martes, 15 de marzo de 2016

Tras la estela de los caballitos de mar...


Quedan pocos como él en esta orilla del Mar Menor. En el llamado barrio de los pescadores no sé si quedará algún maestro de redes y anzuelos, salvo Antonio, "el ausente", como lo llaman desde los años mozos las buenas zagalas de Santiago de la Ribera, que ahora sonríen entre arrugas cuando se les pregunta por el pescador de marras, el del mar en los ojos y el rumbo profundo y lejano.

Cuenta casi ochenta y cinco años y sus dedos, endurecidos por la edad y el salitre, siguen trenzado y destrenzando redes y recuerdos, visiones, ausencias y presencias.

Dice que la vio caminar sobre las aguas, como mecida por ellas y suspendida en la brisa, rozando apenas la suave calma del mar con el fino encaje de su blanco vestido. "Parecía triste, sus ojos estaban cerrados, pero en los labios se dejaba ver un medio gesto de pena". Se acercaba hacia ella; era de noche, ¿qué mejor momento para lanzar las redes en esta pequeña inmensidad salada? Cuando dejó su barca sosegar en las proximidades de la Isla Mayor, la del Barón, y soltó los remos, sintió un susurro envolvente, el agua que rodeaba la embarcación parecía surcada por minúsculas presencias. "Sentí angustia, hasta que conseguí adivinar, con el resplandor de la luz de la luna, que lo que movía el agua no eran sino caballitos de mar, muchísimos, infinitos, hermosos, imposibles de ver ya en esta laguna salada. Y detrás de la comitiva, al pasear los ojos sobre la superficie del agua que separaba mi barco de la orilla de la isla, al final, en la oscuridad brilló ella, señorial y dormida, como alma en apenada busca de paz o que huye en vela".

Antonio, ella no le amaba y él terminó con sus días de princesa rusa en aguas cálidas. El barón de Benifayó, el que fue señor de la isla en tiempos que ya ni se recuerdan, y al que debe el terruño su sobrenombre de "Isla del barón", sufrió cautiverio allí mismo, con ocasión de una visceral afrenta cuerpo a cuerpo: "Yo soy el barón de Benifayó, y en grata hora me batí en duelo con cortesano tan relevante como fue don Diego de Castañeda, y digo fue, pues no puede serlo más después de que mi florete le atravesara el pecho de parte a parte en perfecto lance. Murió el malhayado don Diego y quisieron los cielos que en castigo, fuese yo confinado en singular isla, nacida y reinante en el centro mismo del mar que llaman certeramente, menor".


Tras su liberación y castigo por homicida, decidió comprar la isla, Antonio, y allí construir su palacete de mudéjares contornos, grande de España que era el señor. Y hasta allí llegó, a una de las fastuosas fiestas de la nobleza, la hermosa Ana, o quizá Catrina, la princesa rusa de quien el barón se enamoró. 

No te creas loco, pescador de hipocampos, porque allí la viste, sobre las aguas alzada y virginal. Ella, su joven alma atribulada, huía de quien quiso comprar su afecto y convertirlo en amor. El barón, don Julio Falcó d'Adda, la tomó en matrimonio, convencido de que terminaría conquistando su corazón. Y no fue así y él no pudo soportar saberse rechazado, mortificado por el desdén y ligereza de su balcánica mirada. Dicen, Antonio, que la mató y escondió su cuerpo sin vida en la isla. Pescadores y pescadores han creído verla vagar por la orilla, triste, con párpados caídos y perdidos en la arena. Pero también a él lo han visto, purgando su culpa y dolor, buscándola para poder postrarse ante ella e implorarle perdón. 

Dos almas en eterno trasiego nocturno, traídas por el oleaje de antaño hasta nuestra orilla. Antonio, deja esa red, súbeme a tu barca, húndela tras la estela de aquellos señoriales caballitos de mar, que él me busca y yo quiero descansar ya.

Isla del Barón. Mar Menor (Murcia)