta y popular o como esa otra chica a la que no conozco, pero que tanto sonríe.

Todos parecen mejores, más guapos, más altos y más exitosos. Se nos olvida que el camino debería ser inverso, de dentro hacia fuera, hallar en mí lo que me hace especial, creer en ello, alimentar la confianza en esa imagen, en mis cualidades y atributos, físicos, intelectuales o emocionales. Cuando me haya encontrado y me reconcilie conmigo mismo, me sentiré más cómodo bajo mi piel, frente al espejo, delante de los demás. Y todo será de verdad, no una afectada pose ni una burda imitación de la moda hueca que también pasará de moda.

Pero, claro, todo este planteamiento llega, con suerte, con los años, con el aprendizaje de los propios errores y la madurez.

¿Qué podemos hacer para luchar contra los trastornos emocionales que arrastran a los jóvenes hacia conductas poco saludables? Trabajar desde dentro. Una prioridad de nuestra sociedad debería ser el fomento de hábitos saludables desde los primeros años de vida. Si cuidamos nuestro cuerpo, lo alimentamos convenientemente, se desarrollará en condiciones óptimas y se desmarcará de graves problemas como la obesidad o las afecciones cardiacas, entre otros. Por eso, los pediatras llevan años haciendo especial hincapié en los correctos hábitos de alimentación en los niños, comer de todo, pero frecuentando más las frutas y verduras que la bollería o los platos preparados, a los que deberíamos desterrar más pronto que tarde.

Por otra parte, desde la infancia deberíamos ya iniciar a los más pequeños en alguna actividad deportiva, como una buena opción para el tiempo de ocio, para interactuar con los demás y conseguir el equilibrio físico. Los beneficios que estas costumbres saludables tienen sobre nuestro estado emocional están más que demostrados. Tras el ejercicio físico, en el cerebro se generan sensaciones muy placenteras que contribuyen al bienestar emocional y éste es finalmente el responsable de una saludable percepción del yo, o lo que es lo mismo, que nos queramos más. Así que no hay que ser como "menganito", sino cuidar más al "zunganito" que llevamos dentro. Sobre estas cuestiones relacionadas con el desarrollo personal debería haber talleres en los institutos.

Otro dato, éste personal. Con 18 años, en plena "crisis post adolescente", pesaban sobre mí 30 Kilos más. No lo sabía aún, pero me estaba acercando al principio de la obesidad. Mis hábitos alimenticios eran poco recomendables; el ejercicio físico, inexistente. Pesaban sobre mí también 30 Kilos de complejos, 30 kilos de prejuicios hacia mí misma, una frágil autoestima de quien quería ser como todos menos como ella misma. Podría haber sido feliz con esos 30 de más si me hubiera querido más y hubiera realizado ese camino interior. Hasta que el médico no me hizo ver que además existía un daño físico, que traducido en datos ponía mi colesterol y mis triglicéridos al borde del abismo, no comprendí que había llegado el momento de dar el salto.

Finalmente, lo que realmente me cambió la vida no fue la pérdida de peso, sino descubrir que tenía una fuerza de voluntad tremenda, que había alguien ahí dentro con mucho que ofrecer a los de fuera, que muchas cualidades estaban ahí por explotar. Y perdí peso, aprendí a alimentar el cuerpo y alimentar el alma, porque fue cuando me inicié en las letras y dejé de ser la mala estudiante para aplicarme en algo que verdaderamente me motivaba.

Mi salud emocional ha ido creciendo con los años porque creo que he sabido trabajarla desde dentro. Para lo del deporte he sido más perezosa; algo hago ahora con casi cuarenta años y tres hijos. Nunca es tarde si se trata de predicar con el ejemplo.

Ojalá todos tomemos conciencia de que es preciso proteger a los más jóvenes de la locura del "canon fashion" que la sociedad del consumo y del espectáculo les venden. Y todo pasa por cuidar la mente y cuidar el cuerpo, por aprender a apreciar lo que nos hace ser únicos e inimitables.

El pequeño "hacker", Marius el "anonimus"...


Estos chicos nuestros aderezan siempre el escenario de la clase con toda suerte de "cuñas", improvisaciones y payasadas. Y si, para colmo es viernes, la suerte está echada, amigo profesor... Nos olvidamos de la sintaxis y recurrimos a contenidos más asequibles, pequeñas lecturas y apartados más apetecibles, como, por ejemplo, el "proceso de la comunicación"...


"Como ya sabéis de otros años, el término "comunicación" procede del latín "comunicatio, comunicare", que vendría a significar, "entenderse con alguien". El proceso necesita de la participación de una serie de elementos que no pueden faltar bajo ningún concepto. Existe siempre un emisor, encargado de elaborar el mensaje lingüístico conforme a sus intereses e inquietudes; el contenido del mensaje se formula con los signos del código (en nuestro caso, el código es el español, el idioma elegido para entendernos) y es trasvasado al receptor por medio del canal. Una vez recibida la señal emitida, el receptor la decodifica y procesa. Dicha interpretación del mensaje tendrá en cuenta la situación, o sea los factores contextuales...

