lunes, 2 de enero de 2017

Unas botas de Navidad

FOTO: AURORA MORA
Felicitación navideña del Ayuntamiento de Los Alcázares, Murcia.
NAVIDADES 2016




Queridas Majestades:

Sé que la carta que os escribí con tanta ilusión ha debido llegaros ya. Hace semanas que me senté con el bolígrafo a hacer la lista de los regalos que me gustaría que me trajeseis. Antes de llevar el sobre al buzón, mi madre me avisó de que igual me había excedido; creo que todos los padres dicen lo mismo en estas fechas, "oye, no olvides que hay muchos niños en el mundo y los Reyes no tienen tantísimo dinero como tú te crees".

Ahora no es momento para enfadarme por estas cosas. No sé si ya os habréis enterado, pero aquí, en mi pueblo, que está a la orilla del mar, hace más de una semana que la lluvia empezó a caer con furia, sin control, convirtiendo las calles en ríos, que corrían con prisa y fuerza buscando salida y terminaron confundiéndose con el mar... Por unas horas, desapareció la playa, ¿os lo imagináis? Fue como ver un desierto, como el que traéis vosotros de camino, porque el agua no era azul ni verdosa, como suele ser en este Mar Menor, sino marrón, como si trajese toda la arena del mundo…

Empezó a arreciar por la mañana. Como era domingo no me importó mucho tener que quedarme en casa; así podría terminar de montar mi belén, colocando las últimas figuritas que mi tía nos había traído de Madrid. Mi madre parecía preocupada, andaba de acá para allá por casa, sacando ropa de los armarios y quejándose de que en la despensa no había tantos botes y paquetes de comida como ella creía. No entendía a qué venía ponerse tan nerviosa por no haber hecho aún la compra; todavía quedaba casi una semana para el día de Navidad y, con la que estaba cayendo, digo yo que los langostinos y mis polvorones de almendra podían esperar. Creo que ella no estaba precisamente pensando en los turrones, sino en arroz, pastas o conservas, para subsistir en caso de necesidad.

Los campos de mi abuelo fueron de los primeros en quedar cubiertos por el agua marrón; las calles iban desapareciendo poco a poco, sus aceras ya no se veían y el torrente quiso ir entrando en las casas de todos. “Nadie debe abandonar su domicilio. Sean prudentes; debemos pensar ante todo en la vida de las personas”.  

¿Saben, Majestades? En mi tierra llueve poco, casi tan poco como en Oriente. Lo que ocurre es que aquí, cuando de repente se rompe el cielo y nos regala lluvia, lo hace a traición, como si alguien nos maldijera desde arriba por disfrutar siempre de tanto sol y calorcito. Y se nos monta un pequeño diluvio al año, y, a veces, hasta dos. Mi madre, que se echa a temblar con el primer trueno del otoño, siempre nos recuerda las inundaciones que asolaron el pueblo cuando era ella pequeña. Los coches y los limoneros recorrieron las calles flotando; la escuela estuvo cerrada más de una semana y muchas personas vieron cómo el paso de la rambla arrasaba sus casas y cosechas. Creo que en eso mismo estaba pensando mi madre aquella noche de domingo, cuando vio que el agua alcanzaba ya nuestra puerta. “Llamen a los servicios de emergencia en cuanto sientan el peligro cerca”.  

Yo ya dormía, un poco cansado, un poco asustado, cuando mi madre me zarandeó con fuerza. “Vamos, arriba. Vienen a buscarnos”. Me levanté de la cama y hundí los pies en un agua fría y espesa y se me abrieron de la impresión los pulmones y los ojos. Salí de mi habitación cogido de la mano, sin mediar palabra, porque la voz se me había quedado congelada en el pecho. Al pasar por el salón se me hizo pequeño el corazón al ver mi belén navegando boca abajo: san José por aquí; la Virgen, a pesar del desastre, cerca del pesebre; los pastorcillos, desorientados, y vuestras figuritas, reales majestades, buscando camellos, pajes y una estrella mágica que les guiase. No pude pararme a rescatarles y me sentí triste e impotente, pero mi madre estaba llorosa y pensé que sería mejor abrazarme a ella para calmarla. El agua seguía subiendo y nosotros, huyendo de ella. Mi padre estaba en la terraza haciendo señales para que nos viesen.  

Bajaron de un enorme camión con las luces giratorias salpicando la noche de naranja. Eran tres y, entre las sombras, por un momento, los confundí con ustedes. Sí, ya sé que los bomberos llevan cascos y no coronas, pero viéndoles avanzar, atravesando a contracorriente mi calle me pareció que los mismísimos Reyes Magos venían a mi propia casa con el más preciado regalo. No olvidaré al que me cogió en brazos y me puso a salvo; llevaba unas enormes botas verdes de goma y una sonrisa en la cara. Nos llevaron a la parte alta del pueblo, junto a otras personas rescatadas. De repente, ya no parecía Navidad; todo lo que teníamos se quedó en casa, bajo el agua… Pero, de nuevo, para Nochebuena, unos señores con botas grandes salpicadas de barro y gesto cansado nos devolvieron la sonrisa. Trajeron bolsas llenas de comida y de dulces que habían recogido en los pueblos de alrededor para regalarnos una noche especial. Y, aunque mis juguetes y mi ropa andaban ahogados, sentí que aquellas botas embarradas nos sacaban un poco a flote.
Con los días hemos recuperado un poco la normalidad, pero creo que era necesario avisarles de que para su noche de reparto deberán venir bien preparados, porque aún hay mucho barro por las calles. Además, si les veo entrar en el salón con unas botas de goma verde salpicadas de marrón, sabré que de verdad ya llegan los Reyes, los que nos salvan y dan polvorones cuando el agua nos lleva. Por cierto, si aún estoy a tiempo, me gustaría cambiar el coche teledirigido por un camión de rescate con sirena y unas botas de Navidad.

¡Buen viaje y no teman, ya no llueve!
Con cariño,
Luis