jueves, 14 de enero de 2016

Llanto de arena y sal



Dibujo de María Santamarina González, 2º de ESO: "Representa el amor de todas las madres hacia sus hijos".
Se va acercando el final de un año que nos deja cifras desoladoras. Según informan las Naciones Unidas, hasta el mes de octubre de 2016 han muerto o desaparecido en el Mediterráneo al menos 3.800 personas; de media se traduciría en unas 12 al día.

Huyen de la guerra, del hambre y de la miseria. Se lanzan con los ojos cerrados a un peligroso periplo que, tras cruzar en muchos casos medio continente africano, les termina dejando en manos de unos desalmados que trafican con sus vidas.

"Seguid las luces, que allí está Europa; allí os recogerán". Y, así, montados doscientos donde sólo caben ochenta, amontonados (adultos jóvenes, pero también mujeres, embarazadas o con niños pequeños), se adentran de noche al encuentro con la muerte. El que dirige el rumbo hacia la luz no sabe que, en el horizonte, no hay más que unas plataformas petrolíferas que distan aún mucho de las costas europeas. Tampoco sospecha que, antes incluso de alcanzar esas luces, el motor del "dingui" dará de mano, porque sólo le pusieron combustible para poder recorrer la quinta parte del trayecto. Y ninguno de los doscientos soñadores imagina que ni Europa es un paraíso ni sus gobiernos abren fronteras al que arriba a sus playas. Para aquellos que los equipos de rescate devuelven a tierra, el destino les reserva aún mucho sufrimiento y precariedad.

Como la educación en valores es un tema transversal en las aulas y resulta necesario acercar otras realidades a los alumnos para combatir la indiferencia y alimentar la empatía hacia el desfavorecido, he compartido estos días el texto "Llanto de arena y sal". A través de esta historia he tenido ocasión de explicarles un drama actual (dos mil personas han perecido en la última semana) que pone en entredicho la protección de los Derechos Humanos por parte de los gobiernos democráticos.

En la segunda parte de la actividad han sido los alumnos los que han redactado sus propios relatos o artículos, demostrando una sensibilidad admirable en niños de su edad. Varias alumnas han preferido plasmar sus emociones a través del dibujo y la acuarela. Muchos ya conocéis este texto, publicado a principios de este año, pero os invito a que volváis a él, sobre todo para ver los nuevos trabajos de estas alumnas. A mí me han encantado. ¿Qué opináis vosotros?

Ana Martín Blas, 2° ESO.


LLANTO DE ARENA Y SAL

"...Vida mía, ¿por qué cierras los ojos? ¿Duermes…? Debes estar agotado del viaje. Déjame que te limpie la carita de arena y sal. Te cantaré como a ti te gusta, suavecito, esa nana que me enseñó a mí mi abuela y a ella, su madre. Tienes las manitas heladas; las yemas de tus dedos están demasiado arrugadas. No me asustes; esa piel morena tuya se me antoja ahora azul, casi violeta, como ese mar furioso que ahí recela.

 ¿Por qué nos fuimos, dices? Yo fui de raza soñadora, ¿sabes? Crecí descalza, bruñida al sol, con los huesos pegados al alma y a la piel de tanta escasez, escasez de agua, escasez de grano, escasez de carne para alimentar nuestra negra estirpe. El cuerpo enjuto, pero siempre colmada de los espíritus de mi tribu, del fuego, de la tierra seca, del cielo limpio de nubes y de lluvia. Si uno siente el calor de los suyos, la música y la danza rituales, no importa el hambre, no importa el calor asfixiante o el frío de la choza.

Tienes el pelo pegajoso, pobrecito mío, tantos días sin apenas comer ni beber. ¡Qué endemoniada leche iba a salirme para saciar tu sed! ¿Sientes calor? Esta arena arde; mi pañuelo te protegerá del sol. Tranquilo, vendrán.

Fui feliz hasta que la muerte se llevó al más pequeño de mi casa. Vi a mi madre llorar desgarrada, culparse de todo, de su miseria, de su tragedia. Y me dije, “no, a mí no; a los hijos que la vida me dé no les pasará”. Me contaron que al otro lado del desierto, cruzando el mar, otra tierra brindaba prosperidad, agasajaba al que llegaba con una casa, un plato caliente, un pupitre para los hijos, vendas para las heridas del presente, medicinas para no morir ni de hambre ni de pena.