Pensad en la comunicación que establecéis con un amigo por "whats'app". Parece claro quién es el emisor y cómo, movido por unos intereses concretos, codificará su mensaje con palabras, emoticonos o imágenes y lo hará llegar, por medio de la lengua escrita y a través de una aplicación del teléfono, hasta el receptor. ¿No es así?". " Sí, claro, profe. ¿Lo podemos poner así en el examen? -"Bueno, hombre, esfuérzate por contar otras muchas cosas que os he explicado es este punto del tema...".

Así termina mi clase de hoy. Parece que va muy descargada de contenidos, pero creedme si os digo que sólo conseguir que guarden silencio, que no se griten ni se dediquen perlitas, es todo un reto. De manera que no parece estar nada mal conseguir que interioricen, un viernes cualquier, tres conceptos básicos. He puesto el remate a la sesión con la grata sensación de haberles explicado con claridad y pulcritud el tema de la comunicación... (Jeje, ingenuas suposiciones que caerán, cual castillo de naipes, el día del fatídico examen).
Y la satisfacción como docente ha durado lo que ha tardado en acercarse a la mesa mi alumno Marius. De nacionalidad rumana, estoy casi convencida de que este chico de ojos marrones e impertérrita sonrisa es tan listo que sabe hasta leer arameo al revés y con los ojos cerrados.

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-"Dime, Marius, ¿en qué puedo ayudarte?...
-"Profe, ¿Tú sabes cómo funcionaba el "messenger" del facebook antes? Ahora ha evolucionado, para resultar más accesible a los usuarios. Ha perdido en posibilidades, pero ha ganado en funcionalidad, para que cualquier ciudadano de "a pie" pueda utilizarlo. Pues con "whats'app ocurre lo mismo... ¿Sabes?
-Marius, ¿por qué dices esas cosas? Si ya va a empezar el recreo, hombre...

Me dedica una fina mueca con la que me viene a decir, "Ja, déjame que te cuente y verás". He ido sacando mi bocata y mi mandarina para no perder ni un minuto de descanso en cuanto el chaval me contara este asunto según él tan importante. Dos bocados después, el susodicho ha aprovechado que yo masticaba con cara de "por favor, acaba que me quiero ir" para decirme: "mira, profe, yo puedo saber perfectamente con quién hablas y de qué hablas con tu "Whats'app"; es una aplicación tan ingenua y tan poco encriptada que con tan solo un ordenador y sabiendo tu número móvil puedo "hackear" la cuenta y tener acceso a los contenidos y perfiles de usuario".

¡Glub! He tragado bocata, saliva y el orgullo adulto. No ha sonado para nada a amenaza; el muchacho, con su acento del Este y su don comunicativo me ha confiado con satisfacción una de sus habilidades fundamentales, de índole lógico- matemática...

-"Pero, Marius. ¿Te me vas a hacer "hacker" o qué?, le replico con ánimo de alimentar su ego y subrayar lo mucho que me admira su potencial.
-"Sí, bueno, me haré de la legión de "Anonymous".
- "¿Perdona? Válgame, Marius, vas a hacer que me atragante. ¿De qué me estás hablando?".
- "Pues de un grupo global de "hackers" informáticos que, de manera anónima, pretende defender la libertad, para lo que boicotean las páginas de aquellos que quieren hacer el mal, como los terroristas...".
-Pero tú, con 12 años, ¿cómo has aprendido a hacer todo eso?
-"Profe. Está todo en "YouTube". Dime tu número de móvil y te lo demuestro..."
-"Marius, el Anonimus, ni lo sueñes, pero recuérdame que te ponga directamente un 10 cuando haya que hacer el examen sobre el proceso de la comunicación... ".
Y así me he ido al recreo, con la cara de póquer o de "jaque al rey". Ya con un café en la mano y volviendo a la anécdota con mi alumno, el inquietante "hacker", he llegado a dos conclusiones:
La primera es que Marius evidencia cuál es la dirección correcta hacia donde deberían dirigirse los esfuerzos en materia educativa. Trabajar en competencias debe ser eso, conseguir que un alumno lleve a la vida práctica el aprendizaje adquirido en la escuela y que lo incorpore a su vida. Solo viendo la utilidad a las cosas sentiremos interés por conocer más acerca de una determinada área de conocimiento. Creemos que los profesores deben seguir transmitiendo contenidos teóricos, como el del proceso de la comunicación que viene en el libro de Lengua, y resulta que la realidad transita en paralelo y que mi alumno acaba de darme siete mil pares de vueltas.

Señores compañeros docentes, ilustres políticos y cabezas pensantes a quienes tanto les gusta parchear la normativa educativa, dejémonos la fórmula teórica, el manual académico y sesudo. Debemos comprender que no habrá aprendizaje real si empleamos un código distinto al que manejan los alumnos; si seguimos pretendiendo que los conceptos sean memorizados sin más. El cerebro es un formidable disco duro que debe rentabilizar su espacio y su potencial; ¡qué pena malgastarlo y no darle la oportunidad de aprender a la inversa, no del libro a la realidad, sino de la realidad al libro, es decir que la experiencia del mundo nos conduzca a reflexionar sobre los procesos técnicos que rigen el mundo... Marius ha entendido el tema 4 gracias a "Whats'app" y a "Youtube", no gracias a mí.


