jueves, 13 de octubre de 2016

Demonios encarcelados... (Primera parte)


Ya le digo que Eva era mi mejor amiga. El primer mensaje que recibía por la mañana era su "whatsapp" preguntándome qué tal había dormido. Mal síntoma el del día que no daba señales madrugadoras. Si llegaban las 10,00 y  andaba aún silenciosa con el móvil, me daba prisa por echarle un ojo a su "was" y, efectivamente, allí estaba ella, sin foto de perfil ni nada, o, a veces, con un pantallazo negro y agorero... Mala espina la que se me clavaba en la garganta de imaginarla en medio de su hundimiento sin poder hacer nada por reflotarla.

Cuando se ahogaba en el miedo, Eva se esforzaba por desaparecer, eso sí dando señales claras al mundo de que andaba con los ojos vueltos hacia adentro, mirándose los recovecos del alma, y, por eso, dejaba siempre frases fulminantes en su estado de las redes... Foto agónica total y mensaje lapidario para dejar a todos tiritando de susto.

-"No hagas eso, niña. Así sólo parece que quieras llamar la atención y la gente termina cansándose de tanto teatro de penas...".

- "Y yo pensando que tú eras quien mejor me comprendía... ¡Que te den...!".

Sentía una patada en la boca del estómago cada vez que ella me soltaba aquellas palabras, que acompañaba de una mirada que conseguía partirme, así, a cuchillo... Era mi mejor amiga, sin lugar a dudas. Ya ni me acuerdo, pero quizá desde el tercer curso de primaria.

Me encantó aquella niña que en nada se parecía a las demás, escondida detrás del silencio o la vergüenza cuando estaba en clase y crecida como un titán a la hora del partido en el patio. La única chica de entonces capaz de correr y disputar el balón aunque para ello hubiera que clavar la rodilla y el amor propio en el terregal del improvisado campo de juego. Los otros niños de la clase se burlaban al principio a sus espaldas; Eva se lo olía, pero como si nada. Cabeza bien levantada, objetivo establecido y balonazo a la red del portero: su derecha terminó por convertirla en el "rayo de 4° B".

Cuando terminaban los partidos se sentía eufórica y empezaba a narrar, con atropello y orgullo, cada una de las jugadas, reviviendo el subidón que habíamos tenido poco antes con cada entrada y cada gol. Y, entonces, se le relajaban los músculos de la cara y conseguía reír, soltar la alegría, ser ella misma... Regresábamos juntos a casa y, en ese camino fue cuando conocí a Eva sin careta, al natural. Tremendamente divertida, aunque pocos lo supieran.

Sí, debió ser en aquella época. Alguna vez me contó que, cuando los chicos del equipo estábamos preparándonos para el entrenamiento, en el vestuario de las chicas, las de la clase de rítmica  se reían de ella, primero con cierto disimulo, entre cuchicheos cómplices; poco tiempo después, sin ningún tipo de reparo, aprovechaban el momento en que Eva se ponía la equipación de fútbol para hacer un corro en torno a ella e insultarla abiertamente. "Nacho -me confesó un día sollozando- , me llaman gorda y marimacho mientras se carcajean en plan burlón. Un día consiguieron que saliera de allí medio derribada por sus pelotas de gimnasia".

Así perdió mi amiga su sonrisa. Dejó de ir a los entrenamientos. Nadie sospechaba cuáles eran sus razones. Los demás compañeros de equipo se lo reprochaban cuando la veían por el colegio y ella, huidiza y sintiéndose más avergonzada aún, terminó por no querer ir a las clases. Su madre debió sufrir mucho al verla convertida en un espíritu errante entre las cuatro paredes de su cuarto. Se empeñó en no ir al colegio porque allí volvía a encontrarse con esas chavalas de la rítmica, las mismas que consiguieron que odiara el fútbol y que se odiara a sí misma.

No tardaría mucho en volver a verla en la clase; sin justificación médica o causa de fuerza mayor, ningún niño puede ausentase del colegio ni ningún padre puede dejar de cumplir con la obligada escolarización. Eso sí, la que regresó no parecía Eva, mi amiga y compañera de mesa; allí, a mi lado, se sentó apenas una sombra de aquella niña que corría tras el balón; sin luz ni ilusión en el gesto se presentó de nuevo ante el mundo. Todos la observamos con cierta curiosidad morbosa, ¿qué tiene y por qué se han apoderado de ella las ojeras? Eva no decía nada, pero yo, con solo mirarla a los ojos, la escuchaba gritar angustiada. Aun cuando se esforzaba por serenar su expresión facial, yo juraría haberla visto llorar. No había humedad en sus mejillas, aunque anduviese con el corazón anegado de dolor, hecho añicos y desesperanzado...

