jueves, 21 de abril de 2016

Amigos, locos y andantes... En memoria del Hidalgo de la Mancha.




Todos hablan hoy de ti como si de toda la vida; te festejan y alaban, te traen y te llevan, como tantos otros antes, siempre, desde entonces, desde que decidiste lanzarte al camino y hacer de tu nombre leyenda.

Y escucharles evocar tu figura y tu andanza me enorgullece, amigo, pues nadie mejor que yo sabe lo grande que fuiste, y eres y serás, el soñador, el loco cuerdo a quien muchos les gustaría poder imitar.


Mas nadie, sino yo, conoce en verdad la grandeza de tu espíritu como hombre y de tu alma de caballero. Y no sólo porque quisieses "desfazer entuertos y encantamientos" y batirte en duelo con cuantos quisiesen deshonrar tu gesta. A mí me elegiste como compañero con quien hacer realidad la sin par hazaña. Y, para ello, tuviste que contagiarme primero de tu ideal, convencerme de que yo no era quien creía, un ser condenado al olvido y despreciado por su poco valor. Hasta que no apareciste tú, envuelto en tus alborotadas palabras y aventuras de castillos, princesas, ínsulas y bálsamos mágicos, yo apenas sentía ganas casi ni de existir; unos ojos sin vida, sin brillo, un cuerpo sin hambre por el que ningún labriego habría dado ni una moneda, menos aún un caballero de valientes propósitos, a no ser que ese caballero fuera alguien capaz de transformar el mundo a través de su mirada, cambiar el molino por gigante, el ventero por señor principal y la rústica moza del pueblo por dama y señora, bella sin igual.


Dibujo del escultor serbio Dušan Rajšić

Así que, cuando reparaste en mí, viste más allá de mi apariencia enclenque y deslucida, pues creíste que sobre mi lomo podrías recorrer las tierras castellanas, buscando lances y ocasiones con las que dar fama al hidalgo, al que recordarían como Alonso Quijano el Bueno en su pueblo y como Don Quijote de la Mancha, en los libros venideros. 

Y puedes dar por cierto que tu primer gesto de bondad fue sacarme de la sombra de mi establo, mirarme con la firmeza del guerrero y hablarme de tus alocados planes, con el convencimiento de que yo podía convertirme en tu aliado, yo, el flaco, el que ni nombre tenía hasta que, con una palmada y gesto grave, me bautizaste, para los restos, como Rocinante. Creo que sólo con el nombre recuperé gran parte del orgullo perdido, del amor propio que otros pisotearon. Y ya cuando te tuve sobre mí, cabalgando erguido junto a tu lanza, sentí un espíritu nuevo, un corazón antes dormido y ahora acelerado de emoción y ansioso por trotar los caminos. Y pensé "yo soy; yo puedo; él lo dice y yo le creo". 

Con el primer "arre" ya no hubo "so" que frenase mis ganas de ser más veloz que el viento, de llevarte a los confines de aquellos campos de Montiel, de sentir mis renovados músculos luciendo fuerza en cada paso y mi crin, ahora elegante, sirviendo de agarre para evitar tu caída y asegurarte la heroica hazaña. Y cuando diste con los huesos de bruces en el suelo, en algún lance malogrado, te llevé a casa como haría el buen amigo leal en que me habías convertido.

No sólo me creí fuerte, sino también valiente y tal fue el embrujo de tu sueño de caballero que juraría haber embestido aquel día al más horrible gigante que quiso matarnos y hasta prendado quedé de la beldad de la "Dama del Toboso". Quizá es que fui loco, pero feliz. Gracias a ti pude ser la mejor versión de mí, aunque otros dudasen de la pureza de mi sangre y se burlasen de mi adelgazado porte. Contigo el mundo merecía la pena; la vida, un sueño posible. La muerte en batalla, un riesgo para valerosos, un destino no tan fatal si llega el final como merecido descanso al caballero de la Blanca Luna, al de los Espejos, al de la Triste Figura.