Por otra parte, y como guinda a mi aportación de hoy, sería más que oportuno señalar que todos deberíamos, después de las revelaciones de Marius en materia de comunicaciones, ser muy celosos de nuestro "guasap" y prudentes con los contenidos y manifestaciones, verbales o icónicas. ¡Ojo con urdir ningún complot ni criticar a la vecina del quinto! Lo más privado e infranqueable es tomarse un café y practicar la conversación según los usos analógicos 
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 Alguien puede "jaquearnos" anónimamente.



Los dictados del futuro



El gobierno francés ha anunciado recientemente una serie de medidas en materia educativa con la que se pretende, según su ministra de educación, contribuir a la "refundación de la escuela”. El nuevo programa, que apuesta por una pedagogía de entrenamiento cotidiano y repetición, recuperando para ello los dictados diarios y los ejercicios de cálculo mental, ha suscitado todo tipo de críticas. Curiosamente, la responsable de la educación nacional y de la presente polémica es una de las más jóvenes y modernas figuras del gobierno socialista francés. A pesar de ello, la reforma no ha contado con el apoyo político del sector más progresista, que ve en estas medidas un retroceso metodológico, una innecesaria vuelta al pasado académico. Mientras, los conservadores aplauden. Para nuestros vecinos, la educación ha sido siempre una cuestión de Estado, aunque ahora se haya abierto una batalla política en torno a la reforma prevista para el próximo curso. Otra vez mezclando el agua con el aceite; la educación no entiende de ideologías, oiga.


Cuando conocí la noticia el pasado mes de septiembre me resultaron curiosos algunos planteamientos. Las leyes de educación, al menos la española, se han ido reformulando para estar en sintonía con los tiempos modernos, o, al menos, ese es el bienintencionado propósito de cuantos gobiernos cogen las riendas. Sobre el papel no se habla más que del aprendizaje por competencias, de la aplicación de las nuevas tecnologías a la enseñanza y de pizarras digitales. Parece claro que la escuela tiene que mirar hacia el futuro y que hay que capacitar a los estudiantes para salir a su encuentro con el mundo, cada vez más global y tecnológico. Nada que objetar. Lo que sí sería interesante es que las instituciones educativas se parasen a observar la realidad de las aulas y emitir un diagnóstico de la situación presente antes de lanzarse a fantasear con el futuro.

Muchos se hacen cruces si hablamos de hacer dictados, de trabajar el cálculo o la memoria. Son medidas para algunos pasadas de moda. Queremos formar alumnos competentes, pero hay que recordar que la competencia se adquiere andando. Siempre les digo a los alumnos que, lamentablemente, vivimos en una sociedad en la que una significativa parte de la población es “analfabeta funcional”, es decir que sabe leer y escribir, pero ni lee ni escribe. Ellos se enfadan mucho; les duele el amor propio y apelan a que se comunican, escriben mucho y leen mucho a través de aplicaciones como “Whats’app” o Facebook. Lo que les explico a continuación es que en las redes sociales llevamos a cabo lecturas discontinuas, fragmentarias y que no siempre contribuyen a ampliar nuestro conocimiento sobre la lengua. Tan pronto hacemos una lectura en voz alta o realizamos algún trabajo escrito se evidencian las dificultades, tanto en la fluidez al leer como en la ortografía o la misma caligrafía (muy competentes con los pulgares sobre la pantalla, pero cada vez más torpes con el bolígrafo sobre el papel). Estoy hablando de alumnos de secundaria que, en su mayor parte, accederán al bachillerato y después a la universidad. Los problemas aparecen tanto en los aventajados como, lógicamente, en los que presentan problemas en el aprendizaje; es decir, se trata de una disfunción generalizada.

Ante una situación como ésta, deberían saltar todas las alarmas, sobre todo si tenemos en cuenta que la lengua materna es la llave que les abrirá las puertas de todas las demás materias. No podrán estudiar Historia si no saben descifrar los textos del libro. La solución pasa por ampliar la carga lectiva en la asignatura de Lengua (¡hasta cinco horas semanales en 1º y 2º de la ESO) y, hala, todo listo. ¡Cuánto español vamos a saber! Y, a pesar de ese refuerzo, los chavales van pasando de curso con las mismas faltas de ortografía y el mismo nivel de lectura y, lo que es peor, sin saber dar forma con palabras a su pensamiento construyendo mensajes complejos y correctos. Algo sigue fallando. ¿Nadie se ha dado cuenta? Claro que sí.

