lunes, 6 de febrero de 2017

Mi pizarra, mi ventana


Muchas veces, en el transcurso de mis clases, hay momentos que podríamos llamar de conexión intergeneracional. Ante la pasividad de algunos alumnos, caras de aburrimiento o incomprensión o también frente a quienes parecen reaccionar al estímulo académico y se enfrentan a sus estudios con la motivación del buen resultado, no puedo dejar de sentir empatía, mucha empatía.

Siento a veces que mi voz debe abrirse paso, pertrechada de la entonación y firmeza que la ocasión requiere, y cruzar la gran muralla que asedia sus mentes. Y, de repente, la memoria me traslada al otro lado de la trinchera, y me veo de nuevo sentada en una de esas mesas verdes, con catorce o quince o dieciséis años, intentando escuchar un discurso vacío para mí, además de indescifrable si se trata de números. Soy una adolescente y en absoluto entiendo esa gravedad y ceremonia con la que los profesores dan a conocer sus conceptos, que me resultan tan extraños y parecen encriptados con la mala fe de quien preferiría seguir siendo el único poseedor de la verdad...

El profesor continúa con la tiza enrabietada sobre la pizarra verde, inundada de un galimatías de letras y números, guiones, corchetes y llaves, potencias, infinitos insufribles e inquietantes secuencias (i)lógicas... Recuerdo ahora a aquella muchacha para la que la historia era un entramado de fechas y eventos desconectados y lejanos, aunque a veces apasionantes; la poesía, un ritmo, con rima o sin ella, un espejo que nos trae de vuelta la imagen de quien querríamos ser. Aminoácidos y enzimas; lípidos y cromosomas, se empeña la joven en engullir, sin masticar, a traición, que luego habrá que demostrar. Ígneas o metamórficas, caen sobre mi mesa enormes y traicioneras rocas, que no termino de entender ni ubicar en mi mundo. Sólo atino a hacer propio el "sólo sé que no sé nada" y aquello que Platón sugería sobre el amor idealizado en el que ya están más que licenciados nuestros adolescentes.

Y frente a ese escenario donde los profesores celebran la liturgia del saber, yo, espectadora despistada y a veces indiferente, termino volviendo la cara, bien para buscar compañera de charla o bien el perfil del chico que me tiene ganado el seso (hasta ahora así, escrito solo con "s") y a ratos, el alma. Si no hubiesen venido ni uno ni otro a clase hoy, mis ojos se habrían ido, sin pensarlo, hacia la ventana, para quedarse allí atrapados, en los árboles del patio o los nubarrones que anuncian lluvia en el cielo, pero también tempestades en mi pensamiento. 

Estoy (están mis alumnos) secuestrada/os en otra dimensión, zarandeados por las voces paternales que me/nos riñen por llegar tarde, estudiar poco  y por esa habitación desastrosa que tenemos. "Tarde", "poco" y "desastrosa", palabras poco estimulantes para quien se siente también asediado por las etiquetas con las que le marca la red (más bien trampa) de ciberamigos: "empollón", "manta", "gordo/a", "chivato/a", "nenaza", "marimacho", "gafotas", "enano"...

Quiero silenciar estos ruidos, bajarles la frecuencia. Debo empezar a escuchar qué es eso de los polinomios y el verso hiperbólico ¿o era el tiro parabólico? Me preguntan por el grupo de clase si la acción del cuento que había que analizar era dinámica o estática y que cuántos sintagmas preposicionales había... Y yo que ando aún descifrando qué es eso del H2SO4 y su relación con las Cruzadas... A veces, estoy por decir "basta", "que me bajo", que yo no atino a comprender qué hay detrás de lo que me dicen, granizada de conceptos que me martillean y hunden, dejándome más clavado aún en esta silla. Abriré mi paraguas, para no mojarme con tanta tormenta de ideas... ¿Hay alguien ahí dentro que pueda escucharme? A lo mejor me vengo yo creyendo de la rama Sapiens de los Homo y va a ser que todavía no he pasado de invertebrado descerebrado... Me miro en el espejo y no me lo parece; ahí están mis rasgos en la cara y mis dos manos, que aún no sé si serán neurocirujanas, concertistas o recolectoras, de frutos o de mentes ajenas, o de ambas cosas... Y sé que pienso y que siento, que me emocionan las historias, los paisajes, la música y el viento... Pero, ando perdido en el bosque de las ideas.




