lunes, 8 de agosto de 2016

La Sima de las palabras


La palabra terminó convirtiéndonos definitivamente en humanos. El eslabón decisivo de nuestra evolución fue sin duda la aparición del lenguaje: el gran salto que permitió a nuestra especie conquistar un hito único en términos evolutivos.

El don de la comunicación por medio de palabras puede llegarnos bien en forma de regalo de los "dioses", que nos eleva y dignifica, o como veneno letal que transforma al hombre en un lobo para el hombre...

A nadie le pasa por alto que cuando hablamos dejamos siempre una huella indeleble en el otro. Nuestras palabras pueden enamorar o despertar el odio más acérrimo; pueden dibujar una sonrisa y ser fuente de placer o reavivar los más oscuros fantasmas en el otro. Tenemos una enorme responsabilidad sobre el uso que hacemos de nuestro lenguaje, pues  con él podremos ocasionar guerras mundiales o forjar grandes amores.

En estos pensamientos ando mientras intento dar forma a las explicaciones de una de mis primeras clases de Lengua. Me gusta comenzar el curso analizando cómo y por qué aparece el lenguaje humano. Sea cual sea el nivel de secundaria en el que nos encontremos, es importante hacerles ver que la capacidad lingüística surge como consecuencia de la inteligencia, para que así comprendan que, precisamente por ello, porque el lenguaje es el más valioso fruto del intelecto, debemos ser cuidadosos con nuestras expresiones, perfeccionarlas, en nuestro idioma y en todos los que seamos capaces de aprender, puesto que con ellas estaremos demostrando nuestro grado de evolución intelectual, emocional y, si me apuráis, espiritual.

Les encanta que hablemos de este tema... "Hasta que los primeros homínidos no contaron con un cerebro lo suficientemente desarrollado, no apareció el lenguaje, la posibilidad de comunicarse con otros miembros de la especie mediante signos conscientemente articulados...". Apareció por todo ello, pero también por contar con un sistema articulatorio y auditivo adecuado y, por supuesto, tras haber sentido la necesidad de expresar el pensamiento.  Y buscando más información sobre este asunto fue como terminé enterándome de la existencia del llamado gen del habla. Su descubrimiento permitió establecer mejor la cronología de la aparición del lenguaje. Por tratarse de un tema tan cercano a nuestra materia y tan sugerente para los chavales, nos lanzamos a indagar sobre el glorioso gen que nos convirtió en bípedos parlantes, el FOXP2.

Nuestras indagaciones nos sorprendieron muchísimo. Hasta hace apenas veinte años se creía que el Homo Sapiens Sapiens, la rama a la que pertenecemos, era el primer homínido capacitado para el lenguaje, de ahí el apellido relativo a su "sabiduría", pero un estudio relativamente reciente desmontó la teoría, aportando datos que deberíamos quizá asumir como una lección de humildad.

Todo apunta a que la aparición del habla humana no sólo estuvo condicionada por la capacidad cerebral de los primeros "homo", por su adecuada anatomía fonadora o por las circunstancias ambientales. El factor genético parece que representó la entronización de nuestra especie en el reino animal. El gen FOXP2 es un interruptor genético que regula la expresión de otros genes implicados en áreas cerebrales. Este gen, que es sólo uno de los relacionados con el lenguaje, se descubrió tras la investigación llevada a cabo sobre una familia británica que tenía alterada su capacidad del habla desde hacía tres generaciones. Los científicos descubrieron que tenían el FOXP2 inactivo. Aunque parece que casi todos los vertebrados poseen también este gen en una forma muy parecida, las versiones  del chimpancé y del ser humano presentan diferencias sustanciales en su composición (concretamente en dos aminoácidos), algo que ha reforzado la hipótesis de que ciertas alteraciones en el gen podrían haber impulsado la evolución del lenguaje.

Se creía que el FOXP2 tenía una antigüedad de entre 100 y 200 mil años; un análisis exhaustivo sobre los restos fósiles confirmó que podría remontarse hasta 1,9 millones de años, coincidiendo con la cronología de los primeros homínidos, nuestros antecesores.

Prestigiosos paleoantropólogos, dedicados al estudio de la evolución humana y a su registro fósil, han descubierto que hay indicios suficientes de que los Neanderthales estaban capacitados para poder hablar. Habrían sufrido una alteración en el gen FOXP2, una particularidad que les dotaría con la facultad del lenguaje. Al parecer eran muy comunicativos, a pesar de la rudeza y aire cavernario con los que les recuerdan los libros. Lo que ya no sabemos es qué tipo de lenguaje empleaban, si utilizaban o no palabras ni a qué idioma podría parecerse aquel primer "código" humano... No hay que fantasear mucho para deducir que aquellos signos lingüísticos prehistóricos debían estar relacionados con su mundo, con su estilo de vida.



