martes, 22 de marzo de 2016

Duelo en Bruselas, en Europa, en el planeta Tierra: "Esa gente no tiene corazón, profe".


Hoy, a primera hora, antes de conocer lo sucedido en Bruselas, he mandado a uno de mis mejores alumnos un artículo sobre los principales errores gramaticales del español. Él, Zacarías (éste es su nombre castellanizado), es marroquí y siempre está atento a las explicaciones, siempre se muestra ávido ante el conocimiento, siempre educado, cabal y respetuoso. Ha debido recibir mi mensaje casi al mismo tiempo en que han empezado a llegarle las noticias sobre los atentados terroristas en el aeropuerto de Bruselas, de la capital de Europa, de su Parlamento. Así que antes de comentarme nada acerca de los errores gramaticales, ha querido confirmar a través de mí la terrible noticia: "Profe ¿lo de la estación de metro de Bruselas es verdad? ¿Ha sido hoy?". "Sí, Zacarías, acabo de compartir el enlace con las primeras informaciones". "Esa gente no tiene corazón, con la de personas a las que han dejado sin familia", me ha contestado triste. Y esa gente no es su gente y, afortunadamente, ninguno de sus compañeros lo piensa ni de él, ni de su familia, ni de ninguna otra de las familias marroquíes del pueblo. 

Ahora, mientras llegan imágenes de horror y desconcierto, mientras Zacarías, tan atento como siempre al mundo que le rodea, estará sentado frente a una pantalla de televisión, intentando comprender por qué esa gente mata en nombre de su Dios, refresco la reflexión que llevé a las aulas con motivo de los atentados de París, el pasado mes de noviembre:

Cuando el Homo dejó de ser Sapiens:

"Esta mañana he sentido cierta inquietud al llegar al instituto. Me preguntaba cómo habrían reaccionado mis chavales ante los últimos acontecimientos, ante el terror y la barbarie. En este pequeño pueblo de la sierra madrileña hay una civilizada convivencia entre los ciudadanos de distintas nacionalidades. La comunidad árabe se ha integrado con normalidad a la vida del lugar; en todos mis grupos hay, por lo menos, dos alumnos marroquíes. Lo verdaderamente significativo es que mantienen una excelente y enriquecedora relación con los chicos españoles. Me encanta ver a las niñas del pañuelo estudiando, jugando y riendo con Sara, Ana, Georgiana, Alexandra o Lucía…

Los profesores hemos optado por la prudencia, por no hablar del asunto, a no ser que la situación en el aula lo hiciera estrictamente necesario. Hemos querido confiar en que reinaría la cordialidad entre niños que son amigos desde la educación infantil. Creo que es la actitud más adecuada; además, resultaría difícil abordar determinados temas sin acompañar nuestras palabras de una determinada visión del mundo y de la realidad que puede llegar a condicionarles. Nuestra misión es formarles, instruirles y educar siempre en valores, pero valores universales, comunes a todos los seres humanos.

Las primeras horas han transcurrido con normalidad. Algún alumno me ha preguntado “profe, ¿te has enterado de lo que ha pasado en París?” y a otros les he oído palabras sueltas dichas en voz alta: “bombas” o “terroristas”, pero, más allá del comentario anecdótico, he podido comprobar que los alumnos marroquíes se comportaban con absoluta normalidad, sonrientes, y que sus compañeros españoles, rumanos o portugueses se mostraban también como siempre, jugando y bromeando en cuanto me daba la vuelta para escribir en la pizarra, y participando activamente en la clase de Lengua.

Con los alumnos adolescentes, con los mayores, he tenido la misma sensación de normalidad, aunque bien es cierto que ellos, que son más conscientes del mundo que les rodea y que empiezan a necesitar manifestar que tienen ideas propias, me han transmitido nada más entrar al aula su necesidad de hablar. No se pueden poner puertas al campo ni me parece que sea adecuado que intentemos silenciar la realidad. Lo importante es crear el escenario idóneo para que puedan decir qué sienten o piensan, siempre que ejerzan la libertad de expresión desde el respeto y la moderación. Los dos alumnos marroquíes parecían hoy más tristes o preocupados (la chica nos ha dicho que se sentía cansada ya del tema; no debe ser fácil sentirse en el punto de mira). Todo lo que han ido comentando incidía en la necesidad de acabar con los fundamentalismos; en que no se puede acusar a todo un pueblo por las terribles acciones de unos pocos radicales; en que, tal y como expresaban, podría empezar una guerra… En otras ocasiones les he visto debatir con mucha vehemencia y visceralidad, con discursos agresivos y muy cargados ideológicamente (reproducen muchas veces lo que oyen fuera del aula). Hoy no ha sido así; han hablado con corrección, moderación y recurriendo a planteamientos tolerantes. Yo no he podido más que insistir en que las naciones deben trabajar por la paz y en que los ciudadanos que las componemos tenemos que asumir el compromiso de luchar contra los prejuicios, sean de la índole que sean.