A lo lejos parece oírse un murmullo, apenas audible, pero que sí entiendo... Ahora lo escucho más nítidamente, es mi profesor de Plástica, que me habla de perspectiva y está mostrándonos muchos lugares desde distintos rincones. ¡Hey, que yo sé de eso, de puntos de vista, de perspectivas extrañas y a veces incomprendidas, de la furia con que se mueven los árboles del patio y de lo gris que parece todo desde mi lado del cristal...! Cierro los ojos, que la oscuridad también da perspectiva.

Y abro los ojos, ya desde este lado de la mesa del profesor, y veo a ese alumno absorto en el cristal; a la chica de la fila de atrás que juega con el lápiz, misteriosa y taciturna; a los juguetones que, entre risas, me cortan cada cinco palabras; a las que copian o hacen (no sé bien) los deberes de matemáticas de la clase que viene después, para que nadie diga a sus padres que no traen la tarea; pares de ojos que me miran, pero están ausentes, pensando tal vez en el bocadillo del recreo o si verán a la chica de la clase de enfrente. 

Algo de lo que hoy he explicado sin duda habrá sido almacenado oportunamente por sus cerebros. Todos son muy capaces, aunque también es cierto que a una gran parte de ellos les falta hábito de estudio, espíritu de sacrificio e inquietud por conocer, por aprender. Hacen infinitos deberes por las tardes, como máquinas, a destajo, que hay que ir al tenis, a inglés o a música, y si no se sabe cómo hacerlos, se copia, que lo importante es que figure el positivo. Y siguen empeñándose en aprenderse de memoria los conceptos, uno o dos días antes, aun sin entenderlos, en castellano, inglés o francés, que todos somos ya bilingües, porque el sistema sigue poniéndonos delante exámenes que evalúan "al peso" nuestra capacidad memorística. 

Entienden que en la era que les ha tocado vivir, todo el saber está ya en Internet y que, incluso, hay tutoriales en Youtube para resolver problemas. La ley, los profesores y los libros de texto les bombardean también con conceptos de los que hay que dar cumplida cuenta, porque los padres quieren resultados favorables. ¿Que si han aprendido realmente? Creo que mucho menos de lo que habrían sido capaces, si no les hubiésemos convertido en autómatas escolares. ¿Si hubieran sentido deseo por aprender, necesidad de experimentar a través de las materias para comprobar después su evolución constante, si además de memoria se les hubiera pedido las otras dos potencias del alma que definían los pensadores griegos, el entendimiento y la voluntad... Y si aderezásemos la mezcla con la emoción...? La moderna neuroeducación ya nos dice que los aprendizajes verdaderos se producen cuando trabaja la amígdala, la parte del cerebro encargada de gestionar las emociones. 

Puede que nuestros estudiantes de Secundaria tengan la capacidad de comprender el entramado de contenidos que prevén los currículos, pero no cuentan con la madurez ni la perspectiva que les permitiría conectarlos todos y darles sentido. Deberíamos darnos cuenta de que en esta etapa la misión no es formar perfiles profesionales, como hacen los profesores universitarios, para los que sí son indispensables los conocimientos técnicos y especializados. Es el momento, por el contrario, de favorecer los aprendizajes verdaderos, los que no se borrarán de la memoria interna, y que no siempre van ligados al procesamiento de datos puros y duros (aunque también requieran dedicación y estudio, pero desde otro planteamiento). 

Los profesores de Secundaria ya no somos la única fuente de información, el transmisor inevitable al que hay que escuchar y entender. No tiene sentido ya, en la era de la comunicación y la información digitales y globales, intentar hacer a los alumnos depositarios de contenidos teóricos... Más bien debemos guiarles, abrirles caminos por los que transitar en el futuro y ventanas desde las que ver el mundo, despertar verdadera inquietud por el saber, que será lo que les convierta en adultos libres y formados. Los conceptos volverán de la mano de la vida, los aprenderán cuando haya llegado el momento de ser médicos, bomberos o mecánicos.

Quizá es ya la hora de que me quite mi traje de profesora (y de madre), deje de explicar y hablar a los ingenieros del mañana, me baje dos escalones de esta "tarima", real o figurada, que me mantiene alejada de ellos, y empiece a preocuparme por quiénes son y cómo son ahora, qué les interesa y preocupa, cómo podría yo convencerles de que la poesía, el arte, la ciencia o la filosofía son los que nos han convertido en humanos pensantes y sensibles y que también ellos pueden aportar su granito a este ciclo evolutivo.

Olvidarán quizá la perfecta métrica de un endecasílabo de Garcilaso, pero nadie jamás podrá arrebatarles el recuerdo de aquel primer soneto con el que se emocionaron. -"Dime, sí, la que mira por la ventana, ¿qué sientes que dice el poeta? -"Nos dice "Carpe diem, profe, aprovecha el momento". Así sea.