Vendiendo mis piezas de barro, pintadas con los rojos de mi tierra, en el mercado de aquella aldea, fui sumando monedas. Decían que el viaje sería largo y costoso. Mis hermanas quisieron convencerme de que no me marchase. Ya era tarde. Mi bebé estaba ya de camino; aquel hombre con el que me obligaron a ser mujer no podía esperar… ¡Así se lo lleve la furia del mal a “la cueva de los muertos”!

Dibujo de Julia Hernández, 2º de ESO. Representa la llegada a las costas, después del largo viaje y el sufrimiento, donde espera un futuro mejor para su hijo.

 
No me queda tiempo. En este hato improvisado llevo todo lo que tengo en el mundo y aquí,  en mi vientre, lo que la diosa madre va a regalarme. Ha llegado el momento de comprar con mi latón un asiento en esa barca. No me gusta la cara de ese individuo que vende sueños de ultramar; tiene ya los bolsillos llenos, pero creo que su corazón debe andar vacío y su carne, sin alma.

Había pasado más tiempo del que creía. Meses, estoy segura. Cruzando el desierto sentí tu llamada desde dentro. Venías. Estabas a las puertas del mundo. No me daría tiempo a llegar hasta el mar. Ni sé cómo te alumbré; ni entiendo cómo no me quedé por el camino, anegada en sangre y mugre. “No falta mucho”, prometían; así que te até contra mi pecho con el mismo pañuelo que ahora te arrulla. Los pies magullados. Mi recién carne parida, sollozando y tiritando. Nada podía pararme. Yo quiero zapatos para este hijo. Pan y carne en mi mesa. Un lecho caliente donde abrazar a la única persona que me queda y donde descansar los huesos que ya apenas caminan, se arrastran tras la luz de la esperanza.

Me dolía el estómago; sentía el fuego en mi cabeza. Hacía días que sobrevivíamos con pan seco y agua turbia, pero de mis pechos algo mágico debía brotar, pues tú respirabas y seguías nuestro paso acurrucado a mí. Camina. No pares. Ya llegas. Oigo la furia azul romperse en esta orilla. Hay que llegar al otro lado. Allí está nuestro nuevo hogar.
Acuarela de Lara García, 2º A: "He querido plasmar la visión desde la balsa; si se dirigían a la luz llegarían a Europa. En realidad, sólo eran las luces de las plataformas petrolíferas".

¿Puedes oírme, pequeño mío? Este sol calienta, pero me pareces frío. ¿No hay nadie? ¿Dónde estáis? Mira, flota allí lo que queda del sueño. ¿Quién podrá vivir para contarlo? No me culpes, hijo. Sólo quise regalarte vida, vida con futuro, presente sin hambre, una ventana con vistas a la felicidad. Me desempolvé la aridez de mi pasado, aun sabiendo que en él se quedaba mi propia sangre, mi pura y ancestral ascendencia africana. Sé que el camino te ha parecido interminable; y nos hemos llevado el azote del salitre. No has tenido aún una cuna donde yo pudiera mecerte y cantarte. Abre los ojos, por favor. Me duele tu silencio y tu gesto inerte. Se me encoge el pecho de pensar que puedo en esta otra orilla perderte. Enjugo mis propias lágrimas sobre la piel de tu cara, con este jirón de blusa y de aliento. Sonríe, que hemos llegado. Mira dónde está tu casa…”.

Por Alberto Fernández Flores, 2° ESO



Acuarela realizada por Itziar Gullón, alumna de 3º de ESO







martes, 12 de enero de 2016

"Gallito 2015", un libro y un mazapán


Entrada especialmente dedicada a mis alumnos cadalseños ;)

Lo primero que le dicen a un profesor a su llegada al CEIPSO (Centro de Educación Infantil, Primaria y Secundaria) "Eugenio Muro", de Cadalso de los Vidrios, en Madrid, es algo así como:

"Bienvenido, nos alegra tenerte por esta buena tierra; comprendemos el esfuerzo de llegar hasta rincón escondido cada mañana. Terminará gustándote esto. Para que te vayas animando, te avisamos de que tenemos un evento escénico en diciembre, cuya organización debes asumir como parte de tu obligación y programación docente...".

-"¿Pues de qué se trata y por qué os preocupa tanto ahora, en septiembre que estamos?".