Y llegados a este punto del tema, se me ocurrió referirles a los alumnos que en mi tierra, cerca del Mar Menor, se levanta el llamado Cabezo Gordo, una formación montañosa de apenas trescientos metros de altitud con la que el devenir geológico salpicó la llanura agrícola, repartida entre bancales e invernaderos, que conduce a la imponente laguna salina de Murcia.

Allí se encuentra la "Sima de las Palomas", donde en 1991 se descubrió uno de los yacimientos de restos del hombre del Neanderthal más importantes del mundo. Su importancia radica en la existencia de restos de dos tipos distintos del género Homo: el Homo Sapiens Neanderthalensis y el Homo Sapiens Arcaico, que habitó la sima antes de los hombres de Neanderthal. Los palentólogos responsables de estudiar la Sima estiman que la ocupación humana se produjo durante un amplio periodo de tiempo que podría superar los 300.000 años. Se han hallado también restos de una variada fauna; entre las especies animales que vivieron allí destacan ciervos, caballos, linces, leones o tortugas de tierra.

Este yacimiento se ha convertido en los últimos años en el centro de trabajo de la Escuela de Campo "Sima de las Palomas del Cabezo Gordo", que reúne a especialistas venidos de todos los rincones del mundo movidos por el deseo de conocer mejor las raíces del hombre de Neanderthal. Todos han contribuido, desde 1991, a un amplio número de hallazgos sobre su fisionomía y hábitos vitales.


En nuestro trabajo escolar recordamos que eran nómadas y solían vivir cerca de ríos o en cuevas y debieron dedicarse a la caza y a recoger cuantos frutos les daba la tierra. Pensando en que en la orografía que rodea el Cabezo Gordo no existe hoy (e imagino que tampoco en el Pleistoceno) lugar donde guarecerse de cualquier ataque animal o inclemencia meteorológica, es lógico que aquellos Neanderthales que poblaron este rincón del sureste peninsular eligieran la Sima como lugar de recogimiento.

Al calor del fuego o en la oscuridad de las grutas... ¿En qué pensarían?; ¿cómo sonaría su lenguaje? ¿existirían ya las palabras? Estas preguntas me habría hecho si hubiera podido estar este pasado domingo entre los visitantes de la Sima de las Palomas. Solamente una vez al año, el yacimiento se abre al público; durante la visita, varios científicos les informan sobre los últimos descubrimientos, que lo convierten en un lugar destacado en el mapa de la evolución humana en Europa y que quizá también podríamos considerar (aunque esto ya es una ocurrencia mía) una de las cunas en las comenzó a forjarse, a fuego lento, el lenguaje articulado, el que entendemos como sucesión de sonidos dotados de significado...



Es un misterio, pero los chavales juegan con la imaginación: "Profe, los "homo ésos" seguro que dirían cosas como "comer", "cazar", "peligro", "bisonte"...". No está nada mal la hipótesis; es lógico, pero yo les sugiero algo incluso más sencillo y también, más humano. Cerramos los ojos y viajamos con la mente hasta la Sima, la de los tiempos en que no había nada de nada, ni carreteras ni casas, alrededor del Cabezo. Nos adentramos en su oscuridad, sin miedo cuando escuchamos a los murciélagos, y nos dejamos guiar por un leve resplandor. Una vez allí, adivinamos una figura que suponemos de mujer, pues entre los brazos estrecha al pequeño de la familia. Arropados por la hoguera, los dos nos parecen casi uno, porque el bebé se esconde al cobijo de su madre, que lo amamanta y arrulla entre sonidos casi melódicos. Crepitan los restos del fuego, y vemos, sorprendidos, que no nos diferenciamos tanto de los Neanderthales en las cuestiones más primarias. De repente, el lactante separa la cabeza del pecho materno, levanta la mirada para examinar su rostro, casi en sombras; no importa, el afecto de una madre puede sentirse hasta con los ojos cerrados. Juega entonces con la boquita para hacer sonidos con los que llamar su atención; ya sabe juntar los labios y hacer salir de allí algo que suene bonito y que haga que ella lo mire. Y, sin saber que estaba siendo el primer arquitecto del lenguaje, casa una sílaba con la siguiente, igual que la primera, para no arriesgar demasiado, y de su boca brota la palabra, la semilla, el germen de todas las venideras. Él dijó "mamá" y su madre ya tuvo nombre; ella lo miró; congeló por un momento su gesto, quizá sorprendida de ser llamada por primera vez, e inmediatamente dibujó una amplia sonrisa, buscando en su cerebro y su corazón otra palabra con la que corresponder aquel regalo y bautizar a su "hijo", al suyo y a todos los hijos de la historia del mundo.

Desde aquel mágico y cálido instante en la cueva, la especie empezó a ser humana. El origen de nuestra privilegiada condición quedó formulada en dos contundentes sílabas ("ma-má"), coincidentes en casi todos los idiomas, y que, casi con seguridad (no científica, claro está) deben estar ya cifradas en nuestro código genético, en nuestro ADN de bípedo parlante.