jueves, 31 de marzo de 2016

Piano, pianísimo...



Te lo digo en clave de FA.
Haz nuevas escalas
de mis valles y mis cumbres,
sin prisa, piano,
pianísimo...

De cada nota, un suave recreo.
Clave de Fa en cuarta...
Entre sus dos puntos
Se estrena este pentagrama.

Te espero dos octavas más arriba.
No apremies tu tempo, mas no pierdas tiempo...

Savia Verde

lunes, 28 de marzo de 2016

Mi camino, el destino. Por Samuel Rubio Moreno


Hay etapas de la vida en las que uno se siente especialmente inspirado. Hace meses que dedico mis escasos ratitos de ocio a narrar, a relatar, la verdad, la real y la soñada. Al día siguiente de haber publicado algún texto me gusta compartirlo con mis alumnos. El primer día que lo hice, para aderezar una clase que estaba resultando especialmente pesada, descubrí que escuchaban con atención, tanta que se animaron a hacer comentarios; algunos, incluso, después de estas sesiones de lectura en voz alta, han tenido la generosidad de hacerse asiduos de este blog. No pretendo competir con los textos clásicos, de obligada lectura (lejos está de mi intención).

Lo que empezó siendo un guiño, con el que acercarles mi mundo y mostrarme cercana a “sus mundos”, creo que al final ha servido de motivación a la lectura, en algunos casos, y de inspiración para lanzarse a la escritura, en otros. Así ha sucedido con algunos estos alumnos, cuando, en la calma de su silencio, han vuelto a escuchar mis palabras, han buceado en ellas y han sacado a flote nuevas historias, salvadas a través de ellos del naufragio del olvido…

Os dejo la historia de Samuel, uno de esos “rescatadores de palabras”. Leeréis primero la última parte de “Ingeniería poética” y, a continuación, el final que él propuso al texto. Por la inteligencia y sensibilidad que pone en todo aquello que emprende, sé que será capaz de conquistar cualquier reto futuro. No hay límites, amigo, la cota la decides tú…

Emilia R. M. 




Soy Samuel Rubio Moreno y curso 2º de ESO.

Un día del pasado trimestre, Emilia, mi profesora de lengua, nos propuso hacer una redacción o componer un final para su relato “INGENIERIA POÉTICA”. Esa misma tarde me dispuse a buscar un desenlace para su historia. Poco a poco fueron surgiendo los personajes y los lugares alrededor del texto original. Como Emilia también nos había relatado cuál había sido su inspiración y nos dijo que, en parte, el texto estaba basado en la historia del padre de Almudena, nuestra profesora de Ciencias Naturales,  decidí incorporarla como personaje en mi relato.

Me gustó cómo había quedado mi final, pero no imaginé que tanto Emilia como Almudena llegaran a entusiasmarse tanto con él.

Emilia, gracias por colgar este relato y a vosotros, por leerlo.

Samuel R. M.

FINAL de “Ingeniería poética”, por Emilia Ruiz Martínez

Nada podía extrañarme, porque ya había recibido mensajes de lo más variado y atrevido, pero aquello… Esta mujer quería poco menos que hiciera poesía a golpe de martillo sobre el yunque, porque lo mío, por si cabía alguna duda, es artesanía pura. Le contesté de inmediato. “Sería conveniente que viniera usted a mi taller y viese mis diseños; a lo mejor algo de lo que ya he hecho pueda interesarle…”. Tenía que conocerla, sí o sí. Sentí el pálpito de que la vida me estaba poniendo delante indicios cristalinos sobre la dirección que debería tomar (…).


Y tan pronto la conocí me di cuenta de que ella estaba hecha de otra pasta. Tampoco creo que la hubieran criado como a una damita de alta alcurnia, pero algo distinto se le veía, al menos muy distinto a lo que yo conocía de otras mujeres de mi edad. Digo yo que no nos llevamos muchos años, o al menos eso deseo… Siempre creí que terminaría formando familia con otra ingeniera, con otra loca de las ecuaciones y fórmulas a la que le gustase desentrañar el funcionamiento de los artilugios del mundo. Pero, cuando la vi y la escuché, y saboreé su cadencia y me hicieron sombra sus palabras, sentí que viraban mis coordenadas. Y hablaba y hablaba y hablaba, y las letras de su hablar me atravesaban, que si versos, destinos, amores, tiempos que empiezan y acaban, veletas que marcan caminos… Y quedé secuestrado en ella. Yo, el ingeniero mecánico, herrero y maestro de forja en ratos libres, el de la forma perfecta, de mecánica precisa, quedé atrapado por su imagen difusa, de metáfora extraña, que habla y parece no decir, pero que tanto enseña y oculta tras su verso. ¡Qué será esto que me posee! ¿su encanto? y quizá, sólo ahora, el chico de barrio que se hizo ingeniero podrá construir con sus manos un rumbo para su poesía. ¿Se escribirá en verso esta vida nueva? Yo pongo el rumbo en la veleta; ella, el viento que nos guía...