Gracias doy al cielo y a la pluma de don Miguel, que con razón, por traerte a mi lado y hacer de mí un rocín de hidalga casta, le llamaron desde entonces "príncipe de los ingenios". Guarde Dios su honorable alma.

jueves, 14 de abril de 2016

El río interminable




Clase de literatura. 3° de Educación Secundaria. Recelo y prejuicio frente a la poesía, pero...

Emociona y sorprende, a partes iguales, que los versos de Jorge Manrique resuenen y sigan dejando huella, incluso en la sensibilidad de los adolescentes de hoy...

"Recuerde el alma dormida,
Avive el seso y despierte,
Contemplando

Cómo se pasa la vida,
Como se viene la muerte,
Tan callando.  

Cuán presto se va el placer,
Cómo después de acordado
Da dolor,

Cómo a nuestro parecer,
Cualquier tiempo pasado 
Fue mejor...

(...)

Nuestras vidas son los ríos
Que van a dar al mar,
Que es el morir...".

"Coplas a la muerte de su padre" (1476)
Jorge Manrique 

"Ay, profe, ¡qué profundo, bonito e inquietante!".(2016)

¿Y mañana, cuando les lleve el poema de Borges?

ARTE POÉTICA
Jorge Luis Borges

"Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua.

Sentir que la vigilia es otro sueño
que sueña no soñar y que la muerte
que teme nuestra carne es esa muerte
de cada noche, que se llama sueño.

Ver en el día o en el año un símbolo
de los días del hombre y de sus años,
convertir el ultraje de los años
en una música, un rumor y un símbolo,

ver en la muerte el sueño, en el ocaso
un triste oro, tal es la poesía
que es inmortal y pobre. La poesía
vuelve como la aurora y el ocaso.

A veces en las tardes una cara
nos mira desde el fondo de un espejo;
el arte debe ser como ese espejo
que nos revela nuestra propia cara.

Cuentan que Ulises, harto de prodigios,
lloró de amor al divisar su Ítaca
verde y humilde. El arte es esa Ítaca
de verde eternidad, no de prodigios.

También es como el río interminable
que pasa y queda y es cristal de un mismo
Heráclito inconstante, que es el mismo
y es otro, como el río interminable"...

La enseñanza para los adolescentes debe iluminarse con la ilusión del futuro que aún está por surcar, por la necesidad de deleitarse con este viaje de la vida, con el paisaje que hay a ambos lados del río y navegarlo con ímpetu, prestancia y autenticidad.

Y comprender que, como decía Whitman, fluye constantemente el río, prosigue este "poderoso drama" que es la vida, en este gran teatro del mundo que un día se acabará, sí o sí... Entonces, ¿qué hay de bueno en todo esto? Respuesta: Que existe la identidad, el "yo", único e irreemplazable, y que todos, absolutamente todos, podemos contribuir al mundo, a la vida, a este gran poema de la existencia, con un verso. ¿Cuál será tu verso? 

Lo que más les gusta pensar, y con razón, es "Carpe Diem (quam minimum crédula postero)" o "Aprovecha el día, no confíes en el mañana".
    

Ludovico Einaudi... Para terminar de reflexionar... "Ultramar".




lunes, 4 de abril de 2016

5 de abril: Mi nombre es "Emilia"


Resuena el eco de mi nombre entre las ramas del árbol familiar... Movidas por la sempiterna brisa del tiempo, que mueve las hojas desde siempre y para siempre, las tres vocales y sus dos ayudantes consonánticas cimbrean (me gusta mucho este verbo, que mueve las cosas con tempo lento y elegancia) los ramajes de mi genealogía.

Mi tatarabuela así se llamaba. Y la madre de mi madre lució también el nombre de Emilia. Hasta hace poco no me parecía muy sofisticado ni moderno, pero buceando en él y en su musiquilla interna...

