miércoles, 13 de julio de 2016

"Post fata resurgo..."


Monasterio de Prestado de El Escorial

Llevar el timón de una familia numerosa se antoja fatigosa misión a todos los que se nos acercan... No sé cómo puedes, ay, pobre, y tres niños, con lo que guerrean y alborotan... Pues sí, qué le vamos a hacer, que la demografía no crece por generación espontánea y la genética familiar nos ha dejado permanente el cromosoma Y... y, precisamente, con lo que nos ha costado criarlos, con el desgaste físico, material y emocional que supone la paternidad, no vamos a quitárnoslos de encima, así, como quien no quiere la "cosa", sólo porque estemos cansados de no ser otra "cosa" más que "papá" y "mamá". Atrás quedaron nuestros nombres; a quién le importa ya.
La travesía puede resultar a veces lenta y pesada; no parece haber orilla a la que arribar para soltar el ancla y sosegarse un poco. Uno piensa, madre mía, conforme está el panorama, hasta que estos hijos míos se independicen, allá para su cuarentena, cuando yo ande rondando los setenta inviernos, poco rumbo quedará por perseguir y alentar... ¡Qué misión tan larga y cuánta responsabilidad  encierra, capitán!
Muchos lunes, a pocos minutos de que suene el timbre para que empiecen las clases, los profesores nos tomamos un café arrebatado para empezar la mañana. No deja de sorprenderles verme el primer día de la semana con una sonrisa de oreja a oreja: "¿Cómo es posible que puedas estar de buen humor...?". Pero, ¿cómo iba a poder tener el gesto torcido si estoy plácidamente, tomando un café entre colegas adultos, hablando de temas de mayores y con una semana de maravillosa rutina por delante?
Cierro los ojos al tercer sorbo y retrocedo en el tiempo cuarenta y ocho horas, por obra y arte del café (con una gota de leche y sin azúcar), hasta el instante justo en que tomaba ese primer expreso del sábado y emprendía la odisea familiar del día de "no-descanso". A eso de las 6,30, sin clemencia, despiertan los tres chiquillos, como polluelos hambrientos, ávidos de actividad.
Nos ponen a prueba desde el minuto uno. Por las horas que son, y más si estamos en invierno, la primera salida de emergencia pasa por la pantalla de casa y los endemoniados (y adorados a partes iguales) canales de dibujos animados. Así, con los niños a base de narcóticos televisivos (una amiga se refiere a la televisión como el lobotomizador... ¡madre mía!), igual conseguimos que no nos echen del vecindario. Al mayor aún podríamos convencerle de que, ya que madruga, lo mejor que podría hacer es avanzar con sus deberes, o dibujar o leer... Pero con los dos fierecillas, los casi gemelos, de 4 y 3 años, no hay mucha opción para dialogar, razonar y persuadirles de que estén tranquilos, haciendo puzles o montando castillos.
Debe ser por el nivel de testosterona acumulado en mis cuatro paredes; está comprobado, apagamos la tele, en un ataque de conciencia y responsabilidad pedagógica, y en menos de diez minutos se ha desatado una batalla en el salón. Según los días puede tratarse de un combate con los cojines del sofá, un cuerpo a cuerpo como pequeños luchadores de sumo o carreras de coches... Son las siete y algo de la mañana. Fuera hace frío y dentro se masca la tragedia: alguno de los tres va a salir mal parado, o bien uno de los progenitores sufrirá un colapso y, después de una vuelta de cuello a "lo niña del exorcista", se le desbocarán todos los sapos y culebras conocidos y por conocer...
Así que, antes de que queden desatadas las furias, uno de los dos, normalmente el padre, que es más aventurillas, pone sobre la mesa el plan de emergencia: piedra, papel o tijera, uno se va con los tres a la calle a explorar el entorno.
- ¿El entorno, dices? ¡Pero si ahí fuera hace un frío que pela y todavía no ha salido el sol!".
-"Hazme caso. Tú, si no quieres venir, quédate estudiando, descansando o recogiendo el escenario de guerra. Aprovecha. Nosotros vamos a dar una vuelta...".
 