“¿Os acordáis de mi primera clase? En ella os explicaba cómo y por qué aparece el lenguaje humano; la capacidad lingüística surge como consecuencia de la inteligencia. Hasta que los primeros homínidos no contaron con un cerebro lo suficientemente desarrollado no apareció el lenguaje, la posibilidad de comunicarse con otros miembros de la especie a través de la palabra. La comunicación humana ha ido perfeccionándose desde entonces a medida que los individuos y las sociedades que estos han constituido han evolucionado. Así que nuestra lengua, la que estudiamos en esta clase, es espejo de nuestra inteligencia, de manera que es preciso y necesario cuidarla y formarnos en su correcto uso, pues ella nos permitirá dar forma lingüística a nuestro pensamiento y será el vehículo de entendimiento con otros. Ésa debería siempre ser el arma para resolver cualquier desencuentro”.



“Por otra parte, pensad que en esas primeras etapas de la vida del hombre, cuando ya se le puede llamar “Homo sapiens”, y en las que no existían las naciones ni las banderas ni las religiones ni las lenguas, si me apuráis igual ni los nombres; no había etiquetas. La vida giraba en torno a un objetivo común, subsistir como especie, no sucumbir a los avatares del ciclo natural del planeta, no desaparecer. Habría disputas, no lo dudo, pero por cuestiones relacionadas con el mantenimiento del “ciclo sin fin”, la cadena trófica.

El hombre descubrió el fuego, inventó la rueda y comprendió las inmensas posibilidades que para él había en el mundo. Durante miles de años nos hemos diversificado, hemos evolucionado y afortunadamente hemos alcanzado cotas insospechadas de desarrollo que nos alejan de las cavernas. O no.

Se nos ha olvidado que seguimos formando parte de la misma especie, que deberíamos estar velando por asegurar nuestra pervivencia en el planeta. En la era de las comunicaciones globales, la palabra, el lenguaje humano, no parece ser muy útil para asegurar la convivencia entre los pueblos. Se ha abandonado el objetivo común; cada pueblo, el pequeño en el que vivo y la nación más lejana, busca su propio interés, sea del tipo que sea. Levantamos banderas; apelamos a la lengua, a la religión, al dinero (por tenerlo o por carecer de él). Las guerras del pasado parece que no han servido para aprender que hay caminos que es mejor no transitar. Tal es la soberbia humana que hemos terminado por olvidar que somos caducos, que nadie se va de este mundo con riquezas ni ideologías, pero que sí deberíamos preocuparnos por dejar un lugar habitable para las generaciones venideras.

Así que, chicos, yo no sé de política ni de Historia, pero repasando todo lo que os he contado, quizá deberíamos pensar en “involucionar” un poco, volver a los orígenes, a cuando no había banderas, países ni lenguas para recuperar la consciencia y ver cuál debe ser el objetivo de nuestra especie: sobrevivir. Yo estoy por hacerme “Homo sapiens”, mirad lo que os digo”. Cuando por fin he terminado de hablar (me han escuchado atentos y lo he agradecido), la más habladora del grupo ha cerrado la sesión, antes de que sonara el timbre, con un “pues yo también me hago Homo Sapiens de esos, profe”.

lunes, 21 de marzo de 2016

Yo no quiero ser como tú... #NoMásViolencia

Campaña de concienciación "Ni una más ni una menos"

No me grites más. No lo hagas, porque cuando lo haces siento una puñalada de rabia y dolor y pena y vacío, me siento menos yo y demasiado tuyo. Y a ella no vuelvas a mirarla desde lo alto; no aprietes la cuchara cuando en la mesa crees que algo mereces y en tu sitio falta. No le grites tampoco con la sordina de la almohada, porque la furia crece en mí y alimentas mis más terribles instintos.

Yo no quiero ser como tú. Yo no soporto tanta ira y sombra. Creí siempre que eran una manera de ser padre, de ser mi padre, y que si utilizabas ese tono conmigo sería porque yo no merecía otro, porque eso significaba ser hijo del padre, y que así aprendería a ser hombre, marido y padre.

