martes, 30 de agosto de 2016

Sonata de Enero



No importa ya cuál fue la primera vez. Era apenas una niña. Despertaba una profunda ternura verla lucir aquel vestidito de piqué color crema que primorosamente le había cosido su madre. El cuello y las mangas estaban ribeteados por unos encajes en rosa, el mismo color de los bodoques con los que parecía salpicada la falda de princesa.

Lucía engalanada para cada reunión familiar y a todos encandilaba su modosa compostura, esa sonrisa de niña obediente que ganaba en belleza con el brillo azul de sus ojos y el gracioso estilo de su corte de pelo, ni largo ni escueto, para que las ondas doradas quedasen sueltas y dóciles. El perfecto marco para su elegante rostro ovalado, una piel casi transparente; sólo unas leves pecas en las mejillas contrastaban con el nacarado fondo.

Había escuchado muchas veces a la madre Ana tocar aquel órgano que había en el salón de actos de su colegio. En aquellas teclas todo sonaba a liturgia de convento, pero en su mente la partitura quedaba transformada en ensoñación en clave de fa. Esto ella no lo sabía; ignoraba hasta el nombre de las notas, pero en el centro de su alma latía un universo en polifonía. Y, así, sin querer ni saber, cuando se sentaba a la mesa para la hora de la comida o de la cena, atusaba su vestido, lo acomodaba a la silla y posaba los pequeños dedos sobre el mantel para, de inmediato, empezar a acariciarlo, como si aquellas flores bordadas en tela que vestían la mesa escondiesen teclas, blancas y negras, que ella imaginaba en número infinito, aunque sus bracitos no pudiesen alcanzar más allá del recoveco que formaban la panera y la jarra de agua.

Su padre la observaba, debatiéndose entre la severidad y la ternura. En Navidad, su hija pedía siempre el mismo regalo. "Papá, un piano grande, de los que tienen cola". En las dos últimas ocasiones, encontró entre los presentes navideños un teclado infantil, de juguete. Victoria, intuyendo ya el escaso volumen bajo el papel y el lazo, desenvolvía el paquete desilusionada, un poco dolida en su pequeño ego de futura concertista. Pero, no dijo nada; habría sido descortés por su parte reprochárselo a sus padres... Seguiría entrando a hurtadillas al salón del colegio, para levantar la tapa de aquel órgano y jugar a ser una acariciadora de escalas... Y también de manteles, pues seguiría empleando la sobremesa para deleitarse con el repiqueteo de la yema de sus dedos sobre el borde de la mesa y con la melodía que de allí emanaba y que sólo ella podía escuchar, como se escuchan y sienten las cosas verdaderas, con y desde el corazón.

Y, soñando con tener un piano, pasaron concretamente cuatro inviernos. El tiempo había dejado a aquella niña en la antesala de la adolescencia, a punto de abandonar la candidez infantil, desdibujando en su sonrisa cualquier atisbo de ingenuidad.

A Victoria sólo parecía gustarle la música, la que escuchaba en el aparato reproductor de su madre, en el que descubrió los virtuosos movimientos de Chopin, Liszt o Schumann. Nada en la vida despertaba en ella interés. Su mente y sus manos sólo encontraban deleite en las partituras interpretadas por la genialidad ajena y en la fantasía de creerse capaz de arrancar música a cualquier superficie que pudiera representársele en la imaginación como un piano. No necesitaba salir a ver el mundo, porque el mundo, su inmensidad y su caos, estaba ya cifrado en aquel pentagrama con el que nació, sin quererlo, y que conseguía conectar su alma y su cuerpo en sostenida armonía. Las piezas que su oído registraba terminaban por grabarse indeleblemente, como si ella misma las hubiera compuesto. Seguía visitando el teclado religioso del colegio para darse el placer de escuchar, a través de sus manos, el eco de toda la música que la embargaba. Y así fueron creciendo su pasión, su arte y su sueño de tener un piano.

Para aquella ocasión ya no se tomó la molestia ni de formular el deseo. Si sus peticiones infantiles no obtuvieron respuesta, no esperaba sorpresa alguna precisamente ahora, en aquella noche de Reyes en que ella ya no creía más que en su melodía interior.

Sin embargo, la tarde anterior, cuando salió a dar un paseo con su madre, el sueño alcanzó la ventana del salón de estar de su casa. Y, en verdad así fue, porque unas poleas fueron las encargadas de cargar y aupar un hermoso piano de pared, de madera que se antojaba antigua y que dejó boquiabiertos a los vecinos que vieron volar por el cielo de su calle lo que al día siguiente sería celebrado como el mejor regalo del mundo.