Y así se iban, abrigados hasta las cejas si era invierno; a pie, el padre y el hijo mayor y los otros dos, en un carro gemelar mastodóntico, cuando eran más chiquitines, siempre equipados con la mochila de "combate", a saber, bolsa provista de agua, algo para picar, pañales, toallitas y ropa de cambio. Ése es el "kit" básico; otras versiones más sofisticadas llevan botiquín de primeros auxilios y ungüentos varios para posibles percances. Hala, móvil cargado por si hay que avisar a emergencias y ¡marchando!
Primera parada técnica, apenas siete minutos después de haber salido de casa, la churrería de Antón, un lugar pequeño, pero que, al calor del aceite en ebullición para las porras madrileñas, procura a la expedición un poco de calor, amén de una vehemente conversación con el dueño del local. Antón es un hombre de unos cincuenta, de nacionalidad rumana, mentalidad muy convencional e ideas inamovibles. Siempre atiende a mi familia a las mil maravillas; mientras va sirviendo tres tazas de chocolate caliente, unos churritos recién hechos y un café para el guía, el churrero va preparando su batería de preguntas. Tiene que descubrir qué hace un señor y tres niños dando tumbos por el pueblo, sin mujer que le acompañe, "pobre hombre", pensará Antón, "por ahí tirado desde el alba, que dice que se va ahora por los caminales que bordean el pueblo". ¿Y dónde dices que está la madre de estos niños? Escucha la respuesta con cara desolada, sin dar crédito a que el hombre de la casa tenga que andar vagando como alma en pena mientras la mujer se dedica a libros y otras martingalas... En sus esquemas mentales no entra lo de la familia con cometidos repartidos según necesidades, sin atender al rol hombre-mujer... No lo vamos a culpar, encima de que aguanta a mis tres zagalillos en torno a su mostrador. Mientras dura el chocolate en la taza, bien, pero cuando se acaba el asunto, revolotean y zumban hasta enloquecer al padre, al churrero, a los clientes mañaneros que se llevan los churros a casa y hasta el pobre perro, de nombre Thor, que está atado a la reja de fuera esperando a sus dueños (don Andrés y doña Pilar), un delicioso matrimonio casi octogenario que festeja la presencia de mis hijos con generoso júbilo.


