martes, 1 de agosto de 2017

Vigilante "exprés" y de secano


Con solo poner un pie en mi tierra murcianica ya nos huele a mar, a salitre, aunque estemos aún a un par de kilómetros de la playa más cercana. De repente, se nos echa también el termómetro encima; quedamos aplastados por los grados Celsius, pero, sobre todo, por la altísima humedad. Esa es la clave, una vez arribados, todo es humedad, mojadico el cuerpo a cualquier hora del día, a pesar de las duchas varias y la hidratación constante...

"¿Y cómo es posible que a ti, hija mía, no te guste bañarte si has crecido al lado del mar? No entiendo por qué rehúyes del agua...".

Pues sí. Mira que me gusta el verano; anda que no reniego yo del frío, los vientos, las nieves y el cielo gris, pero en cuanto estrenamos temporada de calor y alguien sugiere un chapuzón playero o piscinero, yo empiezo a buscarme excusas. Que si la arena, que si el sol, que si el cloro, que si las algas, que si hay mucha gente... De hecho, mi armario no conoce la moda de baño. Creo que este año ya toca renovar mi bikini, más que nada porque le lycra casi si me deshace entre los dedos, pero, total, para el uso que le doy con lo poco que me baño en sol y agua, no tengo necesidad ninguna de crearme una complicación más pensando en el look chancletero.

Bien es cierto que cuando uno tiene hijos termina plegándose a los deseos de los vástagos y sería tremendo tenerlos recluidos en el secano salón de casa porque a su madre le gusta poco el baño en aguas abiertas. Bueno, vale, os llevo, pero cerquita de las orillas ¿eh?, que nadie se me vaya a ahogar. "Mamá, ¿tú no te pones bañador?". Hala, no os quejéis más, bañador, crema solar, chanclas y la ropa puesta, para que luego no digáis que no participo...

La regla infalible para una buena madre de secano es la denominada como 10/20, o lo que es lo mismo la recomendación de no perder de vista a los hijos mientras se están bañando más allá de los 10 segundos y permanecer siempre cerca, a una distancia que te permita llegar hasta ellos en no más de 20 segundos. Yo esto me lo tengo bien aprendido y aplico la regla escrupulosamente, aunque, eso sí, mi indumentaria no haga pensar a nadie que soy una vigilante de la playa ni de la piscina. Solo me falta acudir a mi puesto con la mosquitera a cuestas...

Y así con zapatos, vestido, gafas de lectura, gorro y móvil en mano merodeaba yo por la piscina la tarde en que mis dos hijos pequeños jugaban con unos coches cerca del bordillo. El mayor no me preocupa porque se ha soltado este verano y bucea y nada como el mismísimo Nemo, pero mi pequeño Gabriel, que tan buenas maneras apuntaba la temporada pasada con sus corchos a la espalda, se nos ha hecho un radical y se niega a meter ni el dedo gordo en el agua (no sé a quién le parecerá, ;) Andaba -decía- vigilando el juego de los pequeños mientras hablaba con el móvil, a pleno sol, para evitar sustos. Y, de repente, en un "dame mi coche, que no que ese es mío", el pequeño de la saga dio unos pasos hacia atrás y cayó de espaldas a la zona más profunda de la piscina. Se me licuó la sangre cuando vi que estaba como entre dos aguas, boca arriba, con los ojos abiertos, a verlas venir, porque el tío no hizo ni por mover un dedo... En menos de cinco segundos, su madre se tiró a lo loco a rescatarlo y allá fue con vestido, gafas, zapatos y sin conocimiento (eso sí, primero soltó el móvil y gritó). Una vez dentro, agarró a la criatura, lo alzó un poco hacia la superficie y lo terminó sacando a flote empujándole el culete. Alguien terminó por mí la maniobra en ese momento. Y, en ese preciso instante, comprendí por qué llevo una vida entera dando esquinazo al baño veraniego... Allá donde no hago pie, mi mente piensa "soy como un plomo, voy a ahogarme" y voy y me hundo... Así me sentí una vez que refloté al hijo, con los pies lejos del suelo, las manos lejos del bordillo, un pesado vestido y unas gafas, que sin ser de bucear, me dejaban ver bien clarito que la que necesitaba un rescate era yo. "¡Que se ahoga la vecina!", gritó asustado Juan Carlos. Me dio la risa porque eso es casi imposible en una piscina tan pequeña que ni necesita socorrista, así que con la carcajada casi vengo a quedarme hecha un atún de verdad. Menos mal que conseguí darme impulso en el suelo y, sacudiendo las súper sandalias que llevaba aún puestas, saqué la cabeza del agua, eso sí boqueando desesperadamente. 

"Mi mamá me ha rescatado", iba explicando Gabriel a todos. Una vez fuera y escurrida, lo primero que hice fue preguntar por mis gafas. "Las llevas puestas, mujer... Oye, muy bien por tu hazaña heroica, pero creo que, por tu propia seguridad, pero sobre todo por la de tus hijos, deberías ir a alguna clasecita para que te refresquen las técnicas de la natación, ¿no crees?". Con la pinta que debía llevar en ese momento y el "show sincronizado" que acababa de dar, no tenía autoridad moral alguna para defender que yo sí sé nadar, lo que pasa es que se me da mejor la brazada de espalda.