-"Uy, hija, esta fiesta es centenaria. Generaciones y generaciones la celebran cada año, por Navidad, y representa para las gentes del pueblo una costumbre arraigada, importante e ineludible. Recibe el nombre del "Gallito", en honor a la figura de mazapán con forma de gallo que todos los alumnos del centro reciben por parte de las autoridades municipales como "aguinaldo" y en agradecimiento por su función navideña. En Cadalso, estos mazapanes se llaman así, "gallitos", incluso cuando tienen otras formas, y suelen regalarse en estas fechas".

Pero, para el caso que nos ocupa, el "gallito" se regala a todos los escolares que hayan participado en esta curiosa y trabajada puesta en escena, junto a otro presente, muy valorado por parte de las familias y la comunidad educativa: un libro. Los profesores eligen los títulos más apropiados para cada uno de los niveles, teniendo también en cuenta que puedan formar parte de las lecturas obligatorias del curso, sobre todo en secundaria, aligerando así el esfuerzo económico de los alumnos en la adquisición de material. Se trata por tanto de una iniciativa loable, por cultural y entrañable, por promover la lectura desde hace más de cien años, incluso en otros tiempos en los que la educación no llegaba a todos y un libro representaba a veces un lujo inalcanzable.

"A cambio", los niños deben esforzarse por organizar, ayudados por sus maestros y profesores, una función escénica y musical, que cada año escoge una temática distinta que sirva de hilo argumental para las distintas actuaciones, desde los primeros cursos de infantil, con los nenes de 4 años, hasta las de los chavales mayores, ávidos de jolgorio y presencia sobre las tablas. Los padres, orgullosos desde las gradas del pabellón municipal. El alcalde y acompañantes, conscientes del trabajo que hay detrás, aplauden y se cargan de razones para perpetuar esta tradición, aún cuando haya que competir con los tiempos modernos y prosaicos.

Este año, el tema ha sido "Los ecosistemas. La biodiversidad", nada fácil de articular y llevar a escena, con el oportuno atrezo y la representación diversa y coral de todos los cursos. Han sido tres meses de frenética actividad; los profesores, en especial los más cualificados en esto del folclore y la escena teatral, han tenido trabajo doble o triple, además de las consabidas clases y los reglamentarios exámenes. Los que hemos llegado nuevos hemos participado con expectación y prudente papel.

El resultado, el "día D", no puede dejar indiferente a ninguno en el pueblo. Calidad e ilusión a raudales. Una pena no poder compartir imágenes en las que salgan los niños, los verdaderos protagonistas. Ha sido un día muy intenso y divertido. Todos hemos salido hoy de allí con un libro y un mazapán bajo el brazo. ¡Gracias, Cadalso!


lunes, 11 de enero de 2016

ELA, la ladrona de sueños

Vistas de La Paz, desde El Alto (Bolivia)

Anoche soñé que mis piernas salían corriendo despavoridas de esta cárcel. La brisa me iba envolviendo conforme avanzaba en mi carrera a ninguna parte. Miré al frente y me pareció ver que las hojas caducas sobre el empedrado camino me iban indicando, con el crujir de mis pasos sobre ellas, la dirección, el destino.

Ya casi se me olvidó cuándo y cómo fue. Yo era entonces médico cooperante en La Paz, Bolivia. Junto a aquellos colegas de la ONG hice lo que mejor sabía hacer, curar heridas, atender a aquellos niños desangelados y olvidados, dar medicinas a sus cuerpos y calmar las penas de sus almas.

No sé si podía llamarse felicidad a aquello. Para mí era la primera experiencia en tierra extraña. Desde luego, no fue fácil aprender a vivir en El Alto de La Paz, a 4.000 metros de altitud. Sumado a las extremas temperaturas de su clima de montaña y a la pobreza que asfixiaba la zona en que vivía, cualquier vivencia anterior parecería ridícula. Pero aquel lugar, en principio inhóspito, terminó por atraparme; a lo mejor fue la satisfacción por el trabajo bien hecho o bien la calidez de la gente, el saberse desposeído de casi todo lo material, pero próximo al dolor del otro.

Los vendajes se me cayeron de las manos una soporífera tarde de mayo. Sentí que la extrañeza se me dibujó en el rostro. Como cada día, ponía en orden todo el material que necesitaría en el puesto ambulatorio. Jeringuillas, pinzas, vendajes, suero y apósitos decoraban mi mostrador. No sabía cuándo necesitaría de una de las vacunas que había en la nevera o cuándo tendría que escayolar a alguno de los traviesos que jugaban entre la mugre de la colonia. Al ver que el rollo de venda se deslizó entre mis dedos, comprendí que quizá había llegado el momento de descansar más, de pasar más horas en la cama, dejando reposar los huesos y los pensamientos. El cansancio no es buen aliado para un médico. Todo el mundo allí confiaba en mí; incluso había quienes me veían como un chamán que debía protegerles de la muerte.

