jueves, 27 de julio de 2017

El pianista y la escritora, un enero en Valldemossa...

Cartuja de Valldemossa (Mallorca)


"Todo lo que el poeta y el pintor pueden soñar, la naturaleza lo ha creado en este lugar". 
Aurora Dupin (George Sand)

Había escuchado muchas veces a mi madre el relato de su luna de miel a Mallorca. De ella recordaba con especial cariño la visita a la Catedral de Palma, el Palacio de la Almudaina, las Cuevas del Drach, en Portocristo, Pollensa... Pero, sobre todo, un lugar volvía a su memoria con un aire especialmente evocador y romántico. En Valldemossa, al noroeste de la isla, la pareja descubrió que todas las calles empedradas y empinadas conducen al corazón de la villa, el monasterio de la Cartuja. 

En aquel enclave abundan las fuentes; el pueblo está rodeado de una abundante y frondosa vegetación (olivos milenarios, encinas, almendros...), por eso te envuelve al llegar una sensación de calma y quietud seculares. Se conserva allí la casa natal de la santa más venerada de Mallorca, Catalina Thomàs. Destaca también por su ubicación la iglesia parroquial, originaria del s. XIII. Pero, el emblema de Valldemossa ha sido y es, sin duda, el monasterio de la Cartuja. Desde 1835, cuando se produjo la exclaustración definitiva de los monjes cartujos, el monasterio pasó a manos privadas. Esto explica la decoración actual, típica de un casal mallorquín, resultado del cambio y la adecuación al nuevo uso residencial. Huéspedes ilustres han contribuido desde entonces a enriquecer la historia del lugar: Rubén Darío, Azorín, Unamuno, Santiago Russinyol, Eugenio D'Ors... 

Rubén Darío

Se trata sin duda de un viaje al pasado, en el que lo más sugerente termina siendo siempre la visita a la celda donde se alojaron dos ilustres representantes del Romanticismo francés, el famoso compositor polaco Frédéric Chopin y su compañera, la escritora Aurore Dupin, más conocida por su alias de George Sand. Las huellas de su breve aunque intensa estancia (diciembre de 1838-febrero de 1839) ha originado desde entonces un incesante peregrinaje. 

Retratos e imágenes de Chopin

Mucho se ha escrito sobre las circunstancias que condujeron a la pareja a Mallorca; el espíritu romántico les imaginó siempre en el papel de enamorados, de amantes, aunque, al parecer, sus caminos no estuvieron nunca en la misma línea. Solo en estos meses de invierno de retirada en la Cartuja pudieron conocerse, profundamente, al compartir los silencios, las luces y las sombras del genio creador que ambos poseían.


George Sand (Aurore Dupin)
Rincón de la celda de los artistas


La estancia de Chopin y Sand significó, según nos cuentan, muchas más cosas. Para la escritora, la vida en la Cartuja le procuró la inspiración para escribir su novela Spiridión, mientras que Chopin, desde su celda, "resguardado de la intensa lluvia, frágil, casi sin fuerzas por su enfermedad", compuso la mayoría de sus Preludios, la Polonesa en Do menor, op. de 40, o la Mazurca en Mi menor, op. 41 n°2.
Tras la visita a las dependencias del pianista y la escritora, a mí solo me queda, imaginativa y apasionada como me siento, fantasear acerca de los pensamientos que ella, Aurore Dupin (su nombre literario, ya saben, George Sand), debía albergar sintiéndose cerca del artista, del virtuoso acariciador de teclas; queriendo poseer a quien ya andaba poseído por las acaparadoras musas...
Al regresar a París, Chopin vendió su piano a la familia mallorquina Canut





Valldemossa, enero de 1839


Lo veo pasear entre las sombras del jardín, guareciéndose del sol y de sí mismo, de los demonios que le rondan por dentro, esa maldita enfermedad que terminará llevándose, cruzando las aguas frías, a un genio.

La busca en el perfume de la rosa, en el anaranjado reflejo del pez que nada en el estanque; puede que ande escondida donde se cruzan las nubes al rozar la montaña, seductora con su paso taciturno quizá se deslice sobre estas piedras de la Cartuja.