Cumplida la primera estación. El avituallamiento de la churrería pone las pilas hasta al más aletargado y apático de los expedicionarios. Anda pues, ahora seguimos camino, empujando el carro de los pequeñajos, dirección a Las Cebadillas, ya a las afueras del pueblo, cruzando la carretera que está a las espaldas de la iglesia de San Bernabé. Antes de adentrarse a la zona de las fincas particulares, algunas dedicadas al cultivo y otras al cuidado de animales, vacas, bueyes y caballos, hay que cruzar una amplia zona que, en la época de fertilidad inmobiliaria, fue recalificada para ampliar la zona de viviendas de El Escorial. Las calles están trazadas y los servicios de alumbrado y saneamiento están esperando a que se restaure la actividad económica para que el negocio de la construcción levante otra remesa de casas unifamiliares. La pena es que este ladrillo sobre ladrillo termina arrebatando terrenos a la naturaleza y a la historia. Al hombre no le debería estar permitido invadir los pocos rincones vírgenes del planeta, porque siempre termina arrasando con todo, sin miramientos. Esto pienso cuando pongo los ojos en la ladera del monte Abantos y la veo ribeteada con una hilera de dúplex. Antes había bosque. Un incendio, dicen...
Rebasando estas primeras calles de asfalto sin casas, en seguida se retoma el camino empedrado del campo, el que atraviesa las tierras de los paisanos escurialenses que consagran sus días al ganado y la agricultura. Aquí ya se hace más complicado andar puesto de carro gemelar, de casi dos metros de longitud, con el traqueteo del trazado y la queja inevitable de los hijos, aunque bien es cierto que, a fuerza de costumbre y repetido trayecto, el avezado conductor ha terminado por hacerse con cada uno de los baches que sortean el caminito. "¡Mirad, chicos, caballos y ahí, vacas!". Hasta un zorro muerto han llegado a ver;  el colmo de experiencia silvestre les hizo espectadores del violento enfrentamiento entre una culebra y un lagarto. Días estuvieron contando la anécdota. Superado el pequeño trauma de tener que asumir qué es eso de la cadena trófica y que el grande se suele comer al pequeño, todos se sintieron felices de saludar y admirar a los bichos del lugar. Luego tocará el remate de la excursión, rebasar un arroyo que pasa por las fincas y que las provee de agua para el riego. Cuando al llegar a casa me relatan los detalles transfluviales entro en pérdida, como los aviones: "con el carro y tres niños ¿¿¿te atreves a saltar un riachuelo???", otra vuelta de cuello en el exorcismo de madre irritada... "Nada, no te preocupes, si sólo se han mojado un poco y, ya de regreso, nos ha salido al paso un señor de una de las fincas, que dice que nos ve siempre explorar por la zona, y nos ha invitado a pasar...". Y así, conocieron a Carlos, y al pony Mayo, al caballo Starlight, a las gallinas y las ovejas... Cada vez que surgía el plan dominguero en modo "scout", se hacía obligada la visita al amigo, "el de los animales", como empezaron llamándole mis hijos.
Carlos debió pensar lo mismo que Antón el primer día que vio a mi familia, tan temprano, investigando casi en los confines del pueblo. Mi marido llegaba a casa explicándome la cantidad de cosas que habían aprendido los críos: han dado de comer a las gallinas, han montado al pony, han corrido con las ovejas y, mira, hasta huevos recién puestos traemos. Este señor prepara su propia pomada para picaduras con la cera de sus abejas. Y yo, una vez sobrepuesta a la tensión de imaginarme al trío calavera con los dientes en el suelo después de montar, terminaba quedándome con la intriga de saber más de Carlos o de Valentín, su vecino de finca, que también saludaba con afecto a los míos y que, incluso, en alguna ocasión nos ha obsequiado con frutos de la tierra, como coliflores y acelgas.
Después de un tiempo tuve que animarme a participar en una de esas incursiones rústicas, no sin antes parar a saludar en la churrería y demostrar con mi presencia que existo y que no soy una madre desalmada; a veces, en el colmo de mi entrega a los hijos, hasta empuño el carro y lo empujo. Antón no está muy por la labor de conversar conmigo; a él le gusta polemizar sobre temas de hombres y yo no doy mucho juego. Su mujer, Coca, que trabaja de cocinera en un restaurante cercano y también colabora con la elaboración de los churros y las porras, me sonríe cómplice desde su puesto de mando con la masa entre las manos y el aceite borboteando. Tiene cara de mujer sabia, aunque trabaje en silencio, un poco a la sombra del verbo del marido.
Una de esas mañanas, por fin, tuve el honor de conocer a Carlos. Debe tener la misma edad que tendría ahora mi padre. Es un hombre sencillo, afable y lleno de sorpresas. Ya tenía noticias de que nuestro amigo no era un labriego sin más. Sus desvelos hacia el gallo, las gallinas y el pequeño corderito recién llegado, al que da el biberón con mimo maternal, quedan elevados casi a experiencia mística, porque con Carlos, el modesto carnicero, transformado en jardinero por el devenir de la vida, toda conversación está rodeada de un apacible halo de espiritualidad. Con un lenguaje llano, aunque lleno de sabiduría (de la popular y de la libresca), nuestro amigo desmenuza las verdades existenciales al tiempo que brinda exquisitos trozos de pan duro a las ponedoras de su corralillo. Habla de los trabajos del alma en su vida terrena; de la Divinidad y de las exigencias que implica querer aspirar a ese plano extracorpóreo... No deja de sorprenderme que un paseo por el pueblo pueda terminar con unos diálogos casi místicos, con un señor que ha terminado por convertirse en el arquetipo del "beatus ille" ("feliz aquél") que imaginaba el poeta Horacio. Y, efectivamente, Carlos está consagrado al ocio campestre del sabio, que observa la naturaleza y se deleita con ella, con las estaciones y sus inmutables leyes cíclicas... Contemplando el tiempo, como parte del tiempo, que pasa y parece haberle traído desde el pasado. Porque él es un viajero, un mensajero de la vida, quizá de otras vidas, que nos trae al común de los mortales el conocimiento acumulado de las generaciones que nos anteceden y que pisaron esta tierra antes que nosotros. Allí mismo, en su finca, se apilan unas enormes piedras, seguro que milenarias; él está convencido de que se trata de un altar celta, en el que se celebraban liturgias para conectar con el universo y los seres supremos. Sí que es verdad que el ambiente natural que nos rodea al entrar por aquella puerta nos envuelve y nos hace sentir algo mágico: se nos relajan los circuitos, se esparcen las emociones y caen al suelo las máscaras. Allí, con Carlos, somos nosotros mismos, con nuestras luces y sombras, y acabamos confesando tristezas y alegrías. “Cuídate, mujer, que tu mirada anda cansada y tienes que velar por el batallón. Come más fruta y no te preocupes tanto…”. Madre mía, si parece que es capaz de atravesar mi retina, ver por dentro y comprenderme…