Su padre había tardado mucho en reunir el dinero para aquéllo. Encontró la pieza en un anticuario del centro de la ciudad. No era especialmente vistoso ni elegante en comparación con un piano de cola, pero aquella madera desprendía un algo muy especial y envolvente. Al parecer llevaba años allí expuesto. Había pertenecido a un joven de largos dedos y extremada sensibilidad que sólo pudo acariciar las teclas y exprimir belleza de ellas los diecinueve años que duró su vida. El padre de aquel muchacho quiso conservar el piano como prenda con la que recordarle, pero, al cabo de un tiempo, el dolor y la tristeza de escuchar el silencio bajo la tapa del teclado le desbordaron el pecho y decidió venderlo. El anticuario juró al padre de Victoria que, cuando cerraba la galería de noche, mientras recontaba la recaudación de la caja, se escuchaba un extraño crujir en su interior que terminó por parecerle melódico, mágico.

Cuando al despertar aquella mañana de fiesta Victoria se dirigió hacia la sala, no encontró el paquetito de papel brillante que tantas otras veces sobresalía entre sus zapatos, ni el libro atado con cinta de raso con el que su madre intentaba ofrecerle otros lugares imaginarios donde guarecer su alma. Se quedó inmóvil en el centro del cuarto; sin ella saberlo, sus padres la observaban apoyados en el marco de la puerta, con el corazón encogido e impaciente.

Fue girando su centro de gravedad, llevando los pies y los ojos de una pared del salón a su contraria, dispuesta a abandonar la estancia y entregarse al desolado desayuno de quien se siente profundamente defraudado. Se detuvo al llegar al lado derecho de la ventana. La luz tibia de la mañana de enero se batía en duelo por atravesar el cristal y el blanco algodón de la cortina. Entre las ondas que formaba la tela, un rayo entró sin llamar para postrarse ante aquel altar, entre dorado y caoba, que Victoria descubrió de imprevisto, con la extrañeza de haberse encontrado con un sueño antiguo y que, de tanto ser anhelado, parecía desterrado en el olvido...

No podía creerlo. Ya no habría más música contenida en el pecho ni bajo las yemas de sus dedos sentiría ya el lamento de infinitas corcheas secuestradas. "Victoria, dale un beso a tu padre". Ella sin embargo no creyó que debiera darle las gracias. Ése era su regalo, el que llevaba años esperando, invocando, construido en su mente con minucioso detalle. Al verlo allí, en su salón, supo en realidad que no habría deseado que fuera distinto, ni de color negro ni con cola. Era perfecto, como si hubiera sido creado especialmente para ella.

Fue a su encuentro, ladeó la banqueta lo suficiente para poder tomar asiento y atusar la elegante falda que había elegido para ese día de fiesta. Desnudó el teclado y descubrió encantada unas maravillosas piezas de marfil que, con el tiempo, habían abandonado el blanco y presentaban manchas anaranjadas con formas caprichosas, que más parecían llameantes señales de algún remoto incendio musical.

Posó los dedos sobre ellas; los deslizó primero de un extremo a otro, como esa primera caricia que se da a lo que sentimos como propio. Sintió un escalofrío, como si, al contacto con las teclas, la electricidad la atravesara, entrando por la cabeza, recorriendo cada vértebra para después cambiar el rumbo hacia los pies, ya apoyados sobre los pedales del piano, que parecían de bronce desgastado. Así quedó cerrado el circuito, pues aquel extraño rayo que entró en Victoria a través de sus manos retornó a la caja de resonancia, sellando así un extraordinario vínculo que venía a unir destinos, los pasados y los futuros.

Con un gesto que pareció firme y a un tiempo dulce, extendió los dedos de la mano, dando amplitud a sus palmas para que el baile de los dedos sobre las teclas parecieran una ola en continuo movimiento.

Cuando él la vio en esa primera interpretación, tan ágil, tan hermosa, no atinó a distinguir a qué notas se dirigían aquellos dedos que cambiaban de tecla como un soplido imperceptible. Victoria cerraba los párpados y veía la música: frondosos árboles, terribles tormentas, vistosos pájaros, nieblas perpetuas o rosados amaneceres... La tristeza, el desdén y la furia, el dolor y el amor. Victoria veía y sentía el mundo con el oído y con el alma. Y de esa misma manera la conoció él. Se presentó el primer día y se quedó admirándola, extasiado, con el hombro apoyado en el lateral del piano. Victoria parecía abalanzarse sobre las teclas cuando la música la embargaba de pasión. Echaba su cuerpo hacia atrás, con los ojos cerrados y el ceño levemente fruncido, acorde al sentir del movimiento. Le admiró la belleza de la imagen. Pudo ver allí mismo su alma. Sin palabras. Él sólo podía contemplarla desde el silencio, el que había sido su hogar y su refugio en los últimos años. No quiso que se diera cuenta. De haberle sentido, el concierto en "mi bemol mayor" se habría visto importunado por el osado espía de acordes. Ella prosiguió con la interpretación, mas  no le fue posible acabar. Sin necesidad de abrir los ojos, percibió su presencia. Todo lo llenaba, por fuera y por dentro del piano y de la pianista.

