martes, 28 de febrero de 2017

Yo fui como tú



"Te entiendo, porque yo fui un poco como tú. Y como tú. O tú". Yo también fui adolescente y anduve distraída en platónicas ensoñaciones y quise rebelarme contra quienes querían imponerme su manera de ver el mundo y preferí siempre salir con los amigos a sentarme a estudiar; incluso alguna vez practiqué el escapismo y me esfumé de alguna clase por la puerta de atrás, aun cuando yo era la delegada y responsable del parte de faltas, versión rudimentaria muy alejada del registro digital que ahora llevamos los profesores. 

Sí, me sentí como vosotros, en un cruce de caminos, desorientada; en el ojo del huracán, el centro de todas las críticas y presiones: "tienes que estudiar; es la única herencia que te podemos dejar" -decían mis padres-; "deberías ser como menganita, que saca todo dieces y va a ser dentista" -sugería algún familiar-; "¡qué pena que suspendas tantas, si eres buena chica...!" -otro comentarista inoportuno-; "el futuro está en las ciencias y la tecnología, quien no sepa de ordenadores y maneje el inglés irá seguro al paro"- idea extendida entre la mayoría de los estudiantes, promovida por algunos orientadores de entonces...

Que sí, que yo también suspendía asignaturas en el instituto y muchas por trimestre. Había terminado la etapa de Primaria con muy buenos resultados. Fui una niña aplicada y obediente. Mis padres eran profesores y digamos que, en ese sentido, el contexto me resultó muy favorable, porque ellos estaban ahí para reforzarme y apoyarme, pero sobre todo para estimular mi inquietud hacia aquello que me contaban en la escuela. En mi casa había muchos libros y mucho amor a la pedagogía. Mi padre solía leer poesía o filosofía y mi madre me explicaba apasionadamente la genealogía de la monarquía española desde los Reyes Católicos hasta Juan Carlos I, que por cierto aprendí de memoria en 8° de EGB para luego exponerla en clase casi con la misma efusión que mi maestra. 

En el colegio, un centro público de un pueblo pequeño, conté con unos profesores extraordinarios que consiguieron mantener la llama encendida en el corazón de aquella niña. Doña Isabel, don Vicente, don Salvador, la señorita Victoria o Manoli (que ya no gustaba ni del "doña" ni del "señorita") están en mi memoria escolar, junto a los "progresa adecuadamente" y las calificaciones de entonces.

Llegó el momento de dar "el gran salto" a la educación secundaria, que por aquel entonces tenía lugar una vez acabada la Educación General Básica y tras haber adquirido el correspondiente Graduado escolar. La mayoría de nosotros tenía ya trece años y, en muchos casos, debíamos acudir a un centro de otro municipio, ya que, en aquellos años 80 y 90, la red de institutos no era tan grande ni estaba tan bien dotada de recursos como la actual.

Cambiaban el escenario, el pueblo y el aula, pero también los compañeros y la dinámica académica, en tanto que pasábamos a tener un profesor especialista por cada una de las materias y estas se multiplicaban por áreas de conocimiento: Historia, Biología, Dibujo técnico, Música, Matemáticas, o Latín, Filosofía, Geología y Física y Química, que llegarían ya en los cursos superiores. Cada docente llegaba al aula con su propio repertorio, con un estilo de enseñanza y sus exigencias; los había muy tradicionales y severos, mientras otros procuraban desmarcarse con algún que otro pinito de innovación metodológica. El caso es que para mí, al borde del precipicio adolescente y con una frágil autoestima académica, aquellas interminables clases de doctos señores terminaron por hundirme en el "sólo sé que no sé nada". Quizá no supe adaptarme al hecho de que ya no existiera un director que orquestase el conjunto, ese profesor de la Primaria que venía a ser casi como un padre o madre y que velaba por saber en todo momento cómo estabas y cómo podía ayudarte. Allí, cada uno llegaba con su instrumento, a ejecutar, magistralmente, sin duda, su partitura. Una pena, pero para mí, aquello no era un concierto, sino un caótico ir y venir de profesores, de sesudos libros de texto y sus indescifrables contenidos, que vinieron a convertirse en una sinfonía tortuosa, que nada parecía tener que enseñarme. Eso sí, había que aguantar como fuese el concierto hasta el final y demostrar que uno había entendido la finalidad del mismo. 

Todo aquel que pensase en "ser algo el día de mañana" debía acabar el BUP, el COU e ir a la universidad. En la España de la democracia empezó a crecer el número de jóvenes que cursaba estudios de secundaria y el que luego accedía a las distintas facultades a graduarse. Comenzó entonces la "fiebre académica" que sembró nuestro país de licenciados y diplomados. La educación se perfilaba como un horizonte prometedor que nos haría progresar como ciudadanos y como sociedad. Aunque es obvio que el grado de cualificación condicionaría las oportunidades laborales futuras, una muchacha adolescente como era yo, que aún no había descubierto sus aptitudes intelectuales, no podía apropiarse de aquellas elevadas expectativas. 

Yo, como otros en mi clase de entonces y otros tantos en las clases de hoy, no tenía la madurez ni la perspectiva suficientes para saber qué camino emprender; no era consciente de la dificultad de su trazado ni del nivel de exigencia del mismo. No estaba pensando en el futuro; solo importaba mi presente, mis rebeldías y apasionamientos y mis amigos. Me preocupaban mis malos resultados, pero no porque supiera que me cerrarían puertas venideras, sino porque disgustaban a mis padres y me hacían creer que yo no sabía, ni servía ni aprovechaba. Nada parecía poder sacarme de aquel estado de bloqueo. 

Ahora, que tan de moda está hablar de trastornos de déficit, creo que podríamos decir que yo sufría uno muy dañino, el TDM, o lo que bautizo desde ya con el nombre de Trastorno de Déficit de Motivación... El colmo fue escuchar a mi tutor de segundo de BUP decirle a mi madre que sería mejor que pensase en otra alternativa para mí, "porque Emilia no parece que valga para los estudios". Hala, sentencia firme: "como no sabes bien qué es eso del cálculo infinitesimal, cuando "x tiende a infinito"; como no parece que la velocidad, el tiempo y el espacio o la aceleración te inmuten lo más mínimo y dado que las espinas del "rosa, rosae" se te han atragantado, te has perdido entre el Mío Cid y Espronceda y no sabes de verbos transitivos, yo te declaro "estudiante incompetente" para el mundo académico universitario y para el desarrollo de cuantas profesiones exigen el título de marras". ¿Y si mis padres hubieran hecho caso a los augurios agoreros de mi profesor? ¡Qué peligrosas son las etiquetas, que nos segregan y limitan!



Afortunadamente, mis padres intuyeron que en mí había una semilla que un día germinaría. Sólo era cuestión de tiempo, de paciencia y de trabajo. La realidad era que había que pasar por los filtros del sistema e ir superando los cursos y lo fui consiguiendo, con profesores particulares de apoyo que me ayudaron a aprobar, que no a comprender, y "empollando" datos sin procesar para después "vomitarlos" sin saber muy bien por qué ni para qué. El trayecto de la secundaria me resultó si cabe más difícil porque, cuando llegó el momento de elegir materias optativas, me dejé guiar por las voces proféticas que nos convencían que "ser de ciencias" te daría trabajo seguro... De nuevo, las etiquetas. Convencida de que no tenía ningún talento en concreto, hice lo que todas las futuras promesas hacían, optar por "ciencias puras", firmando sin saberlo mi sentencia de muerte y así, llegué, fracasada antes de empezar a la anhelada universidad... 

Con mi nota media del instituto y la Selectividad, solo podía matricularme en Ciencias Exactas, Físicas o Biológicas. Mi necedad y el sinsentido de la secundaria me condujeron a un callejón sin salida. Necesité dos años de descalabro universitario para aceptar que me había equivocado, que necesitaba encontrar algo que me hiciese sentir útil y viva, porque aquellas clases de Botánica y la disección de la sardina estaban hundiéndome poco a poco en un fracaso abisal. Cuando veía a una de mis compañeras hablar emocionada de sus clases de la facultad sentía mucha envidia sana. "¡Cuéntame! ¿Qué es eso que estudias tú?". -"Filología Hispánica. No sé qué me gusta más, chica, si la Psicolingüística o las clases sobre García Lorca". -"¿y crees que alguno de tus profesores me dejaría entrar a una de esas clases como oyente, a ver de qué van y si me gustan?"... Una tarde entré a la Facultad de Letras de la Universidad de Murcia y ya no salí; quedé seducida por versos, sintagmas y semánticas renovadas. Descubrí aquel día que había para mí un lugar donde aprender y una oportunidad de futuro (gracias a mi amiga Arantxa Martín por arrojar luz a mi vida y llevarme al "santuario" de las Letras).

Terminé mis estudios de Filología Hispánica y por primera vez me sentí satisfecha, a pesar de que, por aquel entonces, ni me planteaba la enseñanza como profesión, aun siendo como era el final más previsible. Otros diez años hicieron falta y una primera incursión laboral en el mundo del Periodismo, para terminar descubriendo que mi sitio era este, que mi función en este mundo era ser docente, transmitir (o eso espero) y persuadir a los más jóvenes de la belleza del lenguaje...

La enseñanza ha ido evolucionando y procura cada vez más adaptarse a la diversidad de los alumnos, a los nuevos y trepidantes tiempos, pero aún tiene mucho que modernizar en sus entrañas. Hay profesionales extraordinarios empeñados en hacer realidad esa necesaria transformación, ese cambio de mentalidad. Porque ya no creemos que haya uno solo tipo de inteligencia; hay que apostar por que todos tenemos un talento, por que es muy necesaria la educación, pero también la motivación, poner en marcha el "motus", "lo que te mueve". Y, puede que sea verdad que en ese mundo tecnológico y global haya grandes oportunidades para quienes sean diestros en los aspectos científicos, pero también hay lugar en él para pensadores, artistas, emprendedores, músicos, profesores e, incluso, vendedores de sueños...

No dejéis que nadie os convenza de lo que sois o no sois capaces, porque todos tenemos una semilla, una cualidad que merece atención y cuidado. Necesitará de alguien que sepa regarla convenientemente, pero no os confundáis, requerirá además de toda vuestra entrega y esfuerzo. No creáis que la vida regala nada. Cada día perdido es una oportunidad que no vuelve. Yo tuve que cumplir los veinte años para saber qué rumbo quería tomar; para ello, fue fundamental el apoyo incondicional de mis padres, que apostaron por mí, a pesar de mis reiterados batacazos. No siempre las circunstancias son favorables; no siempre los padres pueden estar dando soporte material a nuestros despistes e inseguridades. Por eso, vosotros debéis perder el miedo a saber qué queréis ser; nosotros, los profesores, debemos procuraros no sólo la guía académica, sino también la humana y la emocional, y los padres tendrían que dejar a los hijos descubrir su talento, su camino, más allá de lo que ellos tenían previsto para el futuro. No proyectemos en nuestros hijos nuestros sueños. Dejémosles ser y soñar. Chicos, no dudéis de que el futuro es vuestro, de nadie más. Creed en vosotros y apostad fuerte siempre. Ganaréis.