Así es nuestro amigo, granjero, agricultor y escritor… Sabe de letras; no hay más que escucharle. Me dejó extasiada el día en que, como si nada, mientras arreaba a las ovejas para que regresasen, comenzó a hablar de Santa Teresa de Jesús y de su estrecha amistad con San Juan de la Cruz, unidos ambos por el amor a Dios y la experiencia mística brindada a través de los versos. Carlos me refería anécdotas sucedidas cuatrocientos años atrás, como si les hubiera conocido y no sólo a través de la poesía. Aquella mañana terminó con un profundo diálogo sobre los misterios del mundo, del ser humano y de la vida misma. Ya cuando estábamos a punto de despedirnos, nos invitó a un concierto de violonchelo que iba a celebrarse ese fin de semana en el Monasterio de Prestado. “¿Perdona? Pues no sé yo dónde está ese sitio…”. Se quedó perplejo ante nuestro desconocimiento y yo aún todavía más al saber por su boca dónde está, qué fue y qué es hoy ese edificio de la Leal Villa de El Escorial.
A dos calles de mi casa, en frente de la plaza del pueblo, donde está el Ayuntamiento, hay una fachada de piedra, como tantas otras encontramos en esta zona de la sierra. Luce una austera puerta de madera adintelada y tres filas de  ventanas, una por cada planta. Contiguo a este edificio se levanta otro, el de la oficina de Correos. A quien no es de aquí y no conoce la historia, poco o nada puede hacerle pensar en la importancia del lugar. A mediados del siglo XVI, esta casa (llamada entonces “La casa de los Rubios”) fue comprada por los monjes jerónimos, que llevaron a cabo las primeras obras de acondicionamiento para que pudiera albergar al mismísimo Felipe II, cuando acudía a visitar las obras del Monasterio de San Lorenzo (el que hoy todos conocemos y al que debemos la expresión “la obra de El Escorial” al referirnos a algo que nos ha llevado mucho tiempo y dedicación). Imagino que por esta razón, por alojar al Monarca en su larga espera, la Casa del Rey que hay cerca de la mía recibe el apelativo “de prestado”. En este momento, Carlos aprovecha para comentarme cosas interesantísimas sobre el Rey “Prudente”, su secretario Antonio Pérez y las leyendas que giran en torno a ambos y a Ana Mendoza de la Cerda, la princesa de Éboli… Este amigo nuestro, “el de los caballos”, cada día nos sorprende e ilustra más.
El Monasterio se convirtió más tarde en vivienda del Padre Campero (administrador, según tengo entendido, de todas las propiedades de los monjes en El Escorial) y después en Horno de Vidrio. Durante la Guerra de la Independencia sufrió un devastador incendio, ocasionado –nos informa nuestro guía- por los soldados franceses cuando abandonaron el pueblo tras la derrota. Había sido su centro de operaciones y, al tener que marcharse, se encargaron de condenarlo a las llamas. Quedó destruido y abandonado, hasta que en 1880, Federico Fliedner, pastor alemán de la Iglesia Evangélica, lo adquiere y restaura para convertirlo en un centro de difusión cultural y residencia para niños necesitados del pueblo. El dintel de su puerta reza: “Post fata resurgo” (o “después del hecho resucita”, como el Ave Fénix, que resurgió de sus cenizas). Y así fue y sigue siendo. Actualmente, el edificio es propiedad de la Fundación Federico Fliedner; es un centro de espiritualidad, cómo no serlo entre muros centenarios y teniendo un jardín tan hermoso… Y en este punto volvemos a Carlos, pues a él, que había trabajado como jardinero durante años, acudieron los religiosos de la magna casa para intentar devolver el esplendor a aquel patio histórico que durante años se había mantenido asilvestrado, sin cuidar. “¡Qué honor!”, debió pensar nuestro amigo.
Monasterio de Prestado, El Escorial
Puerta exterior del Monasterio de Prestado. Mirad el dintel: "Post fata resurgo"
Así que, la primavera pasada, se encargó de acondicionar el jardín, desbrozando, plantando árboles y flores y recuperando otros. “Venid a verlo; ahora que se ha recuperado ese maravilloso espacio se puede visitar una exposición de escultura, al aire libre”. Maravillosa, sin duda. De nuevo, “Post fata resurgo”, porque, gracias al sabio ingeniero de almas y flores, los Jardines del Monasterio de Prestado acogieron hace un año el ciclo “Clásicos de verano”, organizado por la Comunidad de Madrid. Después de esta maravillosa historia descubierta a través de Carlos, no podía faltar a la cita. Él mismo dispuso las sillas en torno al pequeño escenario; un jardín amorosamente regado y preparado para el concierto “Música de cámara en entornos históricos”. Sentada en medio de la historia, en medio de la belleza, respirando música y amistad… ¿Podéis escucharlo? Ningún avatar parece ahora alterarme, ni niños madrugadores ni noches maternales en vela. El mundo parece incluso un lugar mejor. Y pienso: “Post fata resurgo…”.