Ningún compañero se atrevía a cruzar la frontera y, bien por indiferencia o por vergüenza, nadie se acercaba a interesarse por Eva. Yo rehuí durante varios días de la que, sin lugar a dudas, era mi obligación como amigo. Sentí extrañeza ante alguien en cuyo ademán ya no reconocía la complicidad de entonces, la de cuando a ella no le importaba más que el fútbol, al que se entregaba en cuerpo y alma. Desde entonces, su cuerpo lucía muy desmejorado, flacucho y débil, y su alma, secuestrada por la voluntad de quienes la hirieron con el insulto fácil y la arrinconaron en un vestuario infantil.

Sí, así es... Usted lo ha dicho. Fue entonces cuando me enteré de que, por las tardes, Eva asistía a las clases de gimnasia artística. Me costó mucho creerlo, ¿Qué sentido tenía terminar acercándote a quienes te habían hecho sentir tan insignificante? ¿Para qué querría mostrarse ante aquellas arrogantes  chicas, precisamente en el momento en que más vulnerable resultaba? Y no sólo porque su mirada y su ánimo parecieran resquebrajarse a cada paso, sino porque su cuerpo también tenía un aspecto muy frágil.

Poco después lo entendí, claro... en cuanto me detuve a observarla en clase, siempre estática, mirando al infinito verde de la pizarra, hasta que algún profesor pretendía rescatarla de su ensimismamiento. Era entonces cuando Eva, en un intento de respuesta, se sentía atrapada, primero por la sensación de mareo y, después, por el desmayo.

- Muchacha -entonaba el profesor  con intención amable-, ¿Pero tú has desayunado hoy?

Eva sólo atinaba a apretar los dientes y agachar los ojos. Ahí mismo me di cuenta. Mi amiga había empezado a comer menos que poco, porque necesitaba ser como las demás, las que podían enfundarse en la moda que llevan las chicas de ahora, ajustada, atrevida, para marcar, como me contaba ella, los huesos de las caderas y lucir una pronunciada clavícula, sobre la cual algunas, las más extremas, colocaban piedras redondeadas para después poder demostrar en las redes sociales el poder de sujeción de sus esqueletos.

Eso mismo pensé yo, una locura, una extraña locura. ¿Por qué, Eva? "Necesito sentir que me quieren, que aquellas chicas me aceptan en su grupo, porque creen que estoy tan delgada y soy estilosa como ellas. Y quiero que ellos me miren y me sonrían al verme; que deseen hablarme y sea yo quien les esquive; que les guste acercarse a mí y tengan en cuenta lo que digo y lo que hago. ¿Tú saldrías conmigo, Nacho? Dime, ¿te gustó así, como para querer salir y que te vean conmigo? ¿Te parezco interesante acaso con mi camisa ancha y mis vaqueros rectos de chico, talla enorme, que llevaba antes? Anda, no mientas...".

-"Eva, tú eres mi amiga" -le decía- y , en ese instante, se hacía el vacío, un terrible silencio venía a caerme encima, como una enorme losa que me sentenciaba y aniquilaba, por idiota, por insensible.

Yo no sé si era porque la conocía desde la niñez y no era capaz de ver en ella todo lo que en las demás me parecía un sagrado deleite, o porque una chica de gesto tan gris y hundido no venía precisamente a despertar pasiones ni sentimentales ni hormonales. Sea como sea, no lograba ver en sus ojos más que un remoto recuerdo de la niña desenfadada y feliz que un día fue, con sus botas del fútbol y su balón bajo el brazo... Y, ahora, la miraba y buscaba allí en la pupila de siempre a la amiga, mas solo encontraba un gesto hostil, a veces hueco.

La veo frente a su espejo. Se ha desnudado. Va recorriendo con los ojos cada recodo de su figura, mientras da voz a su infierno interior diciéndose "¡mira qué horrible eres; tienes muchas caderas y la celulitis se ve por todos lados; qué pelo tan soso y áspero; llena de granos y sin apenas pechos...! ¿Cómo les vas a gustar?". La mirada se detiene ahora a la altura de los brazos extendidos. Veo espantado esos terribles cortes, algunos ya cicatrizados, otros más recientes, y otros pocos sólo arañazos de lo que aspiraba a ser una herida de muerte y se vio frustrado por el miedo y el abatimiento. Eva llora cada vez que se descubre la piel y comprueba las marcas inconfundibles de la autodestrucción. Piensa en ese momento que es inútil castigarse con el hambre, llenando vacíos con agua y manzanas; así que, asestada por la frustración y un latigazo en el estómago, carga su ira contra la puerta de la nevera, para sacar de ella todo lo que pueda ayudarla a calmar sus ansias. Se le escapa la furia de entre los dientes y chilla, entre bocado y bocado. Se odia por estar haciendo eso, por llenar su boca más y más, sin dar tiempo a masticar. Le corren las lágrimas por la cara y siente cuando traga un jirón por dentro. Deprisa, que pueden verte; traga, Eva, ¡qué más da! No vas a ser como ellas...