Mi sentido de la responsabilidad me llevó hace unas semanas a apuntarme a las sesiones de "Natación exprés" del polideportivo de mi pueblo. "¿Eso de "exprés" qué es, que van deprisa mientras te dan la clase?". ¡No, hombre, se llama así porque en poco tiempo consiguen actualizarte y desoxidar lo que aprendiste en tu primer cursillo de natación! Allá que me fui bien equipada con el bañador, la toalla y el gorro a mi nueva misión. Antes que nada, expliqué a la profesora mi extraordinaria gesta como salvadora de niños y mi ineptitud como nadadora. En cuanto digo de querer flotar siento que me crecen bloques de hormigón, dos donde estaban los brazos, dos donde las piernas. "No te preocupes, que aquí cada una va a su ritmo y da lo que puede". Respiré más tranquila tras la charla introductoria, aunque reconozco que sentí un poco de corte al verme rodeada de tantas mujeres adultas, todas amigas y muy resueltas, a las que no parecía asustar ni la longitud ni la profundidad de aquella "piscinaca". "Saludad a la nueva. No te preocupes, niña, tú, si no puedes, te das la vuelta...". Tragué saliva y me concentré en la idea de que, si ellas podían, yo también". 


Lo del "querer es poder" se me hundió en la primera de cambio. Superé el calentamiento; me vi dinámica y fuerte moviendo brazos y piernas en los ejercicios previos fuera del agua. Ilusa de mí, por un momento me sentí una Mireia Belmonte, una fiera de las aguas cloradas. ¿Quién dijo miedo? "¿Listas? ¡Venga, chicas, cuatro largos estilo libre!". ¿Estilo qué? Ay, madre, que aquí hay que meter la cabeza debajo del agua y sacarla y respirar y volver a meterla, y un brazo "paquí" y el otro "pacá" y mueve las piernas, que te vas al fondo...

Lo dicho, tres brazadas de mantequilla y dos sacudidas de piernas y se me olvidan las técnicas de flotación, de natación, de respiración y casi de supervivencia. Me convierto en plomo y para abajo que me voy a contar piedrecitas de gres azul. En esta ocasión, algo cambia, claro, y es que hay más gente nadando y el orgullo hace de las suyas, "¡venga, ese trasero para arriba, dale a estas cuatro cosas que te salen del cuerpo, que la gente dice que sirven para remar!", pero por más que me grita mi Pepito Grillo entrenador, siento una rampa en el gemelo, me he hecho un lío con el abrir y cerrar de boca y ya no sé dónde toca mantenerla sellada para evitar inundaciones. "¡La nueva se ahoga!". Lo que me faltaba, serán... La desesperación me obliga a lanzarme ahora con el estilo perro para terminar el primer largo, cuando las demás han culminado ya el objetivo. Visto el fracaso de la primera inmersión, opto por dirigirme al bordillo. 

Yo no vuelvo, pensé, qué necesidad de sufrir habiendo flotadores y socorristas, si a mí el agua no me gusta, que debieron hacerme una ahogadilla de pequeña o vete a saber, pero mi pesadilla más recurrente y espantosa termina con mi hundimiento final en las aguas del mar Menor, donde hay que andar media laguna para que el agua llegue por el ombligo. Hasta en un vaso de agua, oiga. "¿Qué tal, te ha gustado, a que sí? Mañana te esperamos a las 9?". Vais listas, mascullé mientras me arrancaba el gorro que me iba a convertir en el torpedo del charco olímpico.


Pues volví y sigo volviendo, aunque al final de cada clase termine maldiciendo y con las manos llenas de rasguños (de querer estar tan cerca del bordillo lo acabo repasando bien, brazo a brazo, pasito a pasito, suave, suavecito me voy a mi casa como si viniera de pelearme con unas pirañas... Y un día nos ponen corchos atados a los tobillos con velcro (en esas clases más de una termina panza arriba pidiendo rescate); otros hay que nadar con unas tablas entre las piernas o debajo del cuello... "Ahora crol; después, la braza, que es menos comprometida con el rollo rana; al final, nadar de espaldas, que en este me vengo arriba (nunca mejor dicho) porque llevo la nariz y la boca mirando al cielo.

Yo no apostaría a que, cuando acabe el verano, haya conseguido convertirme en medallista, como la admirada Mireia; ni tan siquiera creo que haya conseguido dar más de siete brazadas, sumergiendo la cabeza y sincronizando la respiración con el leve giro de la boca buscando el aire... "Estás tan rígida que haces el doble de esfuerzo para realizar los movimientos", me dice Isabel, mi profesora. Así que yo solo aspiro a llegar a sentir lo que dicen todos aquellos que dominan y surcan el agua, da igual si salada o clorada, "pero si flotar y nadar es lo más fácil del mundo. Yo es meterme y sentirme ligera, cual corcho".

Algún día conseguiré no entrar en pánico sumergida en el agua. Lo importante, como en todo, es practicar y olvidarse de la negación constante. Y, si mi misión con la natación se trunca, tendré que ir con los hijos a la piscina o a la playa (que castigados no los voy a tener con "la calor") mejor equipada que hasta ahora, con unas calabazas vacías atadas a la cintura, como los bañistas de principios del XX, un pato hinchable de aliado y, si me apuráis, un buen traje de neopreno, que siempre dará mejor resultado que la lycra de los bikinis de temporada... Todo sea por ser una verdadera vigilante, exprés, aunque de secano.