No sentí que debiera aún alarmarme. Cerré las contraventanas y me preparé para marcharme con la repetida satisfacción del trabajo bien hecho. Al intentar cerrar la puerta del barracón, no atiné a meter la llave en la cerradura. Después de varios intentos lo conseguí, pero la muñeca derecha fue incapaz de hacer el doble giro. Me paré unos segundos, de pie delante de mi coche; respiré hondo, y me monté en él con decisión, como si nada hubiese ocurrido frente a aquella cerradura del demonio.

La inquietud me persiguió desde aquel día. Era médico y ciertas señales no podían pasarme inadvertidas. No quise alimentar la imaginación, pero en seguida, a las pocas semanas, me di cuenta de que me empezaba a costar caminar con normalidad. No hizo falta que nadie me dijera nada. En unos meses, el debilitamiento del cuerpo era más que evidente; demacrado y con bastantes kilos de menos, el pánico se apoderaba de mí cada vez que sentía un calambre en las piernas o notaba que se me adormecían las manos. No debía esperar ni un día más. Fui a ver a uno de mis compañeros de la ONG, que también trabajaba en el Hospital de La Paz.

El doctor Gálvez se empleó a fondo con todo tipo de pruebas neurológicas y de análisis. La primera resonancia magnética no arrojó unos resultados que digamos muy halagüeños. Efectivamente, todo parecía indicar que el deterioro era galopante y conducía a un abismo de profundidad desconocida. En el hospital concluyeron que, a falta de una segunda opinión, se podía hacer un diagnóstico casi certero: padecía una enfermedad llamada Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA), que en mi caso parecía de origen azaroso ya que no había ningún antecedente familiar. Con sólo escuchar el juicio clínico, se me tornó vidriosa la mirada y el abatimiento arrasó mi, hasta entonces, optimista sonrisa.

Los médicos no podían aventurar cuál sería la progresión ni cuánto tiempo tardaría la musculatura de mi cuerpo en despedirse para siempre del movimiento. Podían ser meses o años. Tampoco supieron hablarme ni de las causas ni de la existencia de ningún tratamiento contra aquella lenta muerte programada.

Al salir de allí, anduve durante más de una hora. Sentí que el gélido aliento de la Muerte se había clavado en mi nuca y no tenía intención de darme esquinazo, como yo habría querido dárselo a ella. Tras de mí caminaría desde el terrible momento en que una venda se escabulló de entre las manos hasta que la parálisis total del cuerpo terminara arrastrándome al definitivo precipicio.

Una vez que mis facultades físicas estuvieron tan mermadas que resultaba imposible seguir ejerciendo la profesión, no había razón para permanecer en Bolivia y comprendí, sin mayor discusión, que había llegado la hora de volver al punto de partida. Mis hijos eran aún pequeños o, al menos, lo suficientemente pequeños para vivir un cambio tan radical con cierta naturalidad. Los niños saben adaptarse a casi cualquier situación nueva: a vivir en otra ciudad, a hacer nuevos amigos, a ir a otra escuela. Pero nunca podrán adaptarse a tener que ver sufrir a un padre. La enfermedad y la muerte nunca están entre los invitados a la mente de un niño.

Lo único que sabíamos sobre aquel mal era que existían otras muchas enfermedades parecidas que afectan a las células nerviosas. La esclerosis lateral amiotrófica deriva en una silenciosa y progresiva atrofia muscular, que, al menos, deja intactas las facultades intelectuales y sensoriales. Desconocíamos cuánto tiempo nos quedaba; mi mujer creyó que lo mejor era tomar ventaja a la enfermedad y procurarme un entorno lo más sosegado posible. En lo más profundo de mi entraña hubiera preferido que la esclerosis, en aquel devastador ataque, acabara, además de con mi cuerpo, con mi razón. Creedme si os digo que convertirme en espectador consciente de mi propia desintegración es el peor final, incluso para cualquier tragedia.

¿Qué me trajo a estas orillas sin mar ni escapatoria y por qué tendré que contemplar, con desolación e ira, mi irremediable naufragio? No hubo Dios que contestara ni calmara el grito ahogado de quien pide cuentas al cielo.