Suelo explicar en clase que la gramática viene a ser algo así como un libro de instrucciones con el que aprender a “montar” nuestro mueble de "Ikea" que es el idioma español. Los hablantes construimos mensajes lingüísticos partiendo de los elementos más pequeños, los sonidos, hasta alcanzar los más elaborados, los textos, y para ello contamos con la gramática, que nos dicta las normas para el correcto montaje, para que no se nos venga abajo nuestra obra. Pues bien, los libros de lengua nos ofrecen estas instrucciones gramaticales por fascículos y de manera recurrente, es decir en todos los cursos se estudian las mismas cuestiones (solo se amplía mínimamente la dificultad del concepto en cuestión) y se presentan “en pildoritas” en las distintas unidades que componen un libro de texto, de manera que, al menos desde mi punto de vista, se pierde la visión de conjunto, el hilo argumental que une los distintos apartados. “Chicos, es como si estoy cuatro años explicándoos las técnicas de natación, cómo mover los brazos, cómo mover los pies, cómo sacar la cabeza para respirar o cómo colocaros el gorro y termináis la etapa de instrucción sin saber nadar o, incluso, sin haberos tirado a la piscina”. A los alumnos se les empieza a hablar del sustantivo o del adjetivo con ocho años y llegan al instituto sin saber distinguirlos o sin saber los tiempos verbales, así que no hablemos de saber cómo utilizaros. Parece claro que con la estrategia de ir estudiando una y otra vez el sustantivo (ese gran desconocido) no vamos a conseguir nadadores olímpicos.

Mis conclusiones son varias. Por un lado habría que reservar el estudio teórico de la lengua a la etapa secundaria y abordar la gramática (clases de palabras y oraciones) en una sola entrega (repartida a lo mejor en dos cursos), dejando que los niños en la escuela primaria se dediquen a lo único que les va a convertir en hablantes competentes de español: leer y escribir. La experiencia de la enseñanza del inglés en nuestro país debería servirnos para aprender de los errores. Generaciones y generaciones de estudiantes han dedicado años a estudiar el verbo “to be” o el estilo indirecto y son, hoy por hoy, incapaces de soltarse a hablar inglés con un nativo. De la misma manera, no por mucho volver y volver sobre el sustantivo o el adverbio (que, por cierto, no atinan nunca a identificar) aseguraremos que nuestros jóvenes sepan escribir o hablar con soltura y corrección. Apostaría, incluso, por la reducción de horas de Lengua, empleadas en su mayoría a repasar temas teóricos que no parecen dar frutos, a favor de otras materias que han ido perdiendo peso en el sistema educativo y que contribuirían a su formación humanística, les darían contenido como personas. Menos gramática teórica, pero bien impartida e hilvanada, y más práctica, más libros, más oratoria, más reflexión, más música, más arte y más verdadera competencia comunicativa. Esto quizá no resulte provechoso para el negocio editorial, está claro.

Y, llegados a este punto, al de la cuestión práctica del lenguaje, no me parece nada descabellado ni anticuado el dictado. Quien lo juzga arcaico quizá esté pensando en el sentido autoritario del asunto, en que “dictar” implica que uno dice lo que otro tiene que hacer. A nadie sorprende que los estudiantes de inglés tengan que superar pruebas de comprensión oral, el conocido como “listening”, ya que parece razonable que hay que entender lo que se escucha. Lo mismo ocurre con el español: hay que interpretar un mensaje oral y transcribirlo con corrección. Cuanto más lean y escriban mejor se les dará el dictado. ¿No os parece más desfasado educativamente explicar la lengua con libros de texto que vuelven y revuelven los aspectos gramaticales, las reglas de uso (que en realidad no son tantas ni tan complejas)?

Yo soy una recién llegada y seguro que habrá muchos compañeros que cuenten con más elementos de juicio. De todos modos, la verdad es que el actual sistema no resulta nada satisfactorio, porque los jóvenes alcanzan la edad universitaria con un gran desconocimiento de la lengua materna. Si, como les digo a los alumnos, el lenguaje humano apareció como consecuencia de nuestra inteligencia y ésa es la cualidad que más significativamente nos diferencia de las demás especies animales, resulta triste que, rozando la edad adulta y preparándose para ejercer una profesión cualificada, los jóvenes no estén capacitados para plasmar su pensamiento complejo a través de los signos lingüísticos, aun habiendo pasado años estudiando el sustantivo endemoniado y descifrando el complemento directo o el indirecto, que a todos atormentan, sin atinar a saber en qué pueden ayudarnos ni adónde nos conducen.

No sabía en qué momento sería oportuno lanzarme con la iniciativa. Un día en que estaban todos muy agitados, y en el que no encontraba la manera con la que empezar la clase, dije “hoy, dictado”. De esto hace tres semanas. “El objetivo no es sólo que empecemos a concienciarnos sobre el correcto uso de nuestro idioma y mejorar la ortografía; vamos a trabajar primero el silencio, que doy fe de que os cuesta horrores morderos la lengua; en segundo lugar, la escucha activa, diferenciar palabras pronunciadas oralmente y transcribirlas lo más ajustadamente posible a la norma, cuidando la disposición de nuestra escritura, en armonía con el espacio en blanco del papel, y entrenando nuestra habilidad motora con el boli. ¿Entendido? No me devolváis los dictados una vez que hayan sido corregidos. Quiero que al final del trimestre podáis comprobar vuestra evolución”. La reacción no se ha hecho esperar, del “puf, qué rollo, profe” al “hala, solo he tenido dos faltas”, pasando por el “¿cuándo dices que tendrás corregido esto y cuánto cuenta?”. ¡Están motivados y han empezado a concienciarse de la necesidad de esforzarse por hacerlo bien! Un llamamiento a los colegas de otras materias: debemos darle valor entre todos al uso correcto del español, así que os pediría que no paséis por alto las patadas a la gramática o al diccionario. A los padres os diré que dosifiquéis el consumo tecnológico y los devaneos por las redes de vuestros hijos y que para las Navidades hagáis un buen regalo, uno que puede ayudarles en su futuro más de lo que imagináis. No importa si es un cómic al uso, un manga o un “best seller” juvenil. En las páginas del libro hallarán muchas claves para entender su idioma y para entender el mundo.