Jardín del Monasterio de Prestado, rehabilitado por mi amigo Carlos


En la última fotografía aparezco con mi amigo Carlos, en los Jardines del Monasterio de Prestado de El Escorial. Hemos estado conversando sentados en uno de los bancos originales del siglo XVI. Apenas hace un año de aquel primer concierto; el jardinero sabio ha devuelto el verde esplendor a este histórico espacio. Ahora tiene un huerto, como al parecer lucían los antiguos jardines reales, y un rincón de "botica", en el que Carlos ha plantado multitud de hierbas medicinales. Y un hermoso estanque...

El próximo reto es excavar la tierra sobre la que estuvo construida la primera iglesia de El Escorial. Se conservan los cimientos; la pared en la que estaban la puerta y la ventana que daban a la calle; el relicario y la zona del altar... Hacia él mira el lateral del Monasterio, donde se situaba la habitación del Rey, que comunicaba directamente con el templo para que pudiera escuchar Misa sin salir de sus aposentos... Una vez que Carlos se asegure de que en ese suelo no queda ningún antiguo objeto que rescatar, lo acondicionará para convertirlo también en jardín.

Ha sido una deliciosa charla, amenizada con música clásica y las voces de mis hijos jugando bajo las sombra de la higuera... Iba de camino a comprar el pan y me paré en el Monasterio de Prestado a saludar...








Grabado de la puerta del Monasterio