La fragua de Vulcano, inspirada en Velázquez.

MI CAMINO, EL DESTINO (Por Samuel Rubio Moreno)

 (…) Los siguientes días fueron estupendos. Yo intentaba tardar todo lo posible en terminar la veleta; mientras, ella estaba alojada en un pequeño hotel, a tres minutos de mi fragua. Todos los días venía a verme y a reprocharme mi tardanza. Poco a poco nos fuimos conociendo mejor, hasta que un día la llamé para que viniera a la fragua con la excusa de supervisar la veleta. Lo que en realidad  quería era pedirle que saliera conmigo y accedió. Los meses siguientes fueron de los mejores de mi vida. Todas las noches quedábamos para dar un paseo, ir a tomarnos algo o, simplemente, para hablar sobre  nosotros, los planes de futuro y la idea de casarnos y formar una familia.

Tres meses y trece días después de hacer oficial nuestro noviazgo, nos casamos, un poco presionados por las dos familias. La boda tuvo lugar en la Catedral de Toros de Guisando y, aunque no hubo muchos lujos, a todos sorprendió de buena manera. También recuerdo que mi hermano conoció a una chica…, pero esa es otra historia y debe ser contada en  otro momento.

Antes del enlace estuvimos largos ratos hablando sobre dónde viviríamos. Decidimos, después de unas cuantas discusiones, ir a vivir a un pueblo de Jaén, donde vivía un primo mío, que prometía ser precioso (el pueblo, no mi primo).  Y allá fuimos después de nuestro viaje de bodas. Su casa la pusimos en venta; unos meses después, la conseguimos venderla por más de lo que costó.

Ya alojados en nuestro nuevo hogar, Azucena, mi mujer, decidió colocar la veleta que con tanto amor había construido en lo más alto de nuestra casa, que era espaciosa, con dos baños, un salón, un cuarto de la plancha y un par de habitaciones. Siempre habíamos pensado tener una casa así, pues nunca se nos fue de la cabeza la idea de formar una familia.

Los siguientes años transcurrieron tranquilos, viviendo nuestro amor. Azucena consiguió un trabajo cerca del pueblo, dando clases a niños de séptimo y octavo de EGB. Yo monté un pequeño taller y amplié un poco el negocio, aunque las veletas seguían siendo lo que más se vendía y lo que a mí más me gustaba hacer.

Tres años después, tras mucho intentarlo, le dieron a mí mujer la grata noticia de su embarazo. Y, para mayor satisfacción, el médico dijo que  ¡venían mellizos!

Y llegaron a este mundo, un 26 de octubre, una pequeña niña y un niño. Su infancia fue la etapa que más disfrutamos. Pasábamos con ellos todo el tiempo que podíamos. Azucena pidió una excedencia por dos años, y yo volví a dedicarme solo a la venta de veletas.

Mi hija Almudena de pequeña siempre jugaba a enseñar y educar a los muñecos. Óscar se decantaba más por los animales. ¡Menudo sofoco se cogió cuando murió su primer perro, Chispa!

Óscar no fue de mucho estudiar y en unas vacaciones a Alicante, exactamente al pueblo de Azucena, se enamoró locamente de una chica. Ella le animó a estudiar veterinaria, lo que a él siempre le había apasionado.

Almudena estudió Biología y se convirtió en profesora de Ciencias Naturales. En su segundo año trabajando le dieron un pueblo en la meseta de Madrid. Ella durante el verano no nos dijo cómo se llamaba aquel lugar. “Se le habrá pasado”, pensé.

Al llegar allí nos envió, con un teléfono de esos que dicen que son inteligentes, una foto en la que se veía la fachada de mi antigua fragua anunciando veletas.

¡Qué de vueltas da la vida,
sin saber que ya has pasado
por encima de esa piedra
que algún día has pisado!

Las vueltas que da la vida,
te llevan sin tú saber
a volver a tropezar
donde él tropezó ayer.

Fragmento de “Las vueltas que da la vida”, Emanuer.
Adaptada por Samuel Rubio.