Los dictados del futuro (2ª parte).
"Actualizando el dispositivo ortográfico..."
(...) "No me devolváis los dictados que vaya corrigiendo, chicos. Guardadlos para que al final del trimestre podáis comprobar vuestros progresos. En esta ocasión no voy a puntuaros numéricamente, es decir no se descontará 0,1 por cada tilde y 0,25 por cada falta de ortografía.
Voy a establecer unos tramos de evaluación con la intención de valorar vuestro trabajo, pero desdramatizando la penalización. Una "A" para quien consiga una redacción impecable o mínimamente fallida; una "B+" si habéis tenido unos tres "tropezones menores"; obtendrá una "B" (sin pluses) quien haya estado más despistado y acumule entre 5 y 7 errores (dependiendo de la gravedad, que hoy me he encontrado un "avia bisto" y con una de éstas os caváis directamente la tumba del boletín de notas).
Ojo si vamos acercándonos a la "B-" o "B--" (con lindezas varias como "Hera", como pasado del verbo "ser", en oraciones del tipo "Mi madre HERA muy guapa" o invenciones léxicas como "reloGes", "oja lata" o "Bulgar"), porque, llegados a ese punto, estaréis al borde del precipicio y mi paciencia con vosotros, allí, a punto de saltar. Rebasados los 15 atropellos a la gramática del español daré por hecho que mi misión como profe de lengua es absurda con alumnos que "hablan algo que no entiendo"; quizá me resulte más fácil descifrar el mensaje de un marciano que enfrentarme al dictado de quien escribe con extrañas palabras que pretenden, perezosamente, parecerse al español.
Tercer lunes de dictados en 2º de ESO:
- "Pues se van notando ciertos avances, ¿eh?". Marius, mi "pequeño "hacker" anónimus, explica muy orgulloso: "Yo no puedo evolucionar más, profe; yo ya tengo una A".
- "Entonces, Marius, preocúpate de mantener la marca, de no bajar la guardia y de no confiarte, que nadie es infalible".
-"A ver, ¿alguien más tiene una"A" en el dictado?".
-"Si no recuerdo mal, Daniel y Samuel lucen sendas "aes" en sus hojas" -contesto-.
La cara de Marius se muestra en ese momento un poco decepcionada, aunque no parece envidiosa. "No creo que sea bueno que estéis todo el día comparándoos, Marius. No siempre podemos estar al 100% para conseguir trabajos impolutos. Además, hay que asumir que, en este mundo, siempre nos vamos a encontrar con gente más lista, más guapa, más alta, más simpática, o menos. No merece la pena compararse con ninguno de ellos. Somos todos extraordinarios simplemente por ser nosotros y, si tiene que haber un rival, no lo busques fuera, en tu compañero de al lado; si quieres trabajar duro, cosechar éxitos y celebrarlos, compite únicamente contigo mismo. Intenta superarte; esfuérzate por conseguir cada día una mejor versión de ti mismo. Que el Marius y la Emilia de hoy mejoren a los que fueron ayer. La satisfacción cuando se consigue es mucho mayor que si pretendemos medirnos en comparación con otros. Cada uno tiene unas habilidades, un ritmo, un estilo. El rasero ajeno nos provoca ansiedad y frustración. Más vale mirar para nuestros adentros, conocer nuestro potencial y nuestras limitaciones, esforzarnos por conjugar ambos y obtener un buen rendimiento...".
La profesora concluye la improvisada sesión de "crecimiento personal" sin saber si lo habrá explicado bien. Marius, de palabra firme y serena, entonada con aires del Este, sintetiza el discurso con una sentencia cristalina que refleja el pensamiento tecnológico adolescente: "¿Quieres decir, profe, que tengo que actualizar mi "software" cada día, para mejorar los "gadget" de mi "App", como en el "messenger", y conseguir un dispositivo mejor?...".
-"Ejem... Marius... Eso es. Ni mil palabras más. Te veo mañana con la "App" actualizada."