Me llevé de El Alto el nudo en la garganta; no desaparecería ya, nunca. De ella pronto dejó de poder salir el más mínimo atisbo de palabra. No pude articular en versión sonora mi pensamiento. Aprendí a vivir con el silencio, con la impotencia de que mis dos hijos tuvieran que verme hecho casi un vegetal, con los ojos perdidos en la nada. Yo, que tendría que enseñarles a caminar con valentía y determinación por este mundo, me había convertido en un inválido, de piernas muertas y sin camino que andar.

Sea otoño o primavera, siempre que la lluvia o el frío nos lo permiten, salimos a dar ese paseo mañanero. Ella empuja con bastante esfuerzo la silla de ruedas, peleando con los adoquines y las interminables cuestas del pueblo.

Como minúsculos granos de arena, nos deslizamos en esta espiral inexorable. El tiempo nos absorbe a todos, sin excepción. Igual que las aguas del río que el poeta vio avanzar hacia el mar… La vida antes, en El Alto, parecía que sólo era cuestión de seguir navegando por muy turbulentas que fueran las aguas; se trataba de pelear cada día contra la miseria y el hambre de aquellas gentes, de levantarse con ganas de entregarse hasta el final; de curar las heridas de sus cuerpos y de sus mentes. Yo creía que aquello justificaba mi existencia, que era un argumento más que perfecto para la historia que me había tocado en suerte. Pero hay historias que ya conocen su final desde la primera de las líneas del relato. El mío sería el colmo de lo fatal.

Sentado espero su llegada. A veces, en el horizonte se me antoja que no es la muerte, sino otra figura la que viene a buscarme. Presa de mis propias alucinaciones, me parece que soy yo mismo quien camino hacia mi propio encuentro, con paso firme y enérgico, con ganas de preguntar al señor postrado en esa silla de ruedas qué le traerá el porvenir que ahora a mí ya se me ha consumido.

Yo, el de ahora, ya he dejado de caminar; ya veo cuál es el final. No deseo saber nada más de lo que me resta por descifrar. Intuyo y fantaseo con el desenlace, en silencio, para que ella no adivine mi tristeza ni mi sensación de fracaso y acabamiento. Elisa clava sus meditabundos ojos en el horizonte madrileño, que tan nítidamente se ve en días claros desde el Jardín de los frailes. Allí termina siempre nuestro paseo diario y hasta allí, quizá, llegue la muerte a buscarnos.

Vistas desde el Jardín de los frailes. San Lorenzo de El Escorial.

domingo, 10 de enero de 2016

San Lorenzo de El Escorial, el Real Sitio de obligado paso



Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, Madrid.



El día que Felipe II salió triunfante de la Batalla de San Quintín quedó sentenciado nuestro destino. El rey ordenó construir el Monasterio para conmemorar su victoria en aquella afrenta contra los franceses, que tuvo lugar el 10 de agosto de 1557, coincidiendo con la festividad de San Lorenzo, de ahí el nombre del Real Sitio ubicado en El Escorial.

De no haber sucedido aquello, hoy no habría ni Monasterio, ni camino empedrado, ni Casita del príncipe; no habría grandes casas en la ladera del monte Abantos, la vida no nos habría traído hasta aquí, ni a mí ni a las miles de personas que, durante años, eligieron San Lorenzo de El Escorial como lugar de descanso. La historia sería otra, quién sabe quiénes seríamos y dónde estaríamos si aquel rey no hubiera elegido este mágico enclave para construir su sueño de grandeza. Por lo pronto, mi hijo pequeño ya no se llamaría Lorenzo; quién sabe si el mundo que esa nueva generación está a punto de descubrir también tendría otro nombre y apellidos. Creo que el destino de mi familia habría sido distinto, sin duda.

El monarca, hombre de fe y extrañas obsesiones, eligió la sierra de Guadarrama, a escasos cincuenta kilómetros de Madrid, para ordenar la construcción de un universo único, una Ciudad de Dios en cuyas piedras quedasen custodiados el conocimiento y la memoria real. En un primer alarde mistérico, la arquitectura del monasterio parece ser reflejo de coordenadas astrológicas muy precisas. Dicen que es un templo del sol, una magna obra en la que algunos han creído que se halla la mismísima “Boca del Infierno”.  A esta leyenda debió contribuir la historia del perro negro que los monjes vieron merodear por primera vez en 1577, durante la construcción del monasterio. Los aullidos del can encogían el alma de cuantos trabajaban de sol a sol con el granito de El Escorial y al cernirse la noche escuchaban al animal clamar a la luna.