Victoria sintió una cálida proximidad en el transcurso de la partitura. No pudo verle, pero intuyó primero y supo después quién era aquél que venía a visitarla para escucharla tocar, para admirarla. ¿Por qué has venido?, Negras y blancas entrelazadas con sus dedos. "Yo te conozco, desde siempre y para siempre", resonó en su cabeza. Quedó inmóvil por un instante, se hizo el silencio dentro del piano. Victoria abrió los ojos. En la sala no había nadie, pero nunca antes había sentido el corazón tan acompañado, tan pleno. Dejó caer de nuevo las pestañas y reposar sobre las mejillas. Entonces lo vio, nítidamente. Llevaba puestos unos pantalones oscuros y una camisa blanca con las mangas levantadas hasta el codo. Tenía los brazos cruzados y estaba apoyado en el piano, observando. El pelo era castaño claro, con cierta ondulación. A Victoria se le antojó de tacto sedoso. Sus ojos, taciturnos; su sonrisa, leve. Una pequeña marca en la cara, señal de heridas pasadas y curadas. De la herida de la muerte nadie pudo salvarle, sin embargo. Descruzó su pose y le tendió la mano. Aquellos larguísimos dedos le fascinaron, pero no correspondió en seguida al gesto. Sintió miedo. Nunca había estado tan cerca de un hombre y con aquél, precisamente, vibró su piel, tanto que, si en ese mismo instante la hubiera rozado, habría podido escuchar música saliendo de sus poros. Tomó aire y, al soltarlo, alargó el brazo, ahora con decisión, intentando alcanzar las yemas de sus dedos. Él sonrió satisfecho y extendió más si cabe su mano para acariciar la de Victoria. "No temas. Siempre hemos estado juntos. Recuérdame.  Cuando te escucho sobre las teclas regresan los recuerdos del día en que nos conocimos, junto al mar". -"Lo siento, yo no he visto nunca el mar...".

No sintió roce alguno, aunque las palmas de ambos estuviesen ya fundidas. No era piel lo que él venía a ofrecerle. Victoria descubrió en ese instante un espejo que le devolvía infinitas imágenes de sí misma, compases de otro tiempo que no recordaba haber vivido, pero en los que se reconocía feliz, de su mano, efectivamente a la orilla de un mar. "Más que a mi vida", le susurró aquel día...

Cabalgaron ligeros los dedos en el piano, agitados, al evocar la noche en que él la besó, precisamente a ella, que ni sospechaba el cálido sabor de otra boca.- "¿Nunca te han besado, verdad?", le preguntó entretejiéndole el pelo con los dedos". -"Nunca", contestó la muchacha a la orilla de la playa. -"Nunca", pensó Victoria mientras avanzaba su Sonata y mantenía la mirada clavada en esos labios lejanos, que en nada se parecían a la carne.

Un enero tras otro celebrarían el primer encuentro, la ardiente caricia, la humedad del invierno cerca del mar... Un remoto acorde consigue rescatar de la memoria trozos de otra vida. A esta orilla en la que Victoria parece no más que una niña con un piano nuevo, van llegando náufragos recuerdos de una mujer, pianista y amante, que tuvo que ver cómo la muerte le arrebataba el amor y el sentido. "No llores; prometo volver a tu encuentro, no importa lo lejos que estés. Nuestro destino no es la ausencia ni el olvido. Más que a mi vida y por encima de ella... Tendrás que saber esperar...".

Y, acariciando el marfil de su piano de pared, recordó cuántos años tuvo que esperar hasta conseguirlo, cuántos paquetes navideños desenvolvió enrabietada, hasta por fin entrar en el salón y ver su sueño hecho realidad. Ahora lo comprendía. No llegó antes porque no era el momento. Su momento estaba siendo pospuesto desde el terrible día en que sostuvo su mano fría y le besó la frente; desde que dejó ser la que fue para convertirse en otra Victoria, con otro rostro y otros ojos, pero idéntico corazón. Él encontró a ambas, que son una sola, entregadas a la hermosa "Sonata de Enero".

"Me encanta escucharte y verte tocar. Has aprendido mucho. No te apures, ya no me iré. He llegado a punto a mi encuentro con el destino".

Ella no se separaría ya del piano. Entregaría sus horas y días a deslizar las manos para arrebatarle música al tiempo. Porque no podría cumplirse aquel destino sin consumir su tiempo, su vida. Apoyado sobre la madera o compartiendo banqueta y teclado, él vería envejecer las manos y el cabello de Victoria. A ella no le importaría comprobar cómo sus dedos parecían estar convirtiéndose en ramitas leñosas de lento crepitar al cálido contacto con las teclas. Cada nota perdida le acercaba un poco más a él. Y así fue, hasta quedarse el pentagrama vacío y la sala, en silencio... Allí sólo podría escucharse ya un eco eterno desde el otro lado.