El dardo envenenado


Hoy, por primera vez en este curso, me he visto obligada a amonestar por escrito a un alumno, a uno que, paradójicamente, me cae bien y a quien tengo por buen chaval. Suelo rehuir de los llamados “partes” en clase, porque considero que hay cuestiones que es preferible gestionar recurriendo al diálogo y a la reflexión, para que de ellos aprendamos todos, no sólo el alumno reprendido. Ante una actitud inadecuada, como por ejemplo hablar a destiempo o lanzar bolas de papel, me parece que resulta más constructivo parar la clase y tratar de convencerles y concienciarles sobre lo absurdo de su comportamiento, sobre el perjuicio que se ocasionan a ellos mismos y al grupo. Si cada vez que un alumno habla con el compañero u olvida su material, pongo un parte verde, la medida termina devaluándose: sólo podrán empapelar su habitación de hojas de colores y, si los padres andan implicados en su educación, que no siempre esto ocurre, puede que también atesoren restricciones varias, en el uso del móvil o el ordenador, o alguna reprimenda verbal. Finalmente, este tipo de apercibimiento deja de resultar efectivo como medida correctiva: si no hay un trabajo de fondo, en el aula o en casa, con el que padres y profesores reforcemos las conductas positivas, de nada servirán cuantas sanciones impongamos, incluso cuando éstas conlleven la expulsión temporal del instituto.

Éste ha sido mi planteamiento de partida en todos los centros, también en aquéllos en los que he tenido que trabajar con alumnado de necesidades específicas, a los que se suele mantener a raya a base de partes y expulsiones. Ellos empiezan a enmendarse cuando comprenden el impacto real que sobre sus vidas tiene o tendrá un comportamiento inadecuado. Para ilustrar el caso, aportaré la anécdota de cuatro alumnos que por estar jugando de manera salvaje terminan rompiendo el cristal de la caja protectora del extintor anti incendios. Vuelven al aula, nerviosos, pero contentos de no haber sido vistos por nadie. Su inquietud y palabrería les delatan y deciden contarme a mí lo sucedido; quieren “liarme” para que, en un alarde de “profe guay”, me convierta en su cómplice y me calle: “Profe, ¿a ti qué más te da? Cállate; ¡Si no, no vamos a confiar más en ti!”. Yo tenía dos opciones, imponer una sanción grave o muy grave o trabajar el fondo. “A ver, chavales, uno tiene que asumir siempre las consecuencias de sus actos, punto primero. Si como decís, no ha sido intencionado, sino fruto de un accidente, razón de más para que vayáis a dirección y contéis lo sucedido; así estaréis comportándoos honradamente, aunque ello implique asumir la sanción correspondiente, como el pago del cristal o una expulsión. Y, por otro lado, poco me queréis en verdad vosotros si me pedís que no cumpla con mi función como profesora y haga la vista gorda. Yo no soy vuestra colega, aunque os tenga aprecio; soy profesora y quiero enseñaros cómo comportaros en la vida. Si dejo pasar esto, creeréis que todas las acciones son gratuitas y que uno puede hacer lo que le plazca, y no es así”. Se levantó Nano, asiduo a la patada al espejo retrovisor de los coches de su barrio, y dijo “venga, profe, que yo voy a hablar con “la Rocío” –la jefa de estudios – y lo confieso”. Así fue. Tanto sorprendió y se valoró el cambio de conducta que no se les hizo ni pagar el cristal.

Ahora bien, mis alumnos saben desde la primera clase que hay cosas por las que no paso. Pasen los avioncitos ocasionales, los chismorreos cuando me vuelvo a la pizarra o, en el colmo de mi paciencia, el “tablao” flamenco e “improvisao”… Pero los insultos y faltas de respeto, no hacia mí, sino hacia otros compañeros, no pasarán, y seré implacable. A la primera, aviso a navegantes: “¡Ojo a esas bocas que andan sueltas!”. Y hoy ha sido el día en que mi querido alumno se ha zambullido en aguas turbulentas.

El ambiente era muy distendido. Les acababa de pedir que escribiesen sobre el amor, sobre el vivido o el soñado, pero que me hablasen de su percepción sobre este “sustantivo abstracto”. Yo acababa de contarles una anécdota sobre un amor de adolescencia. Una de las niñas, la que suele andar más dispersa con asuntos varios que nada tienen que ver con los libros, ha dicho antes de empezar, con cierto tono de pena: “Yo no creo en el amor, profe…”. Y su compañero, al que tiene por buen amigo, y que necesitaba llamar la atención del grupo diciendo una barbaridad que despertara la risa, apostilla: “A ti es que no te interesa el amor, hija; a ti sólo te interesa…”. Sus obscenos gestos con las manos y sus vulgares sonidos han completado la oración inconclusa. La chica ni se ha inmutado. Su “amigo”, con cara de boba satisfacción. Entonces, he levantado la vista y se han abierto los mares.

-“¿¡Pero un parte me vas a poner!? ¡Si a ella le da igual lo que le diga! ¿No sabes que somos amigos desde pequeños y es que nosotros nos entendemos así, que no es que yo quiera ofenderla? Ella también me llama gordo y gilipollas!”.

-¿Y tú crees, muchacho, que yo puedo venir aquí a explicar lengua, los dichosos verbos y sus endemoniadas conjugaciones, si mis alumnos resulta que no saben comunicarse más que a base de insultos, improperios y despropósitos varios, aderezados con todo tipo de gestos, atentando contra su integridad moral, contra la del compañero y contra la del grupo? Pero ¿en qué clase de adultos os vais a convertir si no sólo no nos dejáis daros contenido, sino que desconocéis las mínimas formas de civismo y comunicación? ¿Para qué tanta red social y global, si lo único que sabemos decir a la sociedad y al mundo son insultos? Y si eso es lo que le dices a quien consideras tu amiga, ¿qué apelativo regalarás a un desconocido? Lo siento mucho, pero es intolerable tu comportamiento”.