La E, de mediana abertura, pero vocal intensa, como un atardecer que parte el cielo en dos, hasta rozar las cumbres de mi M, rotunda, con labios cerrados, quizá, incluso, severa. Suaviza mi nombre la delicada I, de puntillas, como quien no quiere la cosa, porque es traviesa y se enlaza con la caballerosa L, que es genuina y rompecorazones y conforme acaba su baile con la I de la izquierda ofrece el siguiente a la coqueta de la derecha, la gemela de la primera, ahora ofendida y celosilla. Con grandeza vocal y para que las primorosas "íes" y aspirantes a bailarinas no duden de su fuerza, cierra el nombre la A, que pone punto y final a la fiesta...

Y hoy 5 de abril se celebra la onomástica de "las Emilias"... Cuenta mi madre que mi abuela, a la que no conocí, siempre se sintió orgullosa de su nombre, aunque se sentía muy frustrada porque, en el santoral, le quitaba siempre protagonismo San Vicente Ferrer. El suyo no aparecía en aquellos pequeños almanaques domésticos, donde sólo había cabida para un santo y, quién sabe si por cuestión machista, éste siempre era varón ;)

Mucho se indignaría mi abuela Emilia si supiera que hoy, con internet a golpe de huella dactilar, si buscas el santo del día 5 de abril sigue sin aparecer nuestro sonoro emblema familiar... 

Aquella Emilia, siendo niña, encontró la manera de hacer saber a todos que debían felicitarla por su santo (en las tierras levantinas, y creo que en casi todo el Mediterráneo, se festejan los santos casi tanto, o incluso más, que los cumpleaños): mi abuela salía a la calle, al portal, y sin vergüenza ni reparo iba informando al que pasaba por la calle: "Mire usted, buenos días, sabe que hoy es mi santo...?". Con una sonrisa esperaría de vuelta un "felicidades" y quién sabe si algún caramelo. ¿No es maravilloso y un genial atrevimiento?

Al parecer, poco antes de morir, cuando su hija mayor le dijo que pondría el nombre de Emilia a la primera niña que tuviera, ella sintió cierto rubor e intentó disuadirla de ello: "¿Mi nombre vas a poner a la pobre criatura?". No le dio la vida ocasión de asistir a aquel nacimiento ni de confirmar que efectivamente se perpetuaban en la nieta sus tres vocales y sus dos consonantes. Bueno, "nieta" no, "nietas", porque mi prima también se llama Emilia. Como recuerdo de la abuela que no pudimos conocer nos ha quedado su nombre, largo y de resonancia grave.

Siempre he escuchado a mi madre hablar de las extraordinarias cualidades de mi abuela Emilia: bondad, agrado, simpatía... Todos la querían, quizá también por su sentido del humor especial y su risa contagiosa.

Si tuviera que construir su imagen a través de lo que los demás me han contado de ella, vería cómo se me acerca, con movimiento estiloso y dulce ademán, una mujer de las que deja una huella imborrable, en quienes la conocieron e, incluso, en quienes no pudimos, pero llevamos su nombre.

Así que no me queda otra, por orgullo familiar y compromiso genealógico, que salir a la puerta (esta puerta virtual desde la que sé que me escucharán los paseantes) y gritar al viento" oiga usted, ¿sabe que hoy es mi santo?". Igual me llega alguna felicitación, una carilla sonriente o, en el colmo de la suerte, otro caramelillo. 

De momento no puedo hacer más por el renombre de mi nombre, pues no tengo yo hijas a las que pasar el testigo... Quién sabe si alguno de mi progenie decide perpetuar a Santa Emilia... (Son tres... A ver si hay suerte ;)

Aquí queda mi pequeño homenaje a mi abuela Emilia y a las "Emilias" del mundo, que también tenemos un día en el santoral. Además, ha habido muchas en la historia... Emilia, Emily, Émile resuenan a los cuatro vientos...