Me di cuenta en aquel partido de basket, en el que invitaron a las familias a jugar y a vernos en la cancha. Los otros niños salieron sonrientes y orgullosos de botar el balón con su madre o su padre, que parecían vergonzosos sobre la pista y frente al aro. Todos actuaron tranquilos, divertidos, menos tú, que me gritabas al acercarte a mi oído, mientras nadie reparaba en nosotros, para que me revolviese contra mis compañeros, para despertar al niño perverso y oscuro que duerme dentro, conmigo. "Corre, muchacho, mete codo y quítasela; no la pases más, lanza, que estás torpe, ¿no ves que son más rápidos que tú? Venga, jodido árbitro, ¡vaya mierda de equipo! Esos padres no saben lo que es ganar y tú no puedes perder, porque, de hacerlo, serás un fracasado".

Ninguno me mira como debe mirarse al compañero de equipo. Cada sábado siento que bajo mi equipación sudan y corren el acobardado chaval y un poco de su padre. Y es que, cuando me gritas desde la grada, siento como si algo de ti se apoderase de mí, como si tu agresividad me poseyera y me hiciese moverme con tus hilos de fiera. Zancada al frente, balón que bota, no veo a nadie más, sólo la red o el contador, ni siento sed más que de marcar, aunque otro caiga.

Pero luego sufro porque no me siento bien tras esa máscara enfadada y ese lenguaje que he aprendido de ti. Y veo que quiero acercarme a esa niña de mi clase que tanto me gusta y no sé; y quiero que me dejen jugar en los partidos del recreo y siento que nadie quiere elegirme para su equipo. En clase, rehúyen de sentarse junto a mi mesa, porque dicen que pego, que soy el bruto y que no comparto ni respeto.

Gracias, papá, por haberme convertido en esto, en el niño que gruñe y que sólo sabe jugar al baloncesto si es para marcar y ganar, dejando al compañero de equipo con cara de frustración y de "soy invisible". A ése, primero quiero gritarle que es un inútil y pasmarote y me gustaría que el entrenador le echase; le empujaría hasta tirarle al suelo, por memo y lento. Pero, de repente, se me viene a la cabeza tu imagen zarandeando a mamá, chillándole y reprochándole lo que no hizo bien, haciéndola llorar de vergüenza y sofoco, arrinconada en la esquina del salón, como una niña asustada, temblorosa, como mi compañero cuando le grito que en qué estaba pensando mientras corría y corría sin soltar el balón. Y siento en ese momento que se me enfrían el sudor y el ánimo, me arrodillo frente a ese muchacho sin saber muy bien qué hacer, si ayudarle a ponerse en pie, o abrazarle contra mi camiseta o seguir hundiéndole en su fracaso como jugador, como madre.

 "¿Por qué no te levantas y te enfrentas a tu rival, cobarde? ¿Por qué dejas que jueguen en vez de contigo contra ti? ¿Por qué le sirves silenciosa y dejas que desdibuje la alegría, pones la otra mejilla y te abandonas a la ley del más fuerte? Empuja tú también y demuestra tu juego; corre y no mires atrás; salta, que no hay piernas más fuertes y largas que las tuyas. Gana y bloquea su ira y rencor. Mamá, no me dejes más gritarte; no permitas que él se acerque a ti, si no es para pedirte perdón. No mereces el juego sucio ni su agresivo codazo en la cancha ni su hiriente insulto, porque los compañeros de equipo, los que se han elegido para batirse con la vida y medirse en el triunfo y en la derrota, no deberían comportarse como enemigos. Uno no debería vivir a la sombra del otro. Tú no tendrías que sentir su furioso aliento en el cuello mientras te arrincona contra las cuerdas, culpándote a ti de su fracaso.

¡Ni la toques! ¡No te atrevas! Porque esto que me has enseñado, este odio que se ha ido anidando en mi pecho puede que un día crezca, me inunde y te arrase sin clemencia. No levantes más la voz desde tu soberbia grada de pequeño hombre que se cree mejor que los demás hombres, los demás padres. No sé si ellos serán mejores o peores, pero sus hijos y ellos me parecen felices y sonríen.

Yo no espero que me sonrías; sólo deseo que un día, al llegar a casa, no haya gesto gris ni lágrimas en su cara. Sus ojos brillarán satisfechos, orgullosos, por haber sido capaz de frenar tu puño y tu odiosa palabra. Te habrás ido. Estaremos solos, pero listos para jugar y, quizá, ganar.


Teléfono de atención a las víctimas de malos tratos: 

El Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad, por medio de la Delegación del Gobierno para la Violencia de Género, presta el Servicio telefónico de información y de asesoramiento jurídico en materia de violencia de género, a través del número telefónico de marcación abreviada 016. Además las consultas se pueden dirigir por correo electrónico al servicio 016 online: 016-online@msssi.es