Las palabras, el lenguaje, nos identifican como seres inteligentes. Nuestras palabras dejan siempre huella en el otro, positiva o negativamente. Pueden enamorar o despertar el odio más acérrimo; pueden provocar una sonrisa y ser fuente de placer o reavivar los más oscuros fantasmas en el otro. Tenemos una enorme responsabilidad sobre el uso que hacemos de nuestro lenguaje. Podemos ocasionar guerras mundiales o forjar grandes amores. La palabra puede ser un dardo envenenado o una flecha de Cupido. Es el espejo de lo que somos, de lo que llevamos por dentro. “Por eso, chaval, porque te tengo por buena persona, me entristece comprobar que de tu boca sólo salen palabras malsonantes, que ofrecen una imagen muy pobre de ti, y, lo que es peor si cabe, de tu compañera, a la que llamas tu amiga; aunque parezca no importarle tu insulto (ya hablaré con ella sobre esta cuestión y sobre la necesidad de hacerse respetar), ¿qué pueden pensar de ella quienes no la conozcan e ignoren que para vosotros es normal tratarse así entre amigos?”.

Lamentablemente, la situación que os he retratado no es un caso aislado. Se está extendiendo entre nuestros jóvenes un estilo de comunicación en el que impera la agresividad y el lenguaje soez. Han normalizado tanto este registro que no llegan a entender ni la reprimenda. “Profe, ella sabe que no quiero ofenderla porque no sólo importa lo que se dice, sino dónde se dice y cómo -me explica el alumno a modo de clase magistral- y tú no tienes por qué decirme lo que puedo o no puedo decir a quien yo quiera y donde yo quiera, porque a vosotros os pagan por que nos enseñéis lo que nos tengáis que enseñar, no para decirnos cómo tenemos que hablar”.

“En la calle, o en el pasillo si quieres, podéis establecer el código con el que os queráis relacionar; será igualmente inapropiado y vulgar, pero lo habréis acordado entre ambos y os tendréis que responsabilizar de sus consecuencias. Ahora bien, en mi clase, en nuestra clase, donde tenemos que convivir y adonde venimos a aprender, a formarnos, a escuchar, a expresarnos libre y ordenadamente, aquí no se van a consentir salidas de tono ni comportamientos soeces. Y no, a mí no me pagan sólo por explicar Lengua, a mí me pagan, o así lo entiendo yo, por contribuir a tu desarrollo como individuo, por dar apoyo a la educación que deberías traer interiorizada de casa y muy mala profesora sería si cerrase los ojos ante vuestras desbandadas y atropellos verbales. Nadie me va a convencer de lo contrario; antes de hablar, el cerebro tiene que procesar. La gente no va por la calle soltando por su boca lo primero que piensa. Pensamos, filtramos y luego hablamos. Y, si no lo hacemos, el conflicto estará servido”.

Sin duda, éste es un muy mal síntoma. Los adultos del futuro son estos chavales para quienes el lenguaje ha dejado de ser una proyección de su inteligencia. La sociedad de consumo y del espectáculo y las instituciones que mueven los hilos de este gran teatro les han desprovisto de contenido, de cultura, de intereses, de valores. A muchos, a demasiados, les han terminado convirtiendo en consumidores pasivos de audiovisuales, en espectadores de series y programas televisivos nada ejemplares ni edificantes, donde la tónica general a la hora de relacionarse con el otro pasa por el insulto y la ofensa continuos. De nuevo, el poder de la palabra. La que viene envenenada, la primera vez no parece amarga, pero, poco a poco, va haciendo mella, va socavando nuestro interior hasta provocarnos daños irreparables. La palabra bella no sólo se creó para la poesía y el embeleso amoroso, que también, sino para convertirse en la bandera que cada uno debe ostentar, en señal de paz si es blanca, de amor si es roja o azul si quiere transmitir sabiduría. Que cada uno elija su color, que embellezca su lenguaje conforme a sus intenciones y a su estilo, pero no dejemos que aquello que nos convierte en seres especiales, el don de la palabra, sea vapuleado por el mal gusto y la ignorancia. Debemos pasar un buen testigo a las generaciones que vienen. Los jóvenes no sólo deben convertirse en los más avezados en cuestiones tecnológicas; deben también conservar el patrimonio de la palabra, de la certera, de la hermosa, la que hable de nosotros a los demás, con la que replicar educadamente al adversario, con la que enamorar al ser amado, con la que reivindicar nuestros derechos, con la que hablar con nosotros mismos en continuo y terapéutico monólogo…

Comparto para acabar una frase que me ha llegado curiosamente hoy, cuando más la necesitaba, a través de un gran profesor, de esos que no miran para otro lado, José María Jiménez Cano. No tiene desperdicio ni lo que dice ni la biografía de quien lo dice. Ahí os lo dejo.