El sueño del rey se rompía también con el lamento perruno, aunque varios monjes intentaron convencerle de que aquello que él creía un heraldo de muerte pertenecía en realidad a un miembro de la corte aquejado de horrosos dolores. Nada calmó su angustia. Felipe II tomó una drástica e inquietante decisión: mandó ahorcar al perro en una de las ventanas del templo, a la vista de todo el mundo; allí permaneció colgado hasta pudrirse. Aquello imprimió un particular sello en la mágica historia del lugar y el inofensivo (y probablemente aterrado) perro se reencarnó en el Can Cerbero, el monstruo que según la mitología guardaba las puertas del infierno. Cuentan las viejas historias que nuestro rey, famoso entonces por ser el regio gobernante más poderoso del “orbe conocido”, presa quizá del pánico que despertaban en él la idea de la muerte y los espíritus del mal, siguió escuchando en el silencio de su alcoba y en el de sus pensamientos, el aullido infernal, aun habiendo sacrificado ya hacía años al pobre animal.

Admirando la sobria fachada del Monasterio no se llega a sospechar la riqueza que alberga en su interior. Cruzo el patio de los Reyes que da la bienvenida al visitante del templo. Desde allí es obligado pasar a conocer la biblioteca; todos quedan maravillados al descubrir sus dimensiones, su belleza y la riqueza de sus fondos. Fue creada para hacer acopio de todos los saberes imaginables y albergar en sus anaqueles ejemplares únicos sobre literatura, ciencia, astrología, alquimia, juegos e, incluso, dibujos y grabados. Una librería del pueblo ha llevado hasta hace poco el nombre de Arias Montano, aquel fraile agustino a quien quedó encomendada la ilustre tarea de reunir para la Biblioteca del rey los fondos bibliográficos sobre todo el conocimiento de la época.

Encaminamos los pasos de nuestra visita al Monasterio hacia los palacios, donde el lugar que más interés despierta es la habitación real, recogida y austera, lugar de ansiado reposo para el monarca y rincón donde llegó a esperar durante más de treinta días una agónica y penosa muerte. Nos cuenta el guía que Felipe II se empeñó, contraviniendo las indicaciones médicas, en ir a morir a San Lorenzo de El Escorial, a despedirse de su querido monasterio. Dicen que el viaje desde Madrid, transportado en silla de manos, duró siete días; todos apostaban a que se quedaría en el camino. Pero no, tuvo que soportar aún altísimas fiebres, sentir hasta el delirio el dolor y el olor de sus llagas y pústulas. No sé qué le atormentaría más, si la proximidad de la muerte o el saberse rodeado de aquel hedor, él que era conocido por su extremada pulcritud y aseo. 

Mientras hablaba el encargado de la explicación imaginé que debieron acudir a aquel lecho de muerte todos sus fantasmas y miedos, incluido el aullido del perro que sacrificó hacía años, y que sólo debía reconfortarle poder escuchar desde su cama la misa oficiada en el altar mayor de la basílica, con la que su habitación tenía comunicación directa. El gran hombre, que se había hecho señor de medio mundo, se desintegraba, literalmente, para encontrar el definitivo final el 13 de septiembre de 1598.

En el silencio de nuestros pasos se intuye el vuelo de una mariposa. Ésta que bate hoy las alas quizá sea la misma que se posó sobre las flores estivales, un día junio de 1571, festividad de San Bernabé, elegido por el rey y los religiosos para abandonar la villa de El Escorial (conocida popularmente como El Escorial “de abajo”) y empezar a habitar el monasterio de San Lorenzo. Entonces dio comienzo un capítulo crucial de la historia de nuestro tiempo y de nuestras propias y pequeñas historias vitales, estoy segura. Cerca de estos legendarios e imperecederos muros uno se siente sujeto a los dictados del pasado, atado al pretérito aleteo de una mariposa que sobrevoló este cielo hace cuatrocientos años.

Entre los días que se escurren nos quedan estas mañanas escurialenses; contemplar el cielo y sentirnos contemplados por él; esperar de cada día su irremediable ocaso, confiando en que se nos sea regalado durante mucho tiempo un despertar más.