Me contó que aquellas escenas continuaban en el baño, agarrada a la taza e intentando vaciarse de culpa y comida con ayuda de los dedos en la garganta. Y así la descubrió su madre. En los párpados superiores le vio unos puntitos rojos muy marcados, por los capilares rotos con el esfuerzo del vómito y un día en la ducha vio las lesiones de los brazos. Además, después de esos episodios compulsivos, Eva caía en un estado emocional que la recluía en su cuarto y la ahogaba en llanto. La vida terminó haciéndose insostenible. "Nacho, no me soporto; odio mi imagen en el espejo; odio a mis padres; odio este mundo porque no hay lugar en él para mí... Y por eso quería un día ser valiente y poner fin a este infierno. No me quedan fuerzas ni para estar clase ni para continuar con los entrenamientos. Nadie se dará cuenta de mi ausencia, lo sé".

Eva comenzó a visitarle desde entonces. Su madre acudió primero al instituto para averiguar si allí ya se habían dado cuenta de algo. La orientadora la informó de que casi todos los profesores comentaban que el carácter de su hija había cambiado mucho en el último año. Había pasado de ser una alumna participativa y motivada en el primer curso de secundaria, a convertirse en un espíritu silencioso, ajeno a los libros; a los compañeros; a mí, que era su mejor amigo, e incluso a sus dos pasiones, el balón y los pinceles y lápices que tan bien se le daban. La madre se enteró también de que hacía meses que Eva había dejado de ir a las clases de gimnasia rítmica de las tardes. Ya no se lo pensó más; la trajo a su consulta medio engañada, haciéndole creer que iba a hacerse unos análisis de sangre. La verdad no sé si realmente usted consiguió ayudarla en algo. Es muy fácil eso de "habla, que yo te escucho" o decir "debes quererte más y hablar con tus amigos".

No sé cómo no reaccioné antes. Sí, ya lo sé, alguien que dice ser el mejor amigo de otro alguien debe acercar el hombro; vigilar los silencios, las lágrimas y las furias del amigo, a veces sólo escuchar y otras, simplemente dar un abrazo. Tendría que haberle dicho antes que a mí sí me gustaba, por su profunda mirada, su sonrisa de antes, sus atléticas piernas, el pelo en media melena que siempre se le venía a la cara; por su hondo pensamiento, que hacía que los demás pareciésemos mentes superfluas y ridículas. A mí no me parecía que fuese una chica gorda. Ninguna falta le hacía pretender una escuálida figura con la que lucir más ligera y elegante, al danzar con las cintas o lanzar las mazas, sobre todo porque a Eva no le gustaba de verdad esa constante exhibición que exige la gimnasia rítmica. No era su pasión; la suya habría sido poder seguir corriendo tras el balón sin que nadie la señalase y la hiciera sentir ridícula. "Amiga, llevas la belleza en tu manera de ser, no en la talla de tu pantalón ni debajo de la lycra del maillot. No dejes que te asfixien más. No castigues más tu cuerpo y tu insegura alma". Sí, tendría que haber ido a su casa para decirle todas estas cosas, para que tomase contacto con los de este mundo; ella hacía tiempo que había entrado en otra dimensión, donde las de sus edad a veces eran incluso ingresadas para recuperar un poco de peso y templar los nervios. La madre de Eva me contó que una de aquellas amigas casi "transparentes" había estado más de un mes ingresada en un centro especial y que, cuando salió y vio el estado en el que se encontraba su hija, le aconsejó que en la próxima visita al psicólogo le dijera que cuando vomitaba echaba también sangre, aunque fuera mentira. Así se aseguraba el ingreso de rescate. En qué estado no estaría Eva... Si seguía así, si a escondidas continuaba lesionándose, sin apenas comer ni hablar ni sonreír... Sucedería, con seguridad. ¿No supo usted actuar? ¿Le contaba ella sobre los demonios que vivían entre sus pensamientos? ¿Lloraba cuando hablaba? ¿Hablaba acaso? Tendría que haber sido yo el que estuviera en su sillón, no le quepa la menor duda. También podría haberle dicho a su madre que dirigirse siempre a Eva con esa dureza no iba a servirle más que para que se aislase más aún en su castillo interior. "No me gusta que vistas así, siempre de negro, con esa raya en el ojo. Come ya y deja de querer llamar la atención, que un día nos vamos a cansar y te quedarás sola...". Yo no te voy a dejar sola, Eva... aunque tenga que ir a rescatarte allí dentro y enfrentarme a ese dragón que tan celosamente te asedia...

Ni fue usted, ni su madre ni yo. Un día, por sorpresa, llamó a su casa su profesor de Plástica. No podía creer que su mejor alumna, la "artista del boli Bic", como él la llamaba en clase, llevase tanto tiempo sin aparecer por clase. Ya sabía, claro está, que a Eva ni le iban del todo bien las cosas. No hizo falta que la dirección del centro le diese muchas pistas sobre las razones de su ausencia. Un tipo inteligente y sensible como aquél supo ver desde el primer día que en los ojos de Eva había otros muchos ojos acechando desde dentro.