“Las palabras pueden actuar como dosis mínimas de arsénico: uno se las traga sin darse cuenta, parecen no causar problema alguno, pero al cabo de un tiempo se produce el inevitable efecto tóxico”.

VÍCTOR KLEMPERER [2006: 14]
Víctor Klemperer (Landsberg an der Warthe, actual Polonia, 1881-1960) fue un periodista, filólogo y escritor alemán de origen judío. Cuando el nazismo llega al poder en Alemania, es destituido de su cátedra de Filología de la Universidad Técnica de Dresde. Desde entonces, y trabajando ya como simple obrero, se dedicó a recoger en un diario sus reflexiones sobre la manipulación del lenguaje que empleaban los nazis, y de cómo impregnaba a toda la sociedad alemana. Estas anotaciones se plasmaron en su obra de 1947, Lingua Tertii Imperii: Notizbuch eines Philologen (La lengua del Tercer Reich: Apuntes de un filólogo), de donde procede la cita empleada.
( Cf. Luis Carlos Díaz Salgado. UNIVERSIDAD DE SEVILLA).



Los juglares del futuro...


Clase de literatura medieval: explicación introductoria y lectura de textos. "Los juglares o esos artistas callejeros que, entre versos y malabares, distraían e informaban a las gentes con sus cantos de los hechos heroicos, de las gestas pasadas... Había que ganarse la vida y el espectáculo narrativo congregaba al público y llenaba la faltriquera...".

Un alumno anda desplomado sobre la mesa. Última fila. Se ha atrincherado detrás de los compañeros y busca cobijo sobre su mochila. Un avión de papel viene y va en cuanto bajo los ojos y miro hacia otro lado. Otros colaboran en la guasa, silenciosa pero molesta e irritante.

Clavo los ojos sobre el alumno en cuestión, al que llamaré el "juglar holgazán". Me cae bien, aunque no hace nada ni en mis clases ni en las de ninguna otra materia. Tiene capacidad para convertirse en el "alumno estrella" y se conforma y contenta con ser el "alumno mueble".

- ¿Naciste aquí, alumno-juglar holgazán? ¿Cuándo llegaron tus padres a España?
- Yo nací aquí, profe. Mis padres vinieron en 1999, contesta con una leve sonrisa, no arrogante, sino más bien avergonzada.
- ¿Y te has parado a pensar alguna vez en lo duro que debió ser para tus padres llegar a un nuevo país, hacerse con nuestros usos y costumbres, aprender el idioma? ¿Qué sacrificio debió suponer abandonar no por gusto, sino por necesidad su patria y conseguir un trabajo para dar de comer a los hijos y sacar la casa "pálante"?
¿Y qué crees que pensaría si pudiese verte hoy por un agujerito? ¡Qué tristeza y decepción sentiría yo si viera que, después de tanto esfuerzo y desvelo, mi hijo no valora ni aprovecha la vida que le he procurado y que se dedica a calentar la silla y a mostrarse indiferente hacia sus mayores! Cada día perdido es una oportunidad que no vuelve, chaval.

No hablo solo para él porque sus padres vengan de fuera. Cualquiera de vuestras familias ha tenido que hacer muchos sacrificios personales, económicos y emocionales para poneros en el mundo y facilitaros un equipamiento de serie: alimento, ropa, casa, recursos tecnológicos, seguridad, futuro... Un sistema educativo público y gratuito a vuestra disposición en el que vuestras familias han depositado toda su confianza. Profesores preparados y conscientes de lo complicada e importante que es su misión. ¿Y qué hacéis vosotros? Creéis que todo cae del cielo y no nos cuesta nada a los padres, a los profesores, a la sociedad en su conjunto. Todos hemos sido adolescentes; yo he sido un poco como tú y como tú, pero fui capaz de darme cuenta a tiempo de que ¡quería hacer algo con mi vida!

-Yo llevo casi tres años calentando la silla, pero ya sé qué quiero hacer -comenta una compañera-.
- ¿Os imagináis teniendo hijos en el futuro?
-Anda, claro, profe.
- E imagino que querréis poder darles lo mismo, como poco, que os han dado vuestros padres... Pues para eso hay que trabajar y para trabajar hay que aprender una profesión o un oficio y para eso hay que venir al instituto a estudiar, no a calentar sillas ni aderezar el mobiliario del centro.

"A ti, juglar holgazán que no quiere ni estudiar ni trabajar, si pudiera venir a verte desde el futuro "tu yo de dentro de quince años" a contarte en qué se ha convertido tu vida por no hacer hoy por hoy nada con ella, a buen seguro que entraría por la puerta y se te acercaría a darte dos tortas y a decirte, "espabila, muchacho, que el mundo está ahí fuera y no pone las cosas nada fáciles. Tu futuro te espera...".

Silencio en el aula, caras de "pues va a ser que sí". Y continúa la clase: "Rodrigo Díaz de Vivar, caballero de la corte de Alfonso VI a finales del siglo XI y conocido con el sobrenombre de "El Cid"... ¿Sabéis cómo se llamaban su caballo y su espada? ¿Cómo que no?...".