domingo, 3 de julio de 2016

Estos trabajos nos mandan...


Los últimos meses nos han parecido una montaña cuya cumbre se antojaba inalcanzable. Subir sin perder a nadie por el camino. La expedición ha estado integrada por dos montañeros experimentados en esto de pelearse con los elementos y tres hijos a los que no siempre ha sido fácil convencer de que la meta estaba cerca y que sólo había que esforzarse un poco más... Ya sabéis, los pequeños tienen muchas necesidades que atender a diario, sin contar con las posibles enfermedades que pueden paralizar la escalada y dejarnos varios días convalecientes en el campamento base.

Ha habido momentos en que he llegado a pensar "esto no merece la pena; renunciar a estar con mis hijos para racanear una escasa hora y media de estudio al día, después de trabajar y otros menesteres domésticos, no sé si no terminará pasándome una factura demasiado elevada, sobre todo teniendo en cuenta que cabe la posibilidad de que todo haya sido en vano y las oposiciones sean, de nuevo, un proyecto frustrado".

Menos mal que mi compañero de fatigas montañeras lo ha tenido claro desde el primer momento, "A por todas es a por todas. Hazlo por ellos. Estás esforzándote por el futuro y el bienestar de todos nosotros". Hala, pues ni mil palabras más. Como una hormiguita delante del Everest, haciendo camino sin perder la ilusión, viendo pasar las estaciones y esperando la llegada del día D para coronar mis ocho mil... Los niños y su padre "desaparecían" por pequeños intervalos para dejarme un rato de soledad ante los libros.

Hasta aquí hemos llegado. No sé si habrá medalla para premiarnos (ya se verá cuando se conozcan los resultados), pero yo ya nos considero vencedores por haber peleado hasta el final, sobreponiéndonos al cansancio, al aburrimiento y, a veces, al mal humor.

He intentado estar a la altura de las circunstancias como madre, esposa, profesora y opositora, pero no soy infalible ni mucho menos perfecta, de manera que siempre hay cosas que se escapan a nuestro control. Para terminar e intentar ilustraros aquello a lo que me refiero, voy a contaros una anécdota simpática, al menos al final porque, cuando se produjo, sentí que se me paraban los pulsos. Al día siguiente la relaté en clase y los alumnos y yo nos desternillábamos de la risa...

En una de esas tardes de estudio (o intentona de estudio), después de varias horas de ordenador, entre unidades didácticas y textos varios,  me tocaba hacerme cargo del último tramo del día con los niños. Su padre había estado de aquí para allá con ellos toda la tarde, con el fin de apoyar mi causa estudiantil, así que después era yo quien debía atender los baños, las cenas y acostarles. Cumplí con todos los cometidos a la perfección; llegado el momento del postre, antes de dormir, les dejé un ratito viendo la televisión, a don Bob Esponja y compañía... Yo aprovecharía unos diez minutos más para acabar unas cosas de trabajo que se me habían quedado a medias.

El pequeño de mis hijos, que aún no había cumplido entonces los tres años, se colocó cerquita de la pantalla con un vaso de plástico duro que yo le había preparado con el postre (no diré aún de qué fruta se trataba), para no perderse nada de lo que le pasaba a "esta esponja marina tan surrealista". No creo que sean los mejores dibujos animados, pero para el tiempo del postre... Debió ser por el poder de sugestión de los enormes agujeros que horadan el cuerpo del amigo Bob…

Estaba sentada frente al teclado, tic, tic, tic, tic (es lo que tiene mecanografiar con dos dedos). "¡¡Mamá!!", me exclamó lloroso el pequeño acercándose a mi sitio. "Ay, Gabriel, déjame terminar, cariño, que no me queda nada". Él siguió gimoteando, yendo del salón a la habitación para que, o sus hermanos o yo, le hiciéramos caso, pero los primeros andaban abducidos por Patricio y Bob y yo, atrapada en una absurda pantalla...

No entendía lo que quería decirme, "assa, assa". ¿Qué estará parloteando? Mira que ni cinco minutos de paz... En la siguiente visita que me hizo al ordenador lo vi ya muy inquieto y, de repente, mis neuronas empezaron a atar cabos. Allí estaba, con su vaso de pasas en la mano, tocándose la nariz, y pensé en Bob Esponja y en el amago de palabras de Gabriel, "assa", "assa". ¡Madre míaaaa! "Hijo, ¿te has metido una pasa en la nariz?". Asintió y sentí que se me congelaba la sangre. Lo cogí en brazos y me lo llevé corriendo debajo de la luz para intentar ver si, efectivamente, había algo ahí dentro; el agujerillo de su fosa nasal es tan pequeño que era imposible ver nada. De hecho, pensé que era físicamente inviable que cupiera algo en aquel orificio. "¿Estás seguro?". Dijo que sí. Emergencia, gabinete de crisis. "Apagad la tele; pensemos", le dije a los otros dos como si fueran a arrojar mucha luz al asunto... "Ay, Dios, esa manía de los niños de explorar e imitar. Te odio, Bob Esponja, que más pareces un queso "gruyére". ¿Qué podía hacer?

El niño empezó a llorar del agobio y empecé a plantearme opciones de emergencia. La primera, un "chufletazo" de agua con jeringuilla por el orificio contrario, como nos enseñan a las mamás para combatir las mucosidades. Intento en balde... Unas pinzas de depilar, desinfectadas con alcohol... Esto no entraba en un agujerillo tan minúsculo... Ay, Dios, tanto desvelo con los hijos, tanto apurarnos para que nada les pase y ahora una puñetera pasa sultana, del tamaño de una habichuela, nos deja al borde del precipicio... Y venga a llorar el niño y venga a hacer aspavientos la madre. "¡Manuel! Trae una toalla y papel; vamos a insistir con las jeringuillas de agua de 5 ml de propulsión...". Y el mediano diciendo: "¡mamáá! ¡¡No le hagas daño!!". Yo me veía ya en el hospital, en el peor de los supuestos...

Pero, a la cuarta intentona de jeringuilla (sin aguja, claro) de agua, mientras que  el pobre zagalillo no atinaba ya ni a patalear, un objeto de tamaño considerable, y apenas identificable por el envoltorio de fluidos nasales que lo acompañaban, salió disparado dirección a la ventana... El pobre Gabriel respiró; yo sentí que había dado a luz otra vez y mi hijo mayor, presa del asco y la impresión decidió tirar por la borda la amorosa cena que su madre le había preparado. Cuadro cómico y lamentable a partes iguales. Cuando les acosté, ya serenos, sentí hasta vértigos... 

¡Mala madre, que casi Bob Esponja y unas pasas sultanas te arrebatan la vida! Luego, una vez recompuesto el ánimo, pude ya pensar con claridad.


Y es que esto de querer estar a todo al cien por cien no es ni medio humano. Cada día termina convirtiéndose en una proeza. Ríete tú de Hércules y sus gloriosos trabajos. Los hijos y el entorno se encargan de aderezarnos las rutinas con tintes "cuasi" dramáticos.

Y aquí me hallo, con una sensación entre la fatiga y la satisfacción. Como el primero que corrió la primera maratón... Bueno, mejor no, que, si no recuerdo mal, aquel pobre feneció a la llegada. Pero me entendéis, ¿a que sí? Ya no doy para más. Mañana será otro día...