 Persigue a la musa para que le susurre entre sueños las notas de sus nocturnos. Sueña imposibles. Imposible más belleza. Imposible más vida, le dijeron sus doctores. Esta isla puede que le esté regalando dos o tres inviernos más. Parece llegar hasta aquí la brisa del mar, un aroma a sal que viene a rescatar al músico náufrago. ¿A quién buscas, querido? ¿Adónde va tu alma errante? ¿Y tus dedos elegantes? Envidio la caricia que reservas siempre al marfil de esas teclas, la dulzura, el desdén, la tristeza o la pasión con que las abrazas, las ruborizas, las acunas.

Secuestrado en esa partitura, quizá la penúltima, apenas si reparas en que yo también ando buscando la belleza que inspire mis letras. Quizá ni me hayas visto, observándote tras el cristal, llamándote en silencio, mientras tú tratas de arrebatar la música al incauto pajarillo que ha llegado hasta estos muros.Ya veo la tinta de esta pluma que escribe recostada sobre el pentagrama. Mi trazo juega con las líneas y sus notas; abraza mis contornos y escribe tu música. No busques más entre las sombras, que yo soy tu luz, yo tu Aurora. 


Sí queréis conocer más sobre la historia del pianista y la escritora, visitad y leed:

http://fotosantiguasdemallorca.blogspot.com.es/2011/11/frederic-chopin-y-george-sand-su.html?m=1

viernes, 21 de julio de 2017

¿Idos? o ¿iros? Hablantes, despierten sus conciencias o, si no, ¡"irse ya"!


Ahí queda mi modesta aportación a la polémica del "idos/iros" que nos ha servido esta semana la Real Academia Española de la Lengua, de la mano del académico Arturo Pérez Reverte. Espero que de algo sirva... Al menos, para despertar las conciencias lingüísticas dormidas. 

Yo me quedo con la necesidad de preservar la adecuación al contexto, o lo que es lo mismo utilizar "iros" o "idos" según la situación que rodee al evento comunicativo: con quién estás hablando; en qué ambiente (formal o familiar); el tema del que se está tratando, en definitiva, el registro de la Lengua que se está utilizando. 

Si yo, como profesora, estoy en un entorno académico, es esperable y deseable que me ajuste a la forma culta y le diga a mis alumnos "marchaos o idos". Sin embargo, es probable que "se me relajen los formatos" si estoy en casa o tomando algo con los amigos o, si los hijos me crispan y me sacan de mis casillas, en cuyo caso simplemente diré "si me queréis, irse" , jejejeje, ;)

Total, que no hay nada como conocer la norma y aplicarla teniendo en cuenta el contexto, como ocurre en casi todo en la vida...

viernes, 14 de julio de 2017

La "técnica Arenita", lo que aprendí en Fondo de Bikini


¡Qué gozada ver a media humanidad disfrutando del merecido descanso vacacional! Meses de trabajo destemplado a la espera del verano, a tramos tórrido, en ocasiones aguado, pero siempre bien recibido, con los brazos abiertos, las chancletas puestas y el flotador de pato colgado del brazo.

¡Cómo nos gustaría poder disfrutar de nuestro Fondo de Bikini particular durante todo el año!, ¿verdad? Puede que a quienes no tienen hijos, o los tienen mayores, esto les suene extraño. Sí, hombre, me refiero al hábitat paradisíaco donde viven algunos de los personajes de animación infantiles más conocidos. ¿Aún no caéis? Pues ¿quién vive en una piña debajo del mar...? Mmmm, ¿no? Que sí, el de los pantalones cuadrados y mil orificios alrededor de sí... ¡Claro, Bob Esponja! Da igual donde uno quiera ir a desconectar, a evadirse de las rutinas machaconas del trabajo y las domésticas, en algún momento del día, si uno va con niños, una carcajada nerviosa, la de Bob, retumbará en algún rincón de la casa: "El mejor amigo que puedas tener... Su cuerpo amarillo absorbe sin más... ¡¡Bob Esponja ya llegó!!!

Bueno, venga, no pasa nada, hay que aceptar con serenidad que las vacaciones yendo con críos son esto. Vamos a ver: no es mal tipo este Bob; se le ve satisfecho con su vida y comprometido con sus obligaciones: siempre va al trabajo con una sonrisa, se pone su sombrerito y blande su espumadera y, hale, a servir cangreburguers a destajo, el producto estrella de Fondo de Bikini, que todos buscan ansiosos y por el que son capaces de pagar lo que haga falta (a mí me suena a lo que veo en muchos chiringuitos y restaurantes, tanto si tienen uno, dos o tres tenedores de distinción. Todos locos por gastarnos los euros). 




Trabajar en la cocina todas las horas del día, sin perder la compostura y sin que se caiga el delantal, a pesar del punto amargado del compañero que pasa la comanda, Calamardo, desabrido y puñetero con la clientela, consigo mismo y, por supuesto, con Bob Esponja, porque en el fondo le enerva que haya alguien allí dentro que pueda mostrarse complacido con lo que la vida le ha dado, entre fogones, mesas grasientas y un jefe codicioso y desalmado que solo piensa en convertir el Crustáceo crujiente en una multinacional, eso sí, tirando solamente con dos empleados y sin invertir ni un doblón en las mejoras logísticas. ¿Quién no conoce o tiene noticia de algún Calamardo, que odia profundamente a casi todos, o un señor Cangrejo, que solo anhela poseer lo propio y lo de todos? Aunque su personalidad despierte tanto rechazo, puede que consiga hacerse con el imperio del mundo cangreburguer (suelen triunfar a veces los antihéroes) a no ser que Plancton, el minúsculo rival que se pasa los días tramando su venganza, consiga finalmente robar del Crustáceo Crujiente la fórmula de las dichosas hamburguesas de molusco aplastado. ¡Ay, cuánto se parece la ficción a la realidad y qué didáctico va a resultar al final pasear por Fondo de Bikini!



¡Mirad, chicos, allí va una cuadrilla de atunes, todos bien equipados para ir a surfear, que se ha puesto de moda y toda familia de bien debe acudir al embarcadero con la tabla más guapa y el neopreno más fashion, aunque lo paguemos a plazos...! Se ve que allí, bajo el mar, tienen también su propio Decathlon. ¡Ay, pobre!, cómo pelea esa madre con sus tiranos atuncicos, que por no querer ponerse la crema factor 50 van a terminar como gambitas. Y ¡venga a gritar! Oye, esto de vociferar debe ser también deporte subacuático, ¡qué horror! Por lo menos, han conseguido llegar los primeros y coger hamaca; mira, por allí llegan cientos de lanchas motoras con ruedas, cargadas de peces ávidos de playa y arena y burguers cangreburguers. ¡Vaya tráfico, parece la Gran Vía en hora punta, quién lo iba a decir! Habrá habido atasco en la M-40 por concentración de medusas.

¡Pero, bueno, ahí viene también Patricio Estrella! ¿En serio no lo conocen? Vive debajo de una piedra enorme y es la fiel sombra amiga de Bob Esponja. Sus comportamientos parecen a veces un poco tontos, hay que reconocerlo, pero, al final , uno se queda, más que con su temperamento bobalicón (que siempre le termina metiendo en disparatadas situaciones con las que pone en apuros a Bob), con su aire auténtico, libre de prejuicios, con su discurso alocado y sin filtros, con la incondicional amistad que brinda a su colega, el de los orificios.


Y justo antes de abandonar Fondo de Bikini vengo a encontrarme con el personaje más fascinante de todos los que pululan por aquí. Ella viene de lejos, nada menos que de Texas. No debió de ser fácil aprender a vivir aquí debajo siendo, como es ella, una ardilla. Sí, como lo oyen, Arenita Mejilla (en inglés la llaman Sandy) es el único animal terrestre que vive en estas profundidades. Aprovecho para saludarla y expresarle mi admiración. Le he comentado que su nombre es uno de los más referidos en mis clases. "¿Pero cómo es eso?"- me ha preguntado-. "Que sí, como te lo digo. Que pregunten si no a mis alumnos cuántas veces a la semana les digo eso de "tú, no te preocupes, pon en práctica la "técnica Arenita". 


-¿Y qué es eso, profe?
-Anda, no me digáis que no conocéis a Arenita, "la de Bob Esponja".
-Claro, profe, qué cosas dices, pero ¿qué tiene que ver ella con nosotros?
-Pues mirad... Yo creo que todos deberíamos aprender de esta ardilla texana, científica de profesión y apasionada de los más variados deportes, que no dudó en luchar contra los condicionamientos que le imponía el hecho de pertenecer a una especie terrestre para intentar aprender a vivir en un medio en principio hostil para ella. Arenita pensó que en Fondo de Bikini podría encontrar grandes oportunidades, un interesante rincón del océano donde desarrollar sus experimentos y, cómo no, también un lugar de descanso y esparcimiento playero y, lejos de amedrentarse o dejarse arrastrar por el "yo no puedo", no dudó en enfundarse su traje especial, al estilo astronauta o escafandra, y su casco de cristal que le permiten caminar y respirar en un hábitat distinto al suyo. Ya sabéis lo que dijo Darwin, solo las especies que son capaces de adaptarse consiguen sobrevivir y evolucionar...

(Caras de desconcierto)
- ¿Y qué me decís -continúo divertida- de su casa? Pues lo mismo, es el claro ejemplo de que debemos adecuar nuestras vidas a los distintos entornos y circunstancias. ¿Que quiero vivir bajo el mar aunque no tenga branquias, sin olvidarme del todo de mi mundo terrestre? ¡Pues me construyo un iglú de cristal, que me aísla y proporciona aire para respirar, con el suelo cubierto de césped y donde planto un hermoso árbol que me recuerda lo que soy y de dónde vengo! Y allí, cuando toque descansar, podré quitarme el casco y el traje, para andar a mi aire, con zapatillas de estar por casa.


-¡Ay, qué ilusión! -comenta ahora la propia Arenita. Y no te olvides de decirles que aquí me dedico además a la ciencia, un campo nada fácil para una hembra de ardilla aspirante a habitante subacuático... No ha sido fácil, pero he hecho incluso grandes amigos. Jamás creí que podría llevarme bien con una esponja y una estrella de mar...

- Pues eso mismo les digo yo a mis chavales, Arenita, que hay que dejarse los complejos, la inseguridades y los prejuicios en casa, porque para salir al mundo y hacerse un huequito en él es necesario ser valiente, enfrentarse a los miedos y las adversidades y pensar que, hasta en lo más profundo del océano, uno puede encontrar amigos que te querrán aunque tengas pulmones y cuatro extremidades.

-Ja, ja, ja, ja...

-Y, para terminar, siempre les digo, "chicos, además, no os olvidéis de lo más importante, lo que yo llamo "la técnica Arenita", que os permitirá, cuando os encontréis con algún personaje indeseable que os venga con necias palabras, coger vuestro casco de cristal, enroscarlo con firmeza hasta alcanzar el aislamiento total, procurándoos así oxígeno y protección para vuestra zona de seguridad. Vosotros, como la ardilla, haced pantalla y girad los pasos hacia "el iglú del árbol".



-¡Ay, profe, qué cosas tienes...!

Para que luego digan que los dibujos infantiles de ahora no son edificantes y provechosos... ;)


lunes, 10 de julio de 2017

De pantallas y pulgares: la metamorfosis de mi escritura


No tendría apenas los diez años el verano en que a mis padres se les ocurrió apuntarme a mecanografía, la actividad extraescolar estrella de aquellos años ochenta en los que todo hacía pensar que el futuro estaba a la vuelta de la esquina y venía a nuestro encuentro encriptado en letra de imprenta, en cursiva, y cifrada en inglés... Porque esa empezaba a ser la otra obsesión, que los niños se fueran hermanado con el "Yes, I do"... Para mandar a aquellos hijos en la cápsula de la modernidad haría falta que supieran relacionarse con los nuevos artefactos tecnológicos, los computadores que entonces nos parecían ingenios de la ciencia ficción, y decodificar con solvencia la lengua de Shakespeare o Steve Jobs, no importaba si la del uno o la del otro, porque por entonces ignorábamos quién había sido el uno y en quién se iba a convertir el otro.

Pero, claro, antes de lanzarnos al océano tecnológico, parecía más que prudente tomar contacto con la mecanografía más convencional, porque, en caso de que la vida no nos separase ser programadores informáticos, al menos siempre nos quedaría el virtuosismo dactilar sobre las teclas y su copia indeleble sobre el papel. Alguien que supiera mecanografiar con cierta soltura podría ser secretario o administrativo, transcriptor de la vida y sus avatares.

Y allí veía yo a mis amigas a través del cristal del club social donde se impartían aquellas clases, reconcentradas sobre las teclas, pendientes de que ningún dedillo desobediente se fuera a su aire, escabulléndose de la pauta, el ritmo y la velocidad esperados. Me produjo tanto desasosiego la estampa que ya el primer día me mostré firme y decidida ante mis bien intencionados padres, "no me apuntaré a una clase para que me enseñen a mover los dedos a la velocidad del rayo para escribir...".

Aquella obstinada negativa hacia todo lo que no considerase útil permaneció en la adolescencia, en la que me mantuve igualmente reacia a otras actividades que mis padres creyeron apropiadas para mí. Los deportes no tenían sentido si uno no iba a ir a las Olimpiadas; la optativa de Informática, una chorrada por aquel entonces, cuando no teníamos ordenador e ignorábamos su potencial en aras del desarrollo y la comunicación. Con el inglés siempre me mantuve ambivalente, pues es verdad que lo estudiaba con cierto interés y rutina, aunque no terminaba de entregarme a la causa anglófila, vista la escasa aplicación práctica de la lengua shakespereana en mi mundo construido con letras hispánicas.

Y hasta ahí quería llegar, precisamente a los años en los que fui estudiante de Filología Hispánica, entre 1997 y 2001, durante el cambio de siglo en lo que a cronología se refiere y cambio de era, de la análógica a la digital, de la peseta al euro, del sello de Correos al mail ultrasónico que daba la vuelta al mundo en 80 nanosegundos. Y a mí me pilló empeñada aún en hacer de la caligrafía y la versión en papel mis únicos instrumentos académicos, con la fortuna a mi favor, pues la gran mayoría de los profesores de la Facultad de Letras aceptaban y casi agradecían que los trabajos exigidos para superar sus asignaturas fueran manuscritos, uff, qué alivio. Yo, con mi falsilla de rayas negras debajo del papel para no torcerme ni un tanto y luciendo letras redondas y estilosas en mis monográficos sobre Poesía o Lingüística... Hasta que ya en el último año, oh, desastre, uno de los profesores insistió en la necesidad de que las entregas se hicieran a ordenador, a doble espacio y márgenes justificados. "¿Justiqué?". ¿Cómo haría ahora para no "manchar" mi expediente académico, si no sabía mecanografiar ni tenía ordenador? Solventé el asunto: primero hice el trabajo a mano y después pagué a alguien para que me lo transcribiera haciendo uso de algún editor de textos (-He utilizado el Word y letra Times... (Me explicó el moderno escribano) -¿Ya estamos? ¿Se nos ha "colao" también "el english" hasta en los trabajos sobre la Literatura española del Siglo de Oro? Bonico se iba a poner Quevedo con tu "Word" y tu "Times"; te iba a soltar un buen "palabro" a "tiempo"... ;)


Sí, así fue cómo conseguí licenciarme sin haber puesto ni un dedo sobre ningún teclado de máquina de escribir ni ordenador, aunque, paradójicamente, quise reconducir mis pasos académicos hacia el mundo del Periodismo, por eso de la afición a escribir, ya sabéis; y ya sabéis también que ni los periódicos en papel ni los digitales se escriben precisamente a mano... En el Máster de Periodismo que realicé en Madrid, a los otros diecinueve alumnos y a mí, nos pusieron a cada uno un ordenador delante para el desarrollo de nuestras clases de la mañana y nos lanzaron sin asideros al oficio periodístico por las tardes, en la redacción del periódico, una sala enorme, con los espacios distribuidos por secciones, donde una plantilla de unos cien periodistas preparaban las páginas del diario del día siguiente, siempre con el visto bueno de "la mesa", el tribunal implacable que juzgaba la adecuación de la edición, con su corrector de estilo a la cabeza, un elegante señor, de nombre Juan Espejo, que leía todas y cada una de las páginas del periódico y que, sirviéndose de un rotulador rojo, se encargaba de rodear todos y cada uno de los errores ortográficos que iba encontrando, que, a su parecer, eran siempre muchos...

Lloré disimuladamente los veinte primeros días de mi clase de informática del Máster, en la que nos explicaban los programas de edición digital del periódico. ¡Sí yo no sabía ni qué era "Windows" ni cómo poner las manos en el teclado! Ya el día veintiuno, como dicen que ocurre si se quieren afianzar nuevas costumbres, tragué saliva y dije "se acabó el llorar "pá dentro", si hay que escribir con un teclado y delante de una pantalla, se hace y, si se necesita ayuda, se pide", o sea, adaptarse o morir, porque estaba claro que, cuando el señor redactor jefe de la sección de Cultura y Espectáculos de ABC decía "escribe tres columnas para esta página, con entradilla y foto" no se refería a que sacase la pluma y el tintero...


Observando al personal, comprobé que cada uno escribía con su propio estilo, no en los textos, sino a la hora de mecanografiar; había quien reñía en velocidad y gracia con el mismísimo Chopin sobre el teclado; alguna redactora, muy sofisticada, cuya manicura daba a la redacción una musiquita particular; también el que escribía con un cigarro en una mano (aún se permitía fumar en muchos lugares de trabajo) y el teléfono en la otra y nadie cuestionaba si aquellos dedos se estaban moviendo con la cadencia adecuada, cumpliendo con la exigente partitura dactilográfica, que reserva un dedo para cada letra del teclado.

El que más me convenció, sin duda, fue un redactor, ya veterano, que tan pronto hacía una crónica del partido Madrid-Barça a velocidad del rayo, emulando al locutor radiofónico, como se marcaba una extensa entrevista, haciendo uso, únicamente, de sus dos dedos índices. ¡Maravilloso! -pensé-. Aquella técnica me parecía asequible para alguien lego en la mecanografía y, además, me recordaba a mi abuelo, quien desarrolló con cumplida solvencia su carrera como abogado, registrado todos los casos que defendió con una "Olivetti" y sus dos dedos índices.

De esta manera fue cómo, sin complejos por mi torpeza en lo informático y lo mecanográfico, aprendí a cumplir con mi trabajo como periodista. ¡Qué pedazo de satisfacción ver publicado un texto propio sobre papel de periódico y pensar que está en todos los kioscos del país! "Mira, abuelo, mi reportaje, hecho con dedos, como tú" (mi abuelo se tomó la molestia de ir recortando todos mis artículos de aquella época, tanto si era una doble página como una media columnita, y los iba guardando en una carpeta que hoy conservo yo como testimonio de aquellos maravillosos años de escritura de estilo dactilar libre...).


E introduciendo alguna variante a lo largo de los años, fui consiguiendo incorporar otros dedillos, como el anular y el meñique, muy útiles a la hora de escribir con un teclado de ordenador. Fui completando también mi aprendizaje sobre cuestiones informáticas para utilizar el dichoso "Word", en sus casi infinitas versiones, algún editor de imagen, exploración de archivos, navegación por Internet... Los básicos imprescindibles para todo lo que llegó ya en mi faceta docente, en la que cambié las entrevistas y reportajes por programaciones, memorias, adaptaciones curriculares... Pero ¡cuántas veces me acordé de aquellas amigas mías que, aplicadas y conscientes de que el futuro sería tecnológico, acudían a sus clases de mecanografía en el Casino de mi pueblo! Bueno, al final, conseguí salvar el tipo y ganarme incluso la vida tecleando.

Después del teclear para ganarme la vida, llegó el teclear para disfrutarla, para escribir por deleite y no por necesidad primaria. La revolución tecnológica de los últimos diez años nos ha convertido a todos, casi sin excepción, en usuarios de dispositivos electrónicos, "smartphones", ordenadores portátiles o tabletas, que dedicamos con fruición a la comunicación en redes sociales, en "blogs" y "web" (nótese que la invasión del inglés, más de Steve Jobs que don William, diría yo, es imparable y convivimos con su léxico con naturalidad e incluso desparpajo). Y, gracias a esta revolución global, me encuentro convertida hoy en aficionada a la escritura y las redes sociales, aun sin saber mecanografiar ni programar, con una pantalla de cinco pulgadas entre las manos, inventando o recreando historias para un blog de creación personal, aprovechando ratitos de aquí y de allá, sin necesidad de un gran despliegue de medios materiales, ¡y utilizando solo mis dedos pulgares! Tanto tiempo preocupada por una limitación que se ha convertido al final en habilidad, ja, ja, ja, así de paradójica es siempre la vida y no siempre tan compleja como solemos imaginarla, porque los avances tecnológicos han llegado para simplificar y acercarnos el futuro, para convertirnos a todos en usuarios digitales y comunicadores y consumidores de información. En cierto modo, hoy somos todos periodistas, miren ustedes por dónde, y todo gracias a Jobs y a lo que yo llamo desde hoy la "pulgrafía", o lo que es lo mismo la escritura con los pulgares, que, por si fuera poco, además de ser muy funcional en nuestra era táctil, resulta que ya hay estudios que demuestran que también aumenta nuestra actividad cerebral. Nada, que a este paso, en cien años, todos